Augustus Merrill, un niño de once años, vivía en Ravenshollow, un pueblo pequeño, silencioso y húmedo, donde la neblina parecía quedarse pegada a las paredes y los bosques se cerraban sobre las casas como gigantes vigilantes que no dejaban escapar nada. Había algo en aquel silencio que no era tranquilidad: era expectante, cargado de secretos que el viento se negaba a contar.
Frente a la casa de Augustus se encontraba la residencia del anciano Eliah Corven. Nadie recordaba haberlo visto joven. Su piel era pálida como papel mojado, sus cabellos blancos caían hasta los hombros y caminaba apoyado en un bastón de madera que crujía a cada paso, como si cada sonido fuera un lamento del tiempo mismo.
Pero había algo más inquietante que su apariencia: Corven solo salía a medianoche. Exactamente a las 12:00 AM. Y Augustus lo había observado todas las noches, primero por curiosidad, luego por miedo, y finalmente con terror.
La primera vez que vio salir al anciano, se preguntó si aquel hombre estaba enfermo. La segunda, un escalofrío le recorrió la espalda. Para la décima noche, había comprendido que algo mucho más oscuro se escondía tras aquellos pasos silenciosos.
Y entonces comenzaron los muertos.
Un pescador hallado junto al río. Una mujer encontrada en el pajar. Un mercader que no volvió a su casa. Todos muertos de la misma manera: dos perforaciones en el cuello, piel blanca como cera, y sin una gota de sangre. Todas las muertes ocurrían mientras Corven salía de su casa a la hora precisa.
—No digas tonterías —le dijo su madre una noche, mientras apagaba la lámpara—. El señor Corven está enfermo, nada más.
Pero Augustus había visto algo imposible de ignorar. Aquella noche, el 7 de noviembre, Corven salió sin su bastón. Sus movimientos ya no eran torpes ni temblorosos: eran ágiles, fluidos, como un animal que llevaba siglos disfrazado de humano. El corazón de Augustus golpeaba con fuerza en su pecho mientras observaba desde su ventana, temblando, incapaz de apartar la mirada.
El anciano avanzó por la calle y desapareció entre las sombras. Al día siguiente, el herrero Thomas Hargreaves fue encontrado muerto sobre su yunque, los ojos abiertos en un terror que parecía seguir vivo dentro de ellos.
Los murmullos comenzaron a recorrer el pueblo:
—No es natural…
—Frío como el hielo…
—Sin sangre…
Augustus escuchaba cada palabra, cada rumor. Y decidió que ya no podía quedarse al margen. Esa noche, se ocultaría y seguiría al anciano, aunque supiera que el miedo podía matarlo antes que cualquier criatura.
A las 11:58 PM ya estaba tras su cortina, los nudillos blancos por la tensión. A las 12:00 AM la puerta de Corven se abrió, y Augustus vio algo que lo congeló: aquella figura que él había conocido como un anciano se movía con la firmeza y la elegancia de un hombre joven, erguido, poderoso… y sin humanidad.
Augustus contuvo la respiración mientras avanzaba con pasos torpes, siguiendo al anciano que parecía flotar entre las sombras. Cada crujido de madera bajo sus propios pies hacía que el corazón le golpeara los oídos. La calle estaba vacía, silenciosa salvo por el susurro del viento que parecía murmurar advertencias que Augustus no podía comprender.
Corven cruzó el puente de troncos que conectaba las casas del pueblo con el cementerio. Los tablones viejos rechinaron, pero el anciano no hizo el más mínimo sonido. Era como si las sombras lo aceptaran, lo abrazaran, lo ocultaran. Augustus se escondió detrás de un ángel de piedra, cuyos ojos tallados parecían observarlo con desaprobación, y contuvo el aliento para no revelar su presencia.
Y entonces lo vio.
El anciano se detuvo frente a una tumba abierta. La tierra removida yacía fresca, húmeda, con olor a hierro oxidado y a tierra mojada. Y en ese instante, algo imposible ocurrió. La piel arrugada de Corven comenzó a tensarse, como si el tiempo mismo se deshiciera sobre él. Su cabello blanco se oscureció hasta un negro profundo, y sus ojos se volvieron más brillantes, más fríos, más vivos que cualquier humano podría imaginar. Su rostro, antes cansado y marchito, se transformó en uno joven y hermoso, pero desprovisto de cualquier indicio de compasión o humanidad.
Augustus sintió que sus piernas lo traicionaban. Quiso huir, gritar, desaparecer en la oscuridad, pero algo lo mantenía pegado al suelo, paralizado por el terror. La criatura que había conocido como Corven ya no era humana. Un vampiro, sí, pero no uno que pudiera enfrentar cualquier niño: un depredador perfecto, etéreo, elegante y mortal.
Y entonces… algo más.
El aire se detuvo, como si el mundo mismo contuviera la respiración. La brisa desapareció, el murmullo de los árboles calló, y la luna se oscureció un instante, como si temiera mirar. Augustus sintió, más que ver, una presencia gigantesca detrás de él. Se giró con dificultad y lo que vio desafió toda razón: no era una lápida, ni un árbol, ni un hombre. Era algo altísimo, delgado como una sombra que hubiera tomado forma, con extremidades largas y desproporcionadas, y un rostro que no era rostro: una mancha negra donde los ojos y la boca deberían estar.
El SER. Una entidad que parecía venir de otro plano de existencia, un error del universo. La realidad misma parecía temblar bajo su mirada. Augustus sintió que su alma se vaciaba, que el mundo se hacía ligero y que podía ser absorbido por aquel horror que no obedecía leyes físicas ni temporales.
El vampiro, por primera vez, mostró algo cercano al miedo.
—No es tu noche, Enviado —dijo con voz que temblaba apenas, pero que resonó en todo el cementerio.
El SER inclinó la cabeza de manera antinatural, un gesto imposible, y el aire transmitió una advertencia muda: “Observo”. Augustus sintió el peso de la mirada de todas las estrellas que habían muerto antes de que su mundo naciera. Y luego… la entidad dejó de existir. No se desvaneció, no se movió, simplemente dejó de ser.
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Editado: 08.01.2026