La nieve caía sobre Stromwald como un sudario helado que amortiguaba cada sonido y oscurecía cada sombra. Era una noche sin viento, sin pájaros, sin voces de vecinos, como si todo el pueblo hubiera contenido el aliento para escuchar algo que se acercaba desde los árboles. Un silencio espeso, anormal, cargado de una electricidad casi invisible.
Fausto Claus cerró la puerta metálica de su pequeño taller mecánico y escuchó cómo el eco viajaba demasiado lejos en la calle vacía. El invierno siempre era duro allí, pero ese año… ese año había algo distinto, algo en el aire que daba la extraña sensación de estar siendo observado incluso cuando uno caminaba solo.
Apenas dio dos pasos hacia la salida cuando se detuvo por completo.
Un aullido.
Largo.
Profundo.
Y lo peor… no sonaba a lobo.
El sonido nació entre los pinos del bosque norte, serpenteó por encima de los techos y golpeó directo en el pecho de Fausto como una advertencia primitiva, algo que el cuerpo reconoce antes que la mente.
Era un aullido demasiado humano, como si una garganta deformada intentara imitar el lamento de un animal sin conseguir abandonar del todo el borde de la humanidad.
Fausto tragó saliva, inmóvil en medio del camino.
Había escuchado ese mismo sonido durante cinco noches consecutivas, cada vez más cerca.
—No otra vez… —susurró, con la voz temblando en la oscuridad.
Encendió su linterna y apuntó hacia el bosque. El haz de luz se rompía en pedazos entre los troncos húmedos, incapaz de atravesar la neblina ligera que comenzaba a formarse. No vio nada… pero sintió algo. Una presencia pesada. Una respiración profunda, casi audible, como si algo enorme estuviera justo más allá del primer anillo de árboles.
Un segundo aullido respondió al primero.
Este fue más agudo, más ronco, más desesperado… o más hambriento.
Fausto retrocedió un paso.
El viento cambió de dirección y trajo consigo un olor denso, metálico, penetrante.
Sangre fresca.
El estómago se le revolvió y buscó en la nieve pistas de algún animal herido, pero no había nada. Ni huellas. Ni arrastres. Nada que explicara ese olor.
Era como si la sangre estuviera en el aire, suspendida, dispersándose desde un punto invisible.
A lo lejos, la luz de los faroles titiló. Uno se apagó. Luego otro.
Las sombras se estiraron como si algo grande pasara por delante de la luz.
Fausto sintió un escalofrío helado subir por su columna.
—Me estoy volviendo loco —murmuró, aunque no se lo creía ni él.
Cerró la chaqueta, guardó las herramientas y caminó rápido hacia su casa. No tenía ganas de comprobar qué criatura era capaz de emitir esos aullidos. Sin embargo, justo al pasar frente al callejón junto al taller, escuchó un sonido que lo detuvo al instante:
Un susurro.
Un susurro demasiado suave…
…y que decía su nombre.
—Fauuustooo...
El corazón se le detuvo un instante.
Se giró de golpe y alumbró el callejón. Solo vio basura, nieve y una sombra larga que desapareció detrás de un contenedor.
No era normal que alguien supiera que él seguía allí. Nadie había pasado por la calle en horas.
Entonces escuchó risas. Risas graves, roncas, entrecortadas… como si las voces no pudieran decidir del todo si reír como hombre o gruñir como bestia.
Fausto corrió.
Ya no quería entender nada. Solo quería llegar a su casa, cerrar la puerta y fingir que todo era producto del cansancio.
Pero al voltear la esquina final antes de llegar a su casa, vio algo que le heló la sangre hasta los huesos.
En el borde de la carretera, junto al bosque, había algo moviéndose entre los árboles.
Una silueta alta. Muy alta.
Agachada.
Huesuda.
Con brazos anormalmente largos, como ramas que se arrastraban sobre la nieve.
La figura levantó la cabeza. Los ojos brillaron amarillos en la oscuridad, como los de un animal… pero con una intención demasiado consciente.
Lo observó.
Lo estudió.
Y luego, sin hacer ruido, retrocedió entre los pinos y desapareció por completo.
Fausto quedó clavado al suelo, temblando, incapaz de moverse por varios segundos que parecieron minutos.
Esa noche entendió algo que ya no podría olvidar:
Algo estaba en el bosque.
Algo que no quería quedarse allí.
Algo que lo conocía… por su nombre.
La mañana siguiente amaneció con un cielo grisáceo, tan opaco que parecía una plancha de metal suspendida sobre Stromwald. El pueblo entero tenía ese aire deprimido de los lugares donde ocurre algo terrible… incluso cuando nadie se atreve a decirlo.
Fausto no había dormido.
No había podido.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la figura alta en el bosque, sus brazos largos, sus ojos amarillos. Escuchaba el susurro que lo había llamado por su nombre. Y, sobre todo, sentía esa presencia invisible respirándole en la nuca.
Decidió salir a caminar. No soportaba estar encerrado.
Sus pasos lo llevaron de manera casi automática hacia el río Nørdhal, una corriente helada que cruzaba el borde del pueblo, demasiado tranquila para un invierno como ese. Los árboles alrededor parecían inclinarse hacia él, como si esperaran algo.
La superficie del agua estaba cubierta por una capa delgada de hielo que se agrietaba con el movimiento uniforme del río. El aire olía a humedad… y a algo más.
A hierro.
A carne.
A podredumbre.
Fausto pensó en devolverse, pero algo oscuro y viscoso en la nieve, cerca de la orilla, llamó su atención.
Un rastro.
No de huellas.
De sangre congelada.
Se agachó y la tocó con la punta de los dedos. Aún estaba fresca. Muy fresca.
Un metro más adelante algo sobresalía entre la nieve.
Un bulto.
Negro… y rojizo.
Fausto no quiso acercarse, pero su cuerpo avanzó sin pedir permiso.
Cuando quitó la nieve, su respiración se cortó de golpe.
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Editado: 29.01.2026