Cuentos extraños y fantásticos

Capitulo 35-EL ASESINO CAMBIA ROSTROS

La lluvia caía sin cesar sobre New Havens, golpeando los techos y las calles con un ritmo obsesivo, como si la ciudad misma quisiera lavarse de un pecado que nadie podía nombrar.

Los faroles, iluminados por luces amarillentas y temblorosas, dibujaban sombras que se estiraban de manera antinatural sobre los edificios. La detective Evelyn Marris caminaba con paso rápido, empapada hasta los huesos, y sentía un nudo en la garganta que no podía ignorar. La noticia de un nuevo asesinato había llegado hacía apenas unas horas, y el patrón era tan perturbador que hacía temblar incluso a los policías más experimentados: cada víctima aparecía con un rostro cambiado, como si alguien hubiera arrancado su identidad y la hubiera sustituido por otra.

Evelyn llegó al edificio donde encontraron a la última víctima, un hombre llamado Paul Trask. La puerta estaba entreabierta, chirriando con el viento, y un hedor extraño flotaba en el aire, mezcla de humedad y algo más… algo podrido, como si la esencia misma de la vida hubiera sido consumida. Dentro, la escena era grotesca y meticulosamente perturbadora: el cuerpo de Trask yacía sobre el suelo, el rostro irreconocible, con rasgos que parecían derretirse hacia un vacío informe. Sus manos estaban rígidas, aferradas a algo invisible, como si hubiera intentado retener su propia esencia.

Junto al cuerpo, una nota escrita con una caligrafía temblorosa y errática:

"No busques mi rostro. Nunca lo encontrarás."

Evelyn se agachó, observando la tinta que todavía parecía húmeda. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda, y no solo por el frío de la lluvia o la oscuridad de la habitación. Había algo en esas palabras que le helaba la sangre: un mensaje personal, directo, cargado de malicia. Como si el asesino hubiera sabido exactamente cómo romper su cordura.

La detective pasó los dedos por la superficie fría del piso, notando las pequeñas irregularidades, las gotas de agua que parecían arder con luz propia. Intentó visualizar cómo alguien podría haber cometido un acto tan monstruoso. Cada fibra de su ser le decía que estaba frente a algo que no podía explicarse con lógica humana. Paul Trask había sido un hombre común, sin enemigos notorios, y aún así, había terminado convertido en un lienzo de horror.

Mientras Evelyn examinaba la habitación, un pensamiento la atravesó como un relámpago: ¿y si este no era un asesino común? ¿Y si… lo que estaba buscando no pertenecía a este mundo? La idea era absurda, imposible incluso para ella, una mujer que había visto crímenes tan terribles que la mayoría de sus colegas habría huido de la policía. Pero la forma en que el rostro de Trask había sido deformado, el mensaje escrito, la ausencia de huellas claras… todo apuntaba a algo que trascendía la humanidad.

Salió del apartamento, cerrando la puerta detrás de sí con un cuidado casi reverente. Afuera, la lluvia golpeaba su rostro, mezclándose con sus propias lágrimas de frustración y miedo. La ciudad estaba viva de manera silenciosa, respirando a través de las grietas de los edificios, y ella sentía que cada sombra la observaba. Los faroles proyectaban siluetas que se movían de manera extraña, y en cada reflejo en los charcos parecía aparecer un rostro distinto, desconocido pero familiar a la vez. Evelyn se preguntó si su mente estaba jugando trucos… o si la realidad misma comenzaba a fragmentarse ante ella.

Al llegar a su automóvil, su teléfono vibró con un mensaje: otro asesinato. Mismo patrón. Mismo mensaje. Su corazón se aceleró mientras leía la dirección: un edificio abandonado en el extremo norte de la ciudad. La lluvia se intensificó, como si el cielo presintiera lo que estaba por suceder. Evelyn arrancó el motor, su mirada fija en la carretera oscura, con la certeza de que, por primera vez en su vida, estaba persiguiendo algo que podría devorar no solo cuerpos, sino almas.

El camino hacia el edificio del extremo norte estaba envuelto en niebla y lluvia, un manto gris que distorsionaba la realidad. Cada farola que iluminaba la calle parecía vaciarse de luz, dejando solo el contorno de los edificios como sombras gigantescas. Evelyn conducía con las manos tensas sobre el volante, cada músculo rígido, cada sentido alerta. Su mente repasaba los patrones, las víctimas, los rostros que habían desaparecido y reaparecido en el lugar de otros. Todo era imposible. Cada muerte parecía una obra de arte macabra, y la precisión con la que el asesino había trabajado desafiaba cualquier explicación racional.

Cuando llegó al edificio, un antiguo almacén que parecía haber sido abandonado décadas atrás, el aire olía a humedad, óxido y algo más… un aroma acre, metálico, que parecía quemar la garganta. Evelyn apagó el motor y descendió del vehículo, empapada, con su arma en la mano, la linterna colgando de su cinturón, iluminando fragmentos del entorno: grafitis borrados, ventanas rotas, y en el interior, la promesa de un horror indescriptible.

Avanzó lentamente, cada paso resonando en el suelo húmedo y decrépito. La lluvia parecía amortiguarse dentro del edificio, pero un eco extraño persistía, un murmullo que no tenía origen. Evelyn giró una esquina y se detuvo en seco. Allí estaba él. O, mejor dicho… allí estaba un rostro que reconocía. Era Paul Trask, el hombre que había muerto días antes. Su figura estaba parcialmente cubierta por sombras, y su postura era extrañamente humana, pero… algo estaba terriblemente mal.

“Paul…” murmuró Evelyn, con la voz entrecortada. Su corazón latía con fuerza, y un sudor frío le recorría la espalda. Pero antes de que pudiera acercarse, el rostro de Paul comenzó a derretirse frente a sus ojos, como cera bajo un fuego invisible. Los rasgos se deformaron, estirándose y retorciéndose hasta que se transformaron en otro rostro… el de su propio compañero de policía, desaparecido hacía meses. Luego, en un instante que parecía eterno, el rostro cambió de nuevo: una mezcla de todos los desaparecidos, un collage imposible de humanidad y horror.




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