Cuentos extraños y fantásticos

Capitulo 37-LLAMA A EMERGENCIAS ANTES DE QUE MUERA

Existen relatos que van más allá de la comprensión humana: sucesos que no tienen explicación lógica, historias que son más que simples cuentos de camino. Todas tienen algo en común: una persona fallecida o por fallecer que, por alguna razón o por designio del destino, experimenta sucesos paranormales antes de morir. Estas son esas historias.

Bienvenido, querido lector. Esta historia se titula Llama a emergencias antes de que muera.

María estaba sola en su apartamento de Madrid, la lluvia golpeando con furia los cristales de la ventana. Una fiebre intensa le recorría todo el cuerpo, producto de un accidente automovilístico del que había sobrevivido apenas unas horas antes. La ciudad a su alrededor se veía distorsionada, como si un velo invisible hubiera caído sobre todo. Las luces de los coches parecían torres de sombras alargadas, y los gritos de la calle se deformaban en ecos inhumanos.

Intentó levantar el teléfono, pero sus manos temblaban tanto que la pantalla se iluminaba y apagaba sin control. Entonces vio algo que la paralizó: reflejada en el espejo del baño estaba su propia figura, pero sus ojos eran negros, huecos, y de su boca brotaba un susurro que repetía su nombre en un tono que no era el suyo.

—María…

Ella retrocedió, tropezando con la silla, y de pronto la habitación se alargó y se retorció. Las paredes parecían respirar, exhalando un olor a tierra mojada y putrefacción. Y entonces lo vio: una figura alta y delgada se acercaba desde la sombra, cada paso hacía que el suelo temblara y que su corazón latiera con un ritmo que no reconocía como suyo. Sabía, sin entender cómo, que moriría antes del amanecer. Y mientras intentaba marcar al 112, el teléfono se deslizó de sus manos y sonó… desde el otro lado del espejo.

En Buenos Aires, Carlos despertó en la sala de su casa, empapado en sudor y con un dolor intenso en el pecho. Había sufrido un infarto, o eso pensó. El mundo a su alrededor vibraba de manera extraña; los objetos parecían flotar apenas un centímetro del suelo, como si la gravedad estuviera burlándose de él. La televisión encendida mostraba imágenes de calles que no existían, de personas con caras distorsionadas, gritando su nombre en un idioma que le helaba la sangre.

Intentó correr, pero sus piernas no le respondían. Cada paso que daba se sentía como arrastrar toneladas de arena negra. Y entonces lo vio: figuras de niños, susurrando su nombre, rodeándolo en un círculo, pero sus cuerpos eran translúcidos, como si no pertenecieran a este mundo. Uno de ellos lo miró con un rostro que se transformaba constantemente, hasta que se convirtió en su propio reflejo, gritando de terror. Carlos cayó al suelo, sintiendo cómo algo invisible le agarraba la garganta y le susurraba:

—No es tu hora… pero la hora viene.

Esteban estaba en Tokio, sentado en el metro a punto de llegar a su trabajo, cuando un accidente de tren ocurrió frente a sus ojos. Una locomotora se desvió de las vías y la luz se volvió blanca, cegadora, como si el tiempo se hubiera fragmentado. Sintió un frío profundo en el pecho, un vacío que lo separaba de su propia existencia. A su alrededor, los pasajeros comenzaron a desvanecerse, dejando solo sombras con contornos humanos.

Intentó gritar, pero ningún sonido salió. Su teléfono cayó al suelo y la pantalla se iluminó mostrando algo imposible: imágenes de su propia muerte, repetida cientos de veces, en distintos lugares, con figuras encapuchadas que lo observaban desde los rincones de su visión. Las sombras comenzaron a acercarse, y cada una emitía un murmullo que se infiltraba en su mente, revelando secretos que nadie debía conocer. Sintió que su corazón se detenía, y supo, con un terror absoluto, que sus últimos momentos no serían solo suyos, sino compartidos con algo que no pertenecía a este mundo.

Ethan estaba en Nueva York, atrapado en un incendio en un edificio de oficinas. El humo lo cegaba, el calor quemaba su piel antes de tocarla realmente, y podía escuchar voces que venían de paredes que nunca existieron. Intentó usar su teléfono para pedir ayuda, pero cuando marcó el 911, la voz que respondió no era humana.

—Ethan… sabemos que estás solo… sabemos que estás a punto de morir…

El calor aumentó y el edificio comenzó a deformarse, las paredes curvándose hacia él como mandíbulas listas para cerrarse. Vio a los otros tres —María, Carlos y Esteban— a través del humo y las llamas, pero sus cuerpos estaban distorsionados, retorcidos en posiciones imposibles. Cada uno gritaba su nombre, pero sus voces venían de todos lados y de ninguno. Ethan comprendió que la muerte que se acercaba no era un accidente, sino una entidad que los buscaba a todos, conectándolos a través de un hilo invisible de horror puro.

Mientras cada uno luchaba con su propia muerte, una sensación extraña comenzó a formarse: no estaban solos. Las voces que escuchaban, los reflejos en espejos y pantallas, los gritos y susurros, comenzaron a entrelazarse. María vio en el espejo su propio apartamento, pero a través de él podía ver a Carlos en Buenos Aires, con los ojos desorbitados, y a Esteban en Tokio, atrapado en la luz blanca de su accidente. Ethan, rodeado de llamas que no consumían su cuerpo, vio a los tres reflejados en las ventanas del edificio en llamas, todos gritando su nombre.

Era como si un hilo invisible los conectara, un tejido de muerte que no respetaba el espacio ni la distancia. Cada vez que uno intentaba escapar, sentía la presión de los otros, como si sus cuerpos y mentes fueran absorbidos por un mismo vacío. Y allí, entre los ecos de sus miedos, apareció la figura: alta, delgada, sin rostro, con extremidades que se alargaban y retorcían de manera imposible. No hablaba, pero su presencia les decía todo: estaban destinados a morir, y sus almas serían tomadas para algo más grande, algo que no podía ser nombrado.

La entidad comenzó a mostrarles fragmentos de un mundo que no debería existir. María vio ciudades sumidas en oscuridad perpetua, donde la gente caminaba con ojos vacíos y bocas que susurraban secretos antiguos. Carlos sintió que su cuerpo se desintegraba, y dentro de su propia carne vio seres que parecían tejidos de su memoria y de la de otros, fusionándose en monstruos que reían con voces humanas. Esteban se vio atrapado en una dimensión donde el tiempo se repetía infinitamente: una y otra vez, la locomotora que lo mataría, y cada vez el mismo horror en diferentes rostros de los que parecían conocidos. Ethan, entre las llamas, vio que su muerte no era suya: su cuerpo era un portal, y a través de él, la entidad observaba, aprendía, y quizás crecía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.