El silbido de un ave que pasaba volando la rescató del sueño, cuando estaba al borde de quedarse dormida. Abrió los ojos, y lo vio posarse sobre las ramas del árbol que crecía robusto al pie del muro del jardín. Con total seguridad, desde donde se encontraba, el animal podría ver lo que sucedía al otro lado.
Grace solo podía conformarse con la mezcla confusa de sonidos que le llegaban de la ciudad. A su alrededor, aunque fuera de su vista.
¿Qué se sentiría ser un ave? Libre para ir a todos lados y dichoso de surcar cielos que ninguna otra criatura podría. Con el privilegio de admirar vistas que Grace apenas conseguía imaginar.
Su padre, Vyler, le contaba que había aves que visitaban todos los condados del reino con mensajes a la espalda. Y según decía Connor, algunos pájaros tal vez, solo tal vez, podían convertirse en mensajeros del Otro Mundo.
Los rayos del sol doraban la espesura verde del espino delante de ellos, mientras les ofrecía sombra durante la tarde.
— Val.
— ¿Sí? — respondió su hermano unos segundos más tarde, desperezándose a su lado y tumbado sobre la hierba.
— Cuándo seas mayor, cuando seas un hombre, ¿me llevarás de viaje más allá de las murallas de la ciudad?
— ¿De qué hablas? Ya soy mayor.
— Ah, ¿entonces me llevas de viaje hoy mismo? — preguntó, riendo.
— De nuevo, Grace, no puedo. Nuestro padre nos mataría.
— Por favor.
— No puedo. — insistió con voz cansada.
— ¿No que eras ya mayor? — dijo en tono burlón, a sabiendas de que lo molestaría.
Valysar suspiró y volteó a verla.
— Le preguntaré… de nuevo, cuando regrese.
Y el rostro de Grace se deshizo en añoranza.
« A saber cuándo sucederá eso. »
— Cuando regrese — continuó Valysar a prisas — ¿Qué te parece una tarde en los prados a las afueras de la ciudad? Sería solo una tarde. Tengo responsabilidades de una persona mayor, después de todo.
Menos que eso sería nada. De tal modo que dibujó una sonrisa leve para él.
Su hermano mayor era un escudero. Uno muy capaz y responsable. Con dieciocho años recién cumplidos, en cualquier momento sería nombrado caballero. Ganaría un título y sus propias espuelas, además de verse liberado finalmente de las órdenes de su maestro.
Valysar doblaba en edad a Grace, era cierto, y además su tío y todos los amigos de su padre se refería ya a él como «un hombre». Y, sin embargo, para Grace él estaba tan alejado de parecer un adulto, como ellos, tanto como un niño. Aunque en los últimos meses Valysar estuviera haciendo todo lo posible para poblar una barba como la de otros caballeros, todavía no era ni de lejos tupida.
Ya quería verlo portar una armadura de reluciente metal.
— Bueno, pero… ¿cuándo seas un caballero, me llevarás de viaje mucho más allá de las murallas? Con tu armadura y caballo propio. Serías mi guardaespaldas.
La idea le resultó a Grace de lo más graciosa y agradable. Tener a su hermano para protegerla. Pero de Valysar no escuchó más que una inhalación y el ahogo de un suspiro.
— Con una guarnición de la Compañía de Escoltas de papá — se encontró diciendo Grace, mientras la idea estupenda surgía en su mente por primera vez. Lo cogió del brazo con fuerza. — ¡Cuando te unas a la Compañía de Escoltas, me podrías llevar de viaje a donde sea!
— No estoy seguro.
— ¿Cómo qué no?
— No estoy seguro de que unirme a la Compañía de Escoltas sea lo mejor.
— Así que quieres ser un caballero que gane torneos. Al igual que tío Konash. — iba diciendo mientras se recostaba de nuevo sobre la hierba, con un tono de voz y unos sueños más atemperados.
— No lo sé… ¿Qué tal un caballero blanco que ajusticie a todo ser malvado de este mundo? Ganando batallas y guerras. No solo torneos.
— Val… — musitó con miedo y cautela a partes iguales. — ¿Ajusticiar al malvado?
— Sí — Y giró el rostro para mirarla a los ojos con honestidad. —. Para proteger a buenos e inocentes a veces se debe… quitar de en medio al malvado.
— No digas esas cosas. No pienses eso. — le advirtió, sin poder evitar que se le torciera la boca en gesto de pena.
— Está bien, pequeña. Tal vez lo veas diferente, cuando seas mayor como yo.
— Val… No pienses así.
Se le arrugaba el corazón de solo imaginar espadas chocando, en flechas surcando el aire sin rumbo claro y en gente cayendo al suelo con dolor. Detestaba las armas cuando se usaban para la violencia… Las detestaba en todo momento, en realidad. Tenerlas cerca era ya una advertencia de que algo podría salir mal. Aun cuando entre los Maine pululasen las armas.
El trabajo de su padre era defender a personas que no podían defenderse por sí solas. El de su tío era servir y proteger a la Familia Real a toda hora. E incluso, Connor, quien llevaba arco y flecha en sus expediciones, no osaba matar ni a una mosca. Siempre usaban las armas para resguardarse a sí mismos o a otros. Nunca con el objetivo de dañar al alguien, aunque fuese malvado.
Editado: 26.02.2026