Cuentos Llenos de Gracia (de Bestias de la Edad Oscura)

Sin Miedo no hay Pesadillas

Mamá se ha pasado los últimos días tejiendo. Es su pasatiempo favorito y, supongo que es la mejor forma que encuentra para distraerse. Al igual que yo con la pintura, salvo que sigo sin querer hacerlo.

Pintar requiere de una mente despejada, cosa que ahora no es posible. Tengo algunas ideas nuevas, pero no deseos ni energías para pintar. Solo puedo hacer notas que pintar después. Es lo máximo que consigo.

Grace se detuvo un momento a mojar su pluma en tinta. Y sobre el papel inmaculado de su libreta por apenas un dedo casi resbalaba una gota. Eran páginas bañadas por una luz tan alegre como movediza, a pesar de sus palabras. Aquel rinconcito de la estancia se encontraba iluminado con luces verdes y amarillas de una treintena de luciérnagas. Sentada a la mesa, a Grace la rodeaba un zumbido que intentase acompañar ameno.

Hoy unos hombres en la calle han anunciado a gritos que una parte del ejército de ser Logan viene marchando de regreso a la ciudad para poner paz. Finalmente. Estamos esperando a que Valysar vuelva de la guerra con ellos en cualquier momento. Así es, guerra. Aunque nadie haya querido decírmelo a la cara. No sé bien que es lo que sucede afuera, pero sé lo que una guerra es.

Me prometió que volvería siendo un caballero, pero yo solo quiero que vuelva a mi lado y ya. No me importa el título que tanto ansía o la armadura que vistiera el día que se fue; me importa que esté bien. Ahora sabemos que Val puede llegar en cualquier momento. Solo me gustaría poder decir lo mismo de Connor.

Abrió y cerró la diestra, para estirar los dedos ya entumecidos por la pluma. Y en aquellos segundos de alivio, una luciérnaga se posó a descansar sobre el dorso de la mano de Grace. Para aquellas alturas, ya no escuchaba a nadie quejarse de que tales bichos habitaran la casa. No desde que comprendieran que ellas habían sido un regalo y que, de algún modo, las luciérnagas protegían a la niña con su magia. Si no fuera por ellas, Grace se encontraría anegada todavía por las sombras. Pues pensaba que sería mejor si mantenía las ventanas cerradas.

Han pasado muchos días desde la última vez que vi a Connor, y eso me preocupa. Aún no sabemos dónde está ni tampoco si se encuentra bien. No sabemos nada desde aquella noche de aquel enorme ruido, nada desde que el cielo se iluminó por un momento como si fuese día.

Atenea, su amiga, me ha asegurado que está sano y salvo en algún lugar. De que volverá. El mayor de mis hermanos. Lo quiero aquí conmigo. Con nosotras. Ya. Él nos salvó. Hizo todo cuanto pudo para salvarnos, lo sé, y lo consiguió. Pero ojalá estuviera aquí ahora, que todavía lo necesito.

Su estómago medio vacío protestó enfadado por más comida, sin importar que tan bien supiera que había devorado ya las raciones de aquella tarde. Tan solo preparaban el almuerzo, una única porción al día.

Era una suerte que las luciérnagas se comían el néctar de las flores y nada más necesitaban poco. Afuera restaban ya pocas horas de luz, y muchas de ellas dormían en un cómodo frasco sin tapa, preparándose para la larga noche de vigilia. Eran demasiado listas. Grupos de unas treinta se turnaban para que nunca faltase luz allá donde fuera. Si acercaba el oído y prestaba atención, a Grace le parecía que zumbasen también en sueños, como si de suaves ronquidos se tratasen.

Levantó de nuevo la pluma, para ocupar la mente y desviarla de las preocupaciones.

Mi mamá no me permite si quiera asomarme por la verja a mirar hacia la calle. Ni tampoco salir al jardín a solas. Y lo entiendo, si bien estoy cansada del encierro. Hace dos noches dijo haber visto a un desconocido trepar el muro, para robarse las últimas manzanas que quedaban en el árbol. Está de los nervios. Hago lo que puedo para tranquilizarla, y ella hace lo que puede para tranquilizarme a mí.

Casi no come. Y solo duerme a ratos. A la espera ansiosa de que Valysar vuelva a casa. Nunca la había visto tan aquejada, tanto que el rostro le ha cambiado. Y me preocupa mucho. Pero sería mejor no dejárselo saber. Tengo que hacer como que no sé lo que está pasando. Sí, justo eso haré. Y así, le quitaré de encima al menos una inquietud.

En cuanto a las criadas, Giselle habla a duras penas. Y Elaine solo levanta la voz para rezar. Están con nosotras. Solo somos cuatro. Estamos bien. Y hay que dar gracias por eso (me han dicho). Pero me da miedo ese otro extraño que se asomó por la ventana anoche.

Levantó la cabeza, y miró hacia arriba, hacia sus luciérnagas volando en círculos, de la misma forma en la que Elaine rezaba al cielo. Ellas la protegerían de nuevo de la oscuridad, no cabía duda, tal como Connor había querido.

Caló de nuevo la pluma en tinta.

Mi padre ha partido.

Sentir miedo está bien, no pienses que eres menos que nadie por tenerlo. El miedo es a veces esa línea que no debemos cruzar, para mantenernos vivos. No lo olvides, si quieres ser valiente, empieza desde abajo. Ve a más, solo cuando te sientas preparada. Algo pequeño. Nada que te provoque pesadillas, ¿entendido? No me gustaría que te levantases a mitad de cada noche.

Había sido lo último que le escuchara decir a su padre desde aquella noche de otoño en la que se marchó con espada y armadura. Y a menudo Grace retornaba a aquel recuerdo único, para poder verse de nuevo junto a él, para nunca olvidar sus consejos.



#1788 en Otros
#133 en Aventura
#1346 en Fantasía

En el texto hay: fantasia, juvenil, aventura

Editado: 26.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.