Los días se habían sucedido con pesar y aburrimiento.
— Perdonadme, lady Elizabeth, pero no había mucho de lo que escoger en la despensa.
— Lo entiendo, Elaine. No te preocupes.
Y la criada se sentó a comer junto a ellos. Su madre nunca se había sentido cómoda al ver a alguien de pie y con la boca vacía, mientras ella saboreaba algún platillo.
— Ya habrá tiempos mejores, te lo aseguro. — siguió diciendo.
A continuación, y antes de cualquier bocado, bendijeron juntas la mesa.
La comida frugal consistía en un potaje insulso, que no dejaba regusto ni llenura, y unos trozos de pan frito chispeado con aderezo como acompañamiento.
Se llenaban el estómago una vez al día, dos si tenían suerte. El almuerzo servido a deshora o la cena temprana, según fuera la ocasión, les valía para calmar el hambre unas horas. Grace era consciente de que en las zonas más pobres de la ciudad las personas no tenían más que pan y agua para sobrellevar el día… Pero, de todos modos, opinaba que no estaba bien conformarse con lo que tenía entonces su familia, con lo que les habían dejado.
Maleducada fuera, si se quejase. De manera que se calló a base de cucharadas de potaje. Se mordió el labio e hizo caras raras, pero dejó pasar aquel sabor triste y todavía extraño al fondo de su garganta. Añoraba con creces y deseaba tener de vuelta todo lo que la guerra le había quitado. Todo.
Por momentos se escuchaba solo el tañido de los cubiertos contra la porcelana.
Escasos eran los ánimos de hablar en la mesa. Y en los últimos días, el que menos decía palabra era su hermano Val, quien regresase de la guerra con la cabeza gacha en lugar de victorioso e hinchado de orgullo. Pero al menos había regresado a su lado, todavía vivo. Grace encontraba un consuelo vasto en ello, a pesar de que a Valysar le avergonzase admitir lo propio en voz alta.
Más adelante, y para el pesar profundo de Grace, su madre se llevó las manos a la cara, y se echó a llorar a mares. La cuchara cayó sobre el cuenco de potaje todavía intacto, y aquel toc de la madera precedió a un gimoteo incontrolable.
— Mamá — Grace se inclinó hacia ella, preocupada —, sé que la comida está del asco, pero las cosas irán a mejor ahora. Tu misma lo has dicho… ¿Madre?
— Mi lady, mi señor, ehh… — iba diciendo Giselle entre titubeos, mientras irrumpía en el comedor. —. Perdonadme. No estaba segura si queríais verlo, pe-pero es que él no se detuvo a esperar afuera.
Su mismísima madre no hizo caso de su consuelo, y tan pronto como la niña estiró una mano para buscar confortarla, se levantó de golpe echando el asiento hacia atrás. Grace la siguió con la mirada, observando como recorría el comedor con el llanto aflorándole y con una voz que luchaba por conferir palabras.
« Mamá…, otra vez no », pensó sin llegar a sospechar que tan equivocada estaba. Su madre no escapó de nuevo a llorar a solas. En aquella oportunidad se detuvo en el umbral de la puerta, y se arrojó hacia un hombre ataviado con ropajes de colores oscuros. Grace no consiguió atisbar su rostro de buenas a primeras.
Pero se regocijó al reconocerlo.
Connor separó los labios, como pretendiendo decir algo, pero de él no salió nada más que una sonrisa.
— Gracias a Dios que estás vivo. — sollozó su madre.
— Lady Eliza — terminó diciendo al rato. —. No estaba seguro si aceptarías verme.
— ¿Cómo no te aceptaría? Si te quiero como a un hijo.
Por fin lo veía otra vez. Y durante todo lo que duró aquella bienvenida de su madre al mayor de sus hermanos, Grace se mantuvo inmóvil en el asiento. Estuvo siempre convencida de que no lloraría ni una milésima parte de lo que su madre lo había hecho. Después de todo, no veía alivio en algo que estaba segura sucedería tarde o temprano.
Connor había estado siempre fuera de peligro allá fuera. Era prácticamente invencible como Demogorgón, por lo que sabía.
Y a pesar de todo esto, no supo que estaba derramando lágrimas hasta que descubrió que sorbía por la nariz. Se dejó llevar solo en aquel instante, porque, a fin de cuentas, era felicidad lo que brotaba de sus ojos.
— Grace. — Él se acercó a la mesa, con cautela y dando sospechas de timidez. — ¿Cómo has estado, pequeña?
Se preguntaba entonces si todo era parte de aquel sueño que había tenido un par de veces ya, cuando el cuerpo débil se le movió por cuenta propia y se puso en pie sobre la silla para abrazarlo.
— Te tardaste en volver. Mucho. — Y oprimió el rostro contra su pecho. No quería soltarlo por nada del mundo, pues Grace temía despertar en cualquier instante. —. Sabía que estabas allá afuera, Atenea me lo dijo. Sabía que regresarías. Pero te tardaste.
Y se disculpó con ella tanto como los demás se lo permitieron.
— Connor. — terminó expresando Val, colocándole una mano sobre el hombro.
— Valysar. — dijo a secas, a modo de saludo.
Por fin ambos habían vuelto de la guerra. Sanos y salvos.
— Fue un acto loable el que hiciste — Suspiró. —. Estamos agradecidos contigo.
Y aquellos fueron los escasos instantes que sus hermanos compartieron. Connor simplemente asintió con gesto inalterable, y Valysar se dio la vuelta, para salir del comedor hacia el jardín. Elizabeth intentó retenerlo sin éxito.
Editado: 21.04.2026