Cuentos Llenos de Gracia (de Bestias de la Edad Oscura)

¿Por qué? ¿Por qué no hiciste caso?

Y llegó un día donde la tristeza aborrecible la atrapó sin darse cuenta, mientras yacía echada en su cama. Una desidia tal cayó sobre su cuerpo, como una mano invisible que la presionara hacia abajo y le impedía soñar con levantarse.

Afuera hacía un cielo despejado de un profundo azul cerúleo, en compañía de una brisa, que soplaba hasta ella los olores de la hierba y flores del jardín. Era un día espléndido para salir a jugar. Pero desde el «incidente» en la ciudad su madre no le permitía que se acercara siquiera a los muros del patio.

Solo trataban de alejarla en la medida de lo posible del caos y la delincuencia que iban en ascenso, Grace lo sabía. La Capital ya no era lo que solía ser: meses atrás la dejaban que se divirtiese con otros niños de su edad sin apenas atención.

Hoy en día, si intentaba asomarse por el portón de entrada, la hacían volver a base de regaños.

En un par de ocasiones, había caminado más allá de su calle, solo para hacer labores benéficas y desde luego no para divertirse como tantas veces antes. Valysar la había acompañado entonces, pero hacía ya tiempo que él se fuese otra vez lejos, para convertirse en caballero de una orden sacra, cuyo nombre Grace había echado al olvido pronto.

Lo que no descuidó su mente fue el lugar a donde iba, pues le habían prometido que podría ir a visitarlo alguna vez. En cambio, para su altísima desgracia, Connor no alcanzó a darle una certeza de qué destinos lo esperaban en su viaje.

«Adonde sea que vayáis, espero que estéis bien».

Pero de lejos, al que más añoraba era a su padre.

Giselle e Elaine se encontraban demasiado ocupadas en sus labores, creía Grace. Y en lo que respectaba a su madre Elizabeth, no estaba segura de que había sido de ella desde temprano. Había alcanzado a oír algo sobre vaciar algunas arcas, vender un «no sabía qué» y remendar la mansión azotada por las calamidades junto a Jon. De tal modo que, Grace se encontraba sola.

A solas y con el desánimo orillándola a un ocio imperecedero. Razones no faltaron para pasar largo rato sin hacer nada, abrazada a la almohada. Y consiguió hacer acopio de energías suficientes recién a horas del mediodía. Se levantó con aspecto cansado, por más que hubiese pasado la noche anterior en sueños profundos. Y en cuestión de nada, se arrepintió. No se encontraba de humor para pintar, para leer, para echarse un baño o incluso bajar a la cocina.

Los días se habían vuelto aburridos, monótonos y eternos.

Se apoyó sobre el alfeizar de la ventana, con gesto lánguido y malestar. Y mientras su cabeza dolía, vio su vida pasar, lenta como la brea delante de sus ojos. Se hallaba encerrada en su propio hogar. Y no pudo cuanto menos imaginarse en uno de esos cuentos en los que una princesa se quedaba encerrada tontamente en un castillo, torre o lo que fuese, a la espera de que alguien fuera a su rescate.

Como detestaba esas historias románticas, a sus príncipes sosos con la complejidad de una patata y a sus desenlaces predecibles. Los finales eran lo peor. A su juicio, un final de pacotilla tiraba por tierra toda una historia, sin importar lo mucho que le hubiese agradado al comienzo y a la mitad de esta.

Uhhh, no, creo que no. Lo que más detesto de una historia es que sea aburrida. ¡Aburrida como esto! — vociferó, sacando la cabeza por la ventana, a pesar de que nadie la escucharía.

Y se retiró de allí con una exhalación de fastidio.

Estaba delante de un lienzo sin pintar, cuando por mera costumbre estiró la mano hacia un pincel. Y entonces, otro mal trago se llevó. Por si fuera poco, su cabeza se hallaba en blanco, incluso en aquella habitación donde su arte brotase y tomaba color.

Más adelante, y como por encanto, encontró el consuelo que necesitaba en una pintura, que había nacido de su imaginación hacía apenas una semana. La había titulado como La Dama de la Rosa. Era una mujer de expresión solemne e imperturbable. Sobre sus hombros desnudos caía suelto una cascada de pelo liso. Y con ojos cerrados olía una rosa del mismo color de su cabello negro, que parecía nutrirse de la oscuridad que la rodeaba. Era una flor imposible, como imposible fuera su templanza. Le transmitía a Grace una sensación de virtuosa calma ante los rigores de una adversidad que a más de uno volvería locos.

Mientras la admiraba, la magia y la satisfacción de una obra concluida le duró más bien poco. Recordó entonces cómo su madre, enloquecida por ningún motivo, le había exigido de malas maneras que levantase aquella labor sobre otra pintura que no había sido de su agrado, pero a la que Grace le parecía que había quedado digna de conservarse no solo en su recuerdo. Aquella otra pintura enterrada bajo La Dama de la Rosa, la había nombrado «Dos Almas», a falta de tiempo para pensar en un mejor nombre. En aquel lejano lienzo se había apreciado a dos muchachas abrazadas y sonriéndose mutuamente, suspensas en la mirada de la otra.

Grace soltó un airoso resoplido. En las últimas semanas, la poca inspiración que florecía en ella le había bastado apenas para dar vida a tres pinturas. Y encima había tenido que desvanecer una. La segunda estaba ante sus narices, la cual le gustaba pensar que de semejante belleza valía por dos cuadros. Y la tercera era, desde luego, aquella que había compuesto para su hermano Connor…

— Ay, por Dios, soy tan estúpida — se llevó una mano a la cabeza, al recordarlo tan de sopetón. — ¡El regalo de Connor!



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En el texto hay: fantasia, juvenil, aventura

Editado: 21.04.2026

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