Una luz amarillenta entró a raudales en la habitación, tras el golpazo que abriese la puerta, y que hiciera temblar las paredes de madera. Entre los tablones del piso se colaron rayos que incomodaban la vista a Grace, quien yacía tendida en un hoyo sucio y estrecho debajo del suelo.
— ¿Quién ha sido? — Una voz áspera rompió el silencio. La silueta se alzaba alta, oscura, con un cabello finísimo y un par de orejas que acaban en punta, mientras iba surgiendo de aquella luz deslúmbrate de otra habitación, y que irrumpía con furia en el lugar.
A la niña se le aceleró el corazón. Aún no se lo creía.
— He sido yo, Lugus. Yo la he traído conmigo. — confesó, orgulloso, el sujeto que la había metido allí abajo en primer lugar.
— Artai — declaró la primera voz, derramando desprecio. —, zángano serás. No tenemos ya casi comida, ni espacio… Ni siquiera ojos de sobra para vigilar a tantos. Hace dos noches, a Kilian no se le ocurrió mejor idea que traer a una apestosa criatura que se consiguió en el bosque.
— Un Coblynau. — apuntó un tercer sujeto.
— Me importa poco lo que sea ese bicho. El punto es que estáis llenando de bazofia el banquete para ella. Más no es mejor. Hazel y la otra chica son el plato principal, todo lo que ella pidió. Lo demás que hemos encontrado solo son sobras que estorban.
Grace apretó los dientes, haciendo un esfuerzo desmedido por no toser, como si guardar silencio la hiciera invisible y ajena a aquella situación. No había pasado mucho desde que la encerrasen en aquel agujero, pero estaba polvoriento y hacía un calor espantoso. Sin mencionar que estaba oscuro.
— Calma un poco. Vas a querer pedirme perdón. Ya verás. — dijo riendo Artai.
— ¿Por qué?
— Ya, ya verás. Pídeme perdón. — insistió.
— ¿¡Perdón de qué!? ¡Se suponía que estabas buscado el malnacido oro todo este tiempo! ¡Para largarnos de esta casucha de charcas y mugre!
— Ya no te sulfures — Artai era puro relajo, sin importar que aquel extraño hombre de tamaño enfado pareciese a punto de lanzarse sobre él. —. Eirian se está ocupando de eso. Nos separamos, pues veras… Resulta que escuché una melodía, mientras pasaba por uno de esos árboles. Un… Un espi… ¿Espi-qué?
— ¿Un espino?
— Sí, eso. Pasábamos por uno de estos espinos, y entonces dije: «¿por qué no?»
— Artai… ¿Trajiste aquí a un humano?
Grace abrió los ojos como platos, cuando vio que aquella silueta giraba su cabeza lentamente hacia el suelo, hacia donde se encontraba ella. Tenía un mal presentimiento.
Había sido su culpa. « Yo solita me metí en esto. Estúpida. Estúpida. » Estaba más enojada consigo misma que asustada, porque nada en el mundo, incluso aquellos extraños hombres, le provocarían un atisbo de miedo. Después de todo, ya se había enfrentado a monstruos y fantasmas mucho peores.
— Míralo tú mismo. — mencionó Artai con regocijo.
En breves, se abrió una escotilla, y una manaza la cogió del brazo para hacerla salir toda sucia, toda sudorosa, con el camisón de dormir todo lastimado e impresentable.
— Es un cachorro humano. — declaró Lugus al verla.
— Menos es nada.
Le costó más de un segundo que sus ojos se acostumbrasen a la luz cuantiosa, pero al final las siluetas difusas fueron tomando color y mejor forma. Eran hombres, sí, pero unos muy pálidos con la piel brillante y pulcra como la porcelana. El tercero, que yacía de brazos cruzados en una esquina era más bien de color ocre.
— ¿Qué os pasa en la cara? — fue lo primero que Grace les dirigió, dedicando un vistazo a cada uno — ¿Estáis enfermos? ¿Por qué os veis así?
— Un cachorro muy falto de modales. — Lugus y los otros dos no eran en realidad tan enormes como antes le hubo parecido.
Tras esto, sus ojos quedaron hechizados un instante por destellos en los brazos de aquel desconocido, y halló con extrañeza que portaba brazaletes de metal blanco como la plata en sus muñecas, antebrazos y más arriba del codo, además de un par de anillos en cada mano. La luz casi dorada que se sostenía a sus espaldas hacía brillar débilmente a su traje gris sin mangas y a su tez blanca.
— ¿Modales? — se indignó Grace, girándose hacia Artai y sacudiéndose su brazo. — ¿Cómo vais hablarme de modales? Pero si fue este zángano — No sabía que significaba, pero estaba bastante segura de que era un insulto — quién me tiró allí abajo en primer lugar.
— Bueno, está bien — anunció el tal Lugus a medio camino de una carcajada, mientras atravesaba ya el umbral de la puerta para irse —. Que no se diga que La Banshee no tendrá un banquete variado. Espero que esta vez sepas lo que tienes que hacer, Artai — Y lo miró con gesto hosco. —. No te encariñes ni juegues con la comida.
— ¿Comida? — Grace no veía comida por ningún lado.
La habitación se encontraba casi tan sucia como el agujero en el que la había lanzado. Lo poco que había además de polvo eran cajas, dos sillas, una mesa y una escoba recostada a la pared que nadie se había dignado en emplear.
— Venga, Lugus, ¿viste que hice bien? Pídeme perdón. — le gritó alegre, antes de que la puerta se cerrase de un seco golpe.
Editado: 01.06.2026