Cuentos Llenos de Gracia (de Bestias de la Edad Oscura)

Mi padre, el Caballero

Hacía una brisa helada, cruel. Y a su alrededor no había más que un páramo de insondable oscuridad. Era un lugar casi por completo despojado, donde cada paso y jadeo resonaba con un eco vasto que rompía el silencio.

Pero delante asomó en breves un fantasma. Era nada menos que un fantasma ataviado con armadura resplandeciente. Duro en su postura y apacible de rostro, la observó a ella sin quitar ojo desde las alturas. Su barba larga y el cabello desarreglado, como el día en que partiese.

Grace no estaba segura si se trataba de otro sueño o simplemente era una locura. ¿Qué importancia tenía, si podía verlo?

— Hola, papá.

— Grace. — dijo con la voz no exenta de alegría.

Se arrojó hacia él de golpe y sin dudarlo, deseando que su silueta esta vez no se desvaneciera entre sus brazos.

— Te extraño mucho.

Y su padre respondió a su abrazo, rodeándola con sus guanteletes de metal que, como por encanto, yacían tan tibios como un par de manos.

— No me extrañes. Estoy aquí.

— Cuanto te extraño — repitió, a pesar de todo, aferrándose a él con mayor fuerza. Su coraza cedió bajo la presión, y se dobló cual ropajes de seda; tibio al igual que toda su presencia. —. Vuelve, por favor.

— Me temo que eso no es posible, mi dulce Grace. Lo siento.

— Vuelve… O déjame ir contigo. Sácame de aquí

— No, mi Grace. No puedes ir conmigo a donde voy.

Cerró los ojos, pues ya se lo temía.

— ¿Me dirás que no es seguro otra vez?

— No se trata de eso. Es un lugar seguro, pero... Eres muy pequeña todavía. Solo cuando seas mayor, ¿entendido? — Le dio una palmadita en la espalda a modo de consuelo.

Grace no respondió. No podía hacerlo sin que el nudo débil en su garganta se rompiese. En su lugar, se ciñó a él con incluso más empeño, para que no se marchase por nada del mundo.

— Sé lo que hiciste — continuó diciendo. —. Fuiste muy valiente. Mucho más de lo que creí posible. Me enorgulleces, hija mía.

De alguna extraña forma, Grace sabía que hablaba de aquellos horribles, horribles días de oscuridad y encierro, luego de que su padre y ella se separaran.

— Pero recuerdo haberte dicho que empezaras poco a poco — le recriminó su padre. —, que solo fueras a más cuando te sintieses segura.

— Perdóname. — Fue lo poco que consiguió articular su voz quebradiza.

— No hay nada que perdonar. No tenías más opción. Te enfrentaste a tus pesadillas de frente.

— Así como Connor dijo que lo había hecho.

— Connor... Connor — Sonaba como si saboreara su nombre con pesar.

— Él dice que lo siente mucho.

— Lo sé.

— Te trató muy mal y se arrepiente.

— Ese no era Connor — le aseguró al cabo de un rato. —. Era su odio. El demonio que siempre ha estado dentro de él... Pero está bien. Ese muchacho ya es un hombre, y ha hecho cuanto ha podido para seguir adelante, pese a todo lo que le ha pasado. No había más opción para él. — Y con un gesto de mano, hizo que Grace levantara la cabeza, para míralo directo a los ojos. De repente y sin el menor aviso, no había metal alguno que envolviese al caballero. — . Cuando lo veas otra vez, dile que está bien. No le guardo ningún rencor.

— ¿Y si no lo vuelvo a ver? Estoy atrapada y no sé cómo salir de este lugar extraño.

Y su padre compuso para ella una sonrisa amable, una sencilla y cálida que lograse en Grace sembrar una chispa de esperanza.

— Lo verás de nuevo algún día, créeme. Pero primero vuelve a casa con tu madre sana y salva.

— No me escuchas. No sé qué hacer.

— Piensa, Grace, piensa.

— Vuelve, ayúdame. — rogó.

Pero él por una vez no respondió a sus palabras.

— Ayúdame, por favor. Ayúdanos. Mama te necesita también. La casa es un desastre, ya no es lo que era. La ciudad es un desastre. Si vuelvo, será a una ciudad horrible. Si vuelvo, tendré que estar encerrada otra vez. El fuego consumió la ciudad. Todo es horrible.

— El fuego… — iba diciendo antes de que un insólito murmullo que parecía provenir lejos irrumpiera aquel paraje construido para ellos dos.

— Sí, las personas han cambiado. Ahora casi todo el mundo es malo. La guerra, el fuego lo cambió todo.

— No tengas miedo del fuego — le advirtió su padre. —. Es el mejor amigo contra la oscuridad. ¿Lo recuerdas?

«¿El mejor amigo contra la oscuridad? », se preguntó. El fuego era luz, después de todo. Al igual que sus luciérnagas y el esplendor que desprendiese un pixie.

— Lo recuerdo.

— No vayas a temer ahora al fuego, dulce Grace. Como lo hacías antes con la oscuridad. El fuego también puede ser luz. Lo que sucedió en la ciudad no fue culpa del fuego, sino de las personas que lo esparcieron.

— Los Celtas. Ahora lo sé, papa. Así se llaman…



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En el texto hay: fantasia, juvenil, aventura

Editado: 01.06.2026

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