Cuentos Llenos de Gracia (de Bestias de la Edad Oscura)

El Mejor Amigo Contra la Oscuridad

— No te preocupes — le iba susurrando al tímido y feúcho bugul noz, mientras Grace estiraba una mano que fluía lenta hacia él. —. Solo quiero… — La criaturita se encogió y clavó la mirada en el polvoriento suelo de madera, toda hecha temblores, como con miedo de verse herida. — Calma, chico. Todo está bien.

Pero cuando su cabeza calva recibió la primera caricia de Grace, hizo a un lado de pronto sus temores, para retorcerse de gusto como un gato lo haría (solo que incontables veces más grotesco).

«Ay, dios, pero que cosita más fea », pensó con el corazón repleto de lástima.

El pobre padecía de una nariz larga y afilada, de piernas y brazos flacuchos, de dedos como ramitas de un arbusto, y dicho fuera de paso, tenía escasísimo pelaje y una piel arrugada con manchas como las de un viejo. Según le habían contado, los de su especie se recluían en soledad tanto como les fuera posible, con el fin de no molestar a los demás con su presencia y rostro a veces difícil de mirar.

Y era que él, que con suma adicción se regocijaba por cada caricia, rayaba lo espantoso cuanto menos. Sin embargo, no había nada en su aspecto que a Grace le pareciese vil o ponzoñoso para el alma. No se le aplacaban los ánimos con solo verlo, pues no era desde luego perverso como las Hadas Renegadas que los mantenían presos.

— ¿Y cuál es tu nombre, pequeño? — le preguntó, mientras el bugul noz se empeñaba en que cada segundo de su compañía durase para siempre.

— No esperes que responda. Sencillamente los de su especie no hablan. — le avisó Aenguns, quien había encendido otra vez su pipa.

Cuando Grace por fin dio por terminado los mimos hacia su nuevo amigo, este se abalanzó velozmente sobre una de sus piernas, y se aferró a ella en un gran abrazo, como atestado de gratitud y una barbaridad de afecto.

— Ya, ya, no pasa nada — dijo ella, echándose a reír. —. No le hagas caso a esos diablillos de la esquina. Ellos son tan horribles como tú o como yo. — Y se apartó, con la esperanza de que el bugul noz no la siguiera sin darle respiro cual gato callejero, pero por suerte, se echó a dormir allí mismo bajo una manta y con una sonrisa dibujada en su boca.

— No otra vez esa cosa. — rumió Drumlin, refiriéndose a la pipa de madera roja. Y esta vez tenía buenos motivos para estar enfadado.

— ¿Saben algo? ¿Cómo es que todos hablan el mismo idioma que yo? — inquirió Grace sin dirigirse a nadie en concreto. — Este es un mundo muy distinto al mío.

Hazel comenzó a agitar una mano para apartar el humo y el penetrante aroma de la pipa del leprechaun. De soslayo, lo observó con gesto airado. A todos les molestaba cada vez que Aenguns se ponía a soltar humo; cosa que era, además, habitual.

— Tal vez tu y los de tu especie hablan el mismo idioma que nosotros. Tal vez en estas tierras nacieron las palabras que ahora salen de tu boca… ¿Te has puesto a pensar en eso?

— Hmmm.

Sea como fuese, de golpe no sentía ganas de darle muchas más vueltas.

Había escapado de la gravísima tristeza que la persiguiera a solas en su hogar, pero entonces una zarpa cruel e invisible asomaba de nuevo para rasgarle el pecho con dolor. Encerrada entre cuatro paredes, hablar con Hazel, con Aenguns, los brownies, Pam y los diablillos, sobre las maravillas de un mundo que decían allá afuera existía, pero que aún le era desconocido a Grace, parecía la única forma de distanciarse de las zarpas de aquella gente mala y siniestra.

Siempre que pensaba en sus seres queridos y en lo lejos que estaban, le sobrevenía un nudo en el estómago y un cosquilleo inquieto en la piel. Y en ocasiones, le inquietaba imaginar la tamaño bronca que su madre le echaría, cuando regresase. Si conseguía hacerlo.

Y, por si fuera poco, seguramente nadie de su familia, nadie del vecindario, creerían lo que le ocurrió luego de tocar música ante un árbol cualquiera. Nadie más que uno.

— Conozco a alguien a quién le encantaría estar aquí — dijo, sin dirigirse de nuevo a nadie, pero a la vez queriendo que todos la escuchasen. —. Quiero decir, aquí en Áes Sídhe; no encerrado en este lugar, por supuesto. Él nos sacaría de este apuro moviendo un solo dedo. — «Y los derrotaría a todos sin lastimarlos… mucho»

— Lo dudo — opinó Drumlin, que pasaba por allí con voz amargada. Aun después de descansado seguía siendo un gruñón. —. Suena a fantasías. A cuentos de hadas.

— Mi madre y padre no son los suyos, pero para mí sigue siendo mi hermano. — declaró ella, pensando en voz alta.

— Pobre de mí que estoy acorde por primera vez con esta bola de quejidos andante a la que llamamos Drumlin — se lamentó Hazel. —. Debes estar exagerando, Grace Maine. Haría falta más que un dedo.

— Ni la mismísima Salamandra lo haría así. — comentó uno de los brownies. No se molestó en saber cuál, ya que todos lucían idénticos a ojos de Grace.

« ¿Por qué será que tienen tanta fe en ella? ». Ya iba un innúmero de veces que oía hablar de Brigitte, en especial de los más pequeños e incapaces de librar cualquier tipo de batalla. Más interés le ocasionó, sin embargo, que dudasen de las facultades de su hermano.

— Él y su compañera cabalgaron día y noche sin descanso — les echó en cara. —, para salvar a medio reino de la destrucción. Fue mi hermano el que obligó a un dragón a que lo obedeciera, y así fueron a la batalla contra el ejército de desalmados que atacó antes la ciudad. La ciudad en la que vivo, y que sigue en pie por gracia de ellos. Mi hermano encerró a una Bestia en su interior, y aún con ello continuó peleando para rescatarnos a todos.



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En el texto hay: fantasia, juvenil, aventura

Editado: 07.07.2026

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