Cuentos Llenos de Gracia (de Bestias de la Edad Oscura)

Lady Brigitte la Salamandra

— Moriremos. ¡Vamos a morir! — chilló de nuevo aquel gnomo.

— Ahogados como por un morgen. — vociferó entre lloros un brownie.

— Muertos, muy muertos. — continuó diciendo el gnomo.

— Nadie va a morir. ¡No desesperéis! — dijo Hazel con voz desesperada. —. Ya casi está.

Sin embargo, Grace no veía más que humo gris y desespero. Giró el rostro y se cubrió la boca con una mano, intentando aguantar el aliento, rezando para que no la atacase a ella también una tos incontrolable.

Habían prendido fuego una sección de la pared, y las llamas se habían esparcido por caminos de madera seca tal como lo tenían previsto. Pero el humo resultó más abundante y denso de lo que osara imaginar.

— Está muy loca, lo sabía. Y ahora estamos muertos. — gritó el gnomo a través de su sombrero rojo con el que se tapaba la boca.

No podía ser cierto. Desangelados se hallaban, rodeados de una humareda a cada segundo más espesa y venenosa. Ya no parecía haber aliento siquiera para discutir.

Grace cerró los ojos con gran fuerza, como si aquello fuera aliviar el ardor, y deseando despertar en un buen lugar.

Y en breves, lo menos pensado sucedió. Sintió como las criaturas más pequeñas acudían a su entorno a trompicones, y después como el niño hada tropezaba con ella entre toses y quejidos ahogados, para después cubrirla con un brazo. Cuando Grace se atrevió a abrir a medias un ojo, por un instante que no dio sitio al menor asombro, pudo ver a Drumlin, arrojando sobre ellos una manta que los cubriese de pies a cabeza. Y los empujó, como a regañadientes y con gruñidos de descomedido esfuerzo, tan lejos cuanto pudo.

Y de una forma inusitada, los reunió a todos dentro del rincón donde solía dormir; una casita construida con trapos y mantas mojadas. Todos, Grace, Hazel, Aenguns, y las criaturas más pequeñas se encontraron apelotonados bajo un grueso cobertor de tela, sentados en el suelo y mirándose unos a otros. Nadie acababa de creérselo. Como no podía ser distinto, Pam iluminaba, tembloroso, sus rostros conmovidos, pero aún asustados.

El de patas más cortas, el de peor humor, había resultado el más ágil de mente.

Con su particular gesto huraño, Drumlin se cruzaba de brazos, mientras compartía su espacio de dormir. Miraba hacia el suelo, enfadado por un algún motivo, como con renuencia de que alguien se atreviera a darles las gracias.

Y pese a esto, Grace se arrojó para abrazar con fuerza y gratitud a aquella bola de frondoso pelo. Drumlim vibraba entre gruñidos como un gato arisco, pero se mantuvo inmóvil, mientras el crepitar y los murmullos de miedo anegaban sus oídos.

Y pronto, los rumores se elevaron hasta devenir horripilantes, tan altos que hasta al más valiente amilanaban. La madera lloraba y crujía en su encuentro con el fuego, y a más de una criatura hacía llorar. Aquel humo endemoniado no conseguía irrumpir el refugio ni la gruesa manta, pero el calor parecía entrar con más ímpetu con cada respiro.

Y justo cuando aquel gnomo comenzaba a gritar de desesperanza, justo cuando Pam se bamboleaba entre sudores, y Grace estuvo a punto de cruzar los dedos para darse suerte, se produjo un estallido grave, atroz, siniestro como el de un trueno que cayese al otro lado de la habitación. Con gran estrépito y temblor, como si la casa se viniese abajo tras el puñetazo de un gigante.

Pam se tambaleó en el aire, y cayó al regazo de Aenguns, desfallecida. Su luz se apagó casi al instante.

Tras esto, un siseo les cayó encima, enorme como una ola, como el de un público entero que los mandase a callar de tan áspero.

Shhhhhhhhhhhhhh

Y todo lo quedó detrás fue un silencio suspendido en el tiempo. En medio de aquella repentina oscuridad, Grace contuvo el aliento, pues no había lugar para suspiros. Y puede que ni para un latido del corazón. La calma había retornado al mundo hasta resultar insoportable.

— ¿Ya estamos muertos? — se preguntó aquel gnomo, dando vida al primer sonido.

  • No — zanjó Drumlin, impávido.

— Estamos vivos, muy vivos. — insinuó Aenguns alegremente, mientras en sus piernas el pixie titilaba con luz débil, y se llevaba una manita a la cabeza.

No podía ser cierto. Amparados por una suerte extraordinaria se hallaban.

Y antes de que tuviera lugar otro pensamiento, a sus pies los atacó un golpe de agua, como el oleaje suave de la costa. Y por esta vez, Grace se movió rápido por la curiosidad y no por espanto. Alzó el bendito y espeso velo con el que se habían cubierto, y se puso en pie. Luego hizo a un lado la cortina de harapos, y salió de aquella minúscula guarida.

Vio con gigantesco asombro como una columna de vapor se levantaba del suelo. Era un rocío denso y abundante, sí, pero se movía sereno por la habitación. Le permitió entrever, sin disipar del todo sus dudas, cómo se había abierto un boquete enorme en la pared y cómo una sección del techo había caído. Y en medio de la sala, se encontraba una estructura de gran tamaño hecha añicos. Grace conservaba la esperanza de que se tratara del estanque.

El agua se había esparcido rápidamente por todos lados y conseguido apagar las llamas más bajas tal como Grace había imaginado que lo haría.



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En el texto hay: fantasia, juvenil, aventura

Editado: 31.08.2026

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