Un pueblo gris y un lápiz curioso
En un rincón olvidado del mundo, había un pueblo llamado Nubeluz, donde las casas eran grises, el cielo parecía una sábana vieja y la gente caminaba sin sonreír. Nadie leía cuentos, nadie escribía cartas, y los niños jugaban en silencio, como si las palabras se hubieran perdido en el viento. Allí vivía Leo, un niño de nueve años con cabello despeinado y ojos grandes como lunas. Leo no era como los demás: él soñaba con dragones, barcos voladores y flores que cantaban, pero no sabía cómo compartir esas ideas.
Una tarde, mientras exploraba el desván polvoriento de su casa, encontró una caja de madera cubierta de telarañas. Dentro había un lápiz dorado, tan brillante que parecía hecho de rayos de sol, y una nota que decía: "Escribe, y el mundo despertará".
Leo frunció el ceño. "¿Escribir? ¿Para qué?" murmuró. Pero algo en su corazón le dijo que lo intentara. Sacó una hoja vieja y escribió: "Un pájaro azul vuela sobre el pueblo."
De pronto, una ráfaga de viento sacudió la ventana, y cuando miró afuera, un pájaro azul hecho de luz danzaba en el cielo, dejando plumas brillantes que caían como estrellitas.
-Es magia -gritó Leo, saltando de alegría.
Pero entonces oyó un tintineo extraño, como campanas pequeñas, y una sombra saltarina apareció en la esquina. Era Tilo, un duende diminuto con sombrero de hoja y ojos como chispas verdes.
-Ese es mi lápiz -grió Tilo, cruzando los brazos-. Lo perdí hace años, y ahora están despertando las palabras perdidas.
El duende y el secreto del lápiz
Leo parpadeó, confundido.
-¿Palabras perdidas? ¿Qué es eso?
Tilo saltó sobre la mesa, moviendo las manos como si contara un cuento gigante: "Antes, Nubeluz era un lugar de colores y risas. La gente escribía historias, dibujaba sueños y cantaba con las palabras. Pero un día, el Viento Gris se las llevó todas, y el pueblo se apagó. Ese lápiz guarda la magia de esas palabras… y tú lo encontraste"
-¿Entonces puedo hacer más cosas? -preguntó Leo, emocionado. Tilo asintió.
-Escribe lo que imaginas, y lo veremos juntos.
Leo tomó el lápiz y garabateó:
-Un río de chocolate corre por la calle.
Afuera, un río marrón y dulce apareció, y los niños del pueblo corrieron a probarlo, riendo por primera vez en años. En el cielo, dibujos de peces de chocolate nadaban entre nubes esponjosas.
-Funciona -gritó Leo.
Pero Tilo frunció el ceño.
-Cuidado, pequeño. El lápiz no dura para siempre. Cada palabra que usas lo hace más débil, hasta que su magia se acabe.
Leo miró el lápiz, que ya brillaba un poquito menos.
-¿Y qué pasa después? -preguntó.
Tilo sonrió, misterioso.
-Eso lo descubriremos si seguimos.
La aventura del color y la alegría
Leo y Tilo salieron al pueblo, decididos a devolverle la vida.
Leo escribió:
-Flores gigantes crecen en la plaza.
El suelo tembló, y flores enormes brotaron, rojas, amarillas y azules, con pétalos que cantaban como campanas. En el cielo, dibujos de mariposas gigantes aleteaban, dejando polvo brillante. Los adultos salieron de sus casas, boquiabiertos, y algunos hasta aplaudieron.
-Más, más -gritó Tilo, saltando sobre el hombro de Leo.
El niño escribió: "Un barco pirata vuela sobre las casas.
Un barco de madera con velas rojas apareció en el aire, y piratas hechos de luz gritaban "Al abordaje" mientras tiraban caramelos a los niños abajo. El pueblo empezó a brillar: las casas se pintaron solas de colores, el cielo se llenó de arcoíris, y la gente comenzó a hablar, a reír, a recordar.
Pero entonces, el lápiz tembló en la mano de Leo. Una grieta pequeña apareció en su dorado, y Tilo susurró:
-Se está cansando. Necesitamos encontrar las palabras perdidas antes de que se rompa.
-¿Dónde están? -preguntó Leo.
Tilo señaló un bosque oscuro al borde del pueblo.
-Allí, donde el Viento Gris las escondió.
El bosque y el Viento Gris
Leo y Tilo corrieron al bosque, donde los árboles eran altos y susurraban con voces tristes. El lápiz brillaba débilmente, como una vela a punto de apagarse.
-Escribe algo para guiarnos -dijo Tilo.
Leo garabateó: "Un camino de luces nos lleva al tesoro."
Pequeñas luces doradas aparecieron en el suelo, formando un sendero que ondulaba entre las ramas.
Mientras avanzaban, un rugido frío llenó el aire.
El Viento Gris surgió como una sombra gigante, con ojos como tormentas y manos que arrancaban hojas. "Nadie tocará mis palabras" rugió.
Leo tembló, pero Tilo gritó:
-Escribe, Leo, escribe.
El niño, con el corazón latiendo fuerte, escribió: "Un dragón de fuego protege el camino."
Un dragón rojo salió del cielo, escupiendo llamas de luz que hicieron retroceder al Viento Gris.
Corre -gritó Tilo.
Siguieron las luces hasta una cueva escondida, donde encontraron una caja de cristal llena de palabras brillantes: "Amor", "Risa", "Sueño", "Amigo".
Cada una flotaba como una luciérnaga.
-Son ellas -dijo Tilo.
Pero el Viento Gris volvió, más furioso. "No las tendrán" rugió, lanzando ráfagas heladas.
El poder del corazón y las palabras
Leo miró el lápiz: la grieta crecía, y apenas brillaba.
-Tenemos que liberarlas -gritó Tilo.
Leo tomó una palabra, "Amor", y la escribió en el aire: "El amor calienta el bosque".
Una luz rosa explotó, y el Viento Gris gritó, debilitándose.
Luego escribió "Risa" en una hoja: "La risa llena el cielo."
Risas de niños y campanas resonaron, y el Viento se encogió más.
-Sigue, Leo -dijo Tilo.
El niño escribió con "Sueño": "Los sueños pintan el mundo."
Estrellas y cometas de colores llenaron el cielo, y el Viento Gris chilló: "Nooo".
Finalmente, Leo tomó "Amigo" y escribió: "Los amigos vencen cualquier tormenta."