Un libro sin palabras
En un pueblo pequeño rodeado de colinas verdes, vivía Mateo, un niño de ocho años con cabello rizado y una sonrisa tímida. Mateo no era de los que hablaban mucho, pero sus ojos brillaban cuando miraba las nubes, los árboles o los perros que corrían por la calle. Le gustaba imaginar cosas: castillos flotantes, pájaros que cantaban y ríos que brillaban como cristal. Pero nunca sabía cómo contarlas.
Una tarde, mientras jugaba en el patio trasero de su casa, pateó una piedra y tropezó con algo duro enterrado debajo. Era una caja de madera vieja, con bordes gastados y un candado roto. Dentro encontró un libro grueso, de tapas azules como el cielo nocturno, pero al abrirlo, sorpresa. Las páginas estaban en blanco. Ni una palabra, ni un dibujo, solo papel amarillo y liso. "Qué raro," murmuró Mateo, hojeándolo. De pronto, un cosquilleo le recorrió los dedos y una página tembló como si respirara.
Cerró el libro y lo llevó a su casa. Esa noche se despertó de repente y abrió el libro otra vez. Quería dibujar lo que estaba soñando antes de que se le olvidara: "Un gato naranja saltando en mi tejado". Las palabras aparecieron en la página, escritas con tinta brillante, y un dibujo de un gato naranja saltando se formó al lado. Mateo miró por la ventana y escuchó un miau, allí estaba el gato, real y peludo, mirándolo con ojos curiosos. "Este libro es mágico" susurró, con el corazón latiendo fuerte.
La estrella que bajó del cielo
Al día siguiente, Mateo corrió al patio con el libro bajo el brazo, listo para probar más. Pensó: "Un árbol crece con flores de caramelo." Las palabras se escribieron solas, y un árbol brotó en el césped, con flores rosadas que olían a azúcar. Mateo arrancó una y la probó: sabía a fresa. "Puedo hacer lo que quiera" gritó, riendo.
Pero esa noche, mientras miraba las estrellas desde su ventana, una luz bajó del cielo. Era pequeña, brillante y cálida, como una luciérnaga gigante. Aterrizó en su escritorio y se transformó en una figura diminuta: una estrella con forma de niña, con vestido plateado y una sonrisa suave. "Hola, Mateo," dijo con voz como campanitas.
-Soy Estela, guardiana de las historias. Ese libro es mío… bueno, era mío. Ahora es tuyo.
-¿Mío? -preguntó Mateo, abrazando el libro.
Estela asintió.
-Es el Libro Secreto. Se llena con lo que imaginas, pero también con lo que amas. ¿Qué es lo que más quieres en el mundo?
Mateo se rascó la cabeza.
-No sé… ¿caramelos? ¿juegos?
Estela río.
-Piensa más profundo. Puedes pensar o escribir lo que hace latir tu corazón, y verás algo eterno. Pero recuerda, solo lo bueno para ti y los demás, el Libro Secreto se hirá apagando si es algo negativo -le aclaró Estela.
3. Las primeras historias de amor
Mateo no entendió del todo, pero tomó el libro y pensó en algo que lo hacía feliz: su familia. Imaginó a su mamá cocinando tortillas, a su papá contándole chistes, y a su hermanita dibujando en el suelo.
Las páginas se llenaron:
-Mi familia ríe en la cocina.
Un dibujo apareció, con líneas doradas que mostraban a su familia abrazándose, y un aroma a tortillas calientes flotó en el aire. Mateo sonrió, sintiendo un calorcito en el pecho.
-Sigue -dijo Estela, flotando sobre su hombro.
Mateo pensó en sus amigos: Juan, que corría como el viento, y Sofía, que siempre le prestaba crayones.
Pensó: "Mis amigos juegan bajo el sol."
Las páginas brillaron, y un dibujo de niños saltando en un campo se formó, con risas que sonaban como ecos. Afuera, Mateo oyó a Juan y Sofía gritando desde la calle: "Ven a jugar". Era como si el libro los hubiera llamado.
Luego pensó en el río que pasaba por el pueblo, con sus ranas y sus piedras lisas. "El río canta con peces de colores", pensó. El papel mostró peces brillantes nadando en tinta azul, y desde la ventana, Mateo oyó el agua del río sonar más alegre.
-Todo lo que amo está aquí -dijo, maravillado.
Estela aplaudió.
-Eso es, Mateo. El libro guarda tu amor, y lo hace eterno.
El desafío de la tormenta
Pero no todo fue fácil. Una mañana, nubes negras cubrieron el pueblo, y un viento frío arrancó hojas de los árboles. La gente se encerró en sus casas, y el libro tembló en las manos de Mateo.
-Algo pasa -dijo Estela, frunciendo el ceño-. El Viento Olvidado ha vuelto. No le gustan las historias ni el amor. Quiere borrarlas.
-No lo dejaré -gritó Mateo.
Abrió el libro y escribió: "El sol brilla y aleja las nubes."
Pero las palabras se desvanecieron, y el viento rugió más fuerte, entrando por la ventana como un lobo gris.
-Es demasiado fuerte -dijo Estela-. Necesitas escribir algo más grande, algo que el viento no pueda tocar.
Mateo cerró los ojos, asustado. Pensó en todo lo que amaba: su familia riendo, sus amigos jugando, el río cantando, los cuentos que su abuela le contaba. "No voy a olvidarlos," susurró, y escribió: "El amor de mi mundo detiene al viento."
Las páginas brillaron como un sol y un dibujo gigante apareció: su familia, sus amigos, el río, todo unido por líneas doradas. Una luz cálida salió del libro y el Viento Olvidado chilló: -Nooo -antes de deshacerse en un remolino de polvo.
El cielo se aclaró, y el pueblo volvió a brillar.
-Lo hiciste -dijo Estela, con ojos brillantes.
Pero entonces, el libro empezó a temblar y sus tapas se volvieron frágiles.
-Se está agotando -susurró ella.
El regalo de compartir
-¿Qué significa eso? -preguntó Mateo, abrazando el libro.
Estela flotó frente a él.
-El Libro Secreto solo vive mientras alguien lo usa. Ahora que venciste al viento, su magia se acaba… pero no la tuya. Mira.
Las páginas se llenaron con todas las historias de Mateo: su familia, sus amigos, la naturaleza, sus sueños. Pero al final, había páginas en blanco otra vez.