Hace un año y siete meses que estoy en prisión por el asesinato de mi novia. Pero lo que muchos no saben, y no creen para nada, es el hecho de que yo no la maté. Recuerdo ese día tan dramático como si fuera hoy; incluso, nunca pude volver a hablar después de eso.
Ella tenía días diciéndome que se sentía acechada, que había alguien que la seguía. Sin embargo, nunca tuvo pruebas. Me decía que la llamaban, pero yo no veía los mensajes ni las llamadas. Me decía que la vigilaban, pero cuando intenté contratar un guardaespaldas o seguirla yo mismo para ver qué pasaba, nada ocurrió. Me decía que encontraba las puertas de su casa abiertas, pero muchas veces intenté revisarlas e incluso poner cámaras, pero nunca encontré nada. Revisé las cerraduras y jamás fueron forzadas.
Pero ese día la encontré en el bosque. Estaba descuartizada, con las extremidades despegadas de su cuerpo sobre un charco de sangre. Por cómo se encontraba en sus zonas íntimas, había sido abusada varias veces de forma brusca. Y qué decir de la forma tan terrorífica en que encontré sus ojos: estaban abiertos.
Cuando vi su cuerpo en el bosque, mi mente colapsó. Lo único que hice fue recogerla y caminar con ella por un largo trayecto. Duré horas caminando. Era el amor de mi vida y no hubo nada más traumático que haberla encontrado así, sin haber podido hacer nada. Unas personas me encontraron y llamaron a la policía. Luego de eso, inspeccionaron el cuerpo y, tras la autopsia, determinaron que, aunque había sido abusada, torturada y descuartizada, murió por el dolor y la pérdida de sangre.
Jamás pude volver a hablar. No pude defenderme, por eso me dieron cadena perpetua. Hasta el sol de hoy, no importa lo que han intentado los psicólogos o los psiquiatras, las palabras no me salen. Para todo el mundo soy culpable.
Mi madre ha venido, mi padre, mis hermanos, mis amigos y mis exsuegros, intentando hacerme hablar. Mi madre dice que sabe que no fui yo; mi padre duda; los padres de ella dicen que fue mi culpa. Pero de mi boca no sale una sola palabra; es como si hubiese perdido el habla para siempre. Solo he podido escribir notas diciendo que soy inocente, pero nadie me cree. No tengo su teléfono, no tengo pruebas y toda la culpa recayó sobre mí. Nunca pude encontrar al verdadero asesino.
Hoy, uno de los policías me dice que tengo una visita. Me sorprendo porque ni mis padres ni mis hermanos suelen venir los miércoles. Cuando me ponen frente al ventanal, mi mejor amigo sonríe. Es el que siempre ha estado ahí, pero tenía mucho tiempo sin verlo. Me da esa sonrisa cálida con la que siempre me apoya.
—Hey, Francisco —me mira cuando toma el teléfono—. Te ves mejor que la última vez.
Solo asiento. Él sabe que, tras el trauma, no he podido volver a hablar.
—He escuchado que has mejorado y que estás comiendo. Me siento muy feliz por ti.
Le doy una leve sonrisa.
—Vine a decirte lo que hay sobre el caso de tu novia.
Mis ojos se clavan en los suyos; lo escucho atentamente. Él es el único, aparte de mi madre, que siempre ha creído en mi inocencia.
—Sí, he encontrado pistas, pero lamentablemente no son buenas, Francisco —indica—. No hay rastros de otra persona en ese lugar. Lo único sólido es que te encontraron a ti con el cuerpo.
Lo escucho en silencio.
—Francisco, si fuiste tú, debes confesarlo. Quizás si lo haces puedan bajar tu pena —comienza a susurrar—. Podemos crear una coartada; decir que fue en defensa propia o que no estabas en tus cabales. Así no te culparán tanto.
Lo miro fijamente.
—Estaba pensando en implantar pistas para que crean que fue un asesino serial. Claro, porque al encontrarla en el bosque, más o menos a esa hora de la noche, es más creíble que fuera un asesino que anduviera por ahí y que, para su mala suerte, ella se encontrara con él.
Entonces levanto la mirada y lo observo con detenimiento, dándome cuenta de algo: nunca le dije a nadie dónde había encontrado el cuerpo y, mucho menos, a qué hora había ocurrido.
#651 en Thriller
#230 en Suspenso
cuentos cortos y relatos, cuentos cortos de terror, historia de suspenso
Editado: 07.04.2026