Cuentos Para El Transporte Público

El ciego

La profesora se asomó al pasillo y leyó mecánicamente apellidos y números. Entre los alumnos, que escucharon atentos, alguno festejó y alguno se lamentó. La espera lo hizo sufrir, porque su apellido empezaba con R y siempre era de los últimos. Después de Quesada lo oyó, seguido de un cinco. No se lo esperaba. Sabía que había hecho mal un ejercicio, pero pensó que arañaba el siete.

Ese cinco no era un número cualquiera. Por ese cinco había reprobado el último examen de quinto año y no había terminado la secundaria. En unos días todos sus compañeros iban a estar anotándose en la facultad, y en unos meses conociendo gente nueva, adaptándose a la universidad, algunos, incluso, estudiando lo que les gustaba. En cambio él iba a estar repasando para ese persistente examen de química y no haciendo nada todo el resto del año. Encima su papá le había insinuado que si no estudiaba iba a tener que trabajar de algo, de lo que sea. Ese cinco era lo peor que le podía pasar en la vida.

Los días que siguieron estuvo tirado en la cama, abrumado, tratando de hacerse a la idea de cómo sería el año próximo. Muy diferente a lo que él había imaginado. Desde hacía unos años que él quería estudiar arquitectura y hablar de arquitectura con gente de arquitectura. Conversar sobre el finlandés Alvar Aalto y reírse de los chalets que había hecho su abuelo, que para su madre eran las más exquisitas obras de arte.

La incertidumbre que sentía era comparable a esa que lo poseyó cuando su única novia lo dejó inexplicablemente, después de una relación de treinta y siete días. Esa vez lo había ayudado mucho desahogarse contándole todo a su amigo Martín, que escuchó atentamente los detalles de la ruptura y se limitó a murmurar ocasionalmente “Qué hija de puta”. Pensó que esta vez también lo ayudaría contarle todo a Martín. Lo llamó y combinó para ir a su casa.

Cuando salió había llovido y anochecido. La calle iba a seguir mojada un rato largo. Él caminó hasta la parada del 518 concentrado en su problema, ni siquiera evitó esa baldosa floja que le lanzó una escupida barrosa al pantalón. Pensaba en otras cosas. Pensaba qué podría contestar si una chica que le preguntaba ¿Qué estudiás? Podía mentir directamente y decir arquitectura. ¿Y si se topaba con una que de verdad estudiaba arquitectura? ¿En qué cátedra estás? le preguntaría esa rubia de labios gruesos, o esa morocha de ojos rasgados, y él no sabría qué contestar y quedaría como un idiota, o podría decir que no había terminado el secundario y quedar igual como un idiota. Llegó a la parada y levantó la vista hacia la avenida, tampoco quería perderse el bondi.

Al poco tiempo de esperar vio que se acercaba lentamente un ciego. Un hombre de unos sesenta, con los correspondientes anteojos negros y bastón blanco. Llevaba un abrigo marrón y un pantalón marrón, ambos gastados y avejentados. El ciego se paró cerca de él, levantó el mentón y dijo en voz alta.

- ¿Alguien espera el 518?

- Yo - contestó tímidamente y agregó- ¿Le aviso?

El ciego asintió y se acercó unos pasos hacia donde había oído la voz. Le habló con una inesperada confianza.

- Vengo de la iglesia esta, que está a mitad de cuadra…

No había ninguna iglesia a mitad de cuadra. Pobre viejo, pensó, lo engañaron.

- Estuve con el padre Ernesto - continuó con calma - y me tomé ¡tres hostias!

Una risita aclaró los tantos. No había ninguna iglesia a mitad de cuadra, había un bar, un bar de viejos, de esos con luz verdosa de tubo y piso mal barrido. El ciego le había hecho un chiste. No supo qué contestar y la espera se tornó algo incómoda, hasta que a una cuadra de distancia vio al 518 que se acercaba bamboleante.

- Ahí viene.

- Ya lo vi, no soy ciego.

Esta vez el chiste le sonó algo impostado, tal vez ensayado, o por lo menos repetido.

El colectivo frenó con su exhalación mecánica y los dos subieron. Él se abrió paso, entre torsos de pasajeros, hasta la mitad y desde ahí pudo ver como el ciego se instalaba en el primer asiento y hacía del chofer el blanco de sus chistes incómodos.

Se quedó mirándolo. Pensó cómo ese hombre, que tenía una dificultad enorme, andaba por ahí haciendo chistes sobre la ceguera. Se imaginó qué habría pasado si él hubiera llegado más tarde a la parada del 518. El ciego habría dicho "¿Alguien espera el 518?" y nadie le habría respondido. Y al rato, al escuchar unos pasos, "¿Alguien espera el 518?" y nadie. Se lo imaginó comprando ropa marrón, o comida, confiando en los vendedores para intercambiar billetes de distinta denominación que para él eran todos iguales. Pensó que viviría solo, en una casa con mugre en los rincones, objetos perdidos para siempre a simple vista y sin lamparitas. Que no siempre tendría esa actitud irónica, casi soberbia. Se lo imaginó sólo en esa casa oscura, llorando.

Se lo imaginó.

O se imaginó.

Se bajó del 518 unas cuadras antes y empezó a caminar en dirección contraria.

Oyó al asfalto mojado alargar el pasar de los autos. Vio que los faroles encontraban en la vereda un espejo desparejo.

La visita a Martín podía esperar.




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