Ojalá que escribir esto me sirva.
Vengo sintiendo que la realidad tiene inercia, que se resiste a cambiar, y su revólver es la falta de pruebas y su bala es la duda. La más profunda de las dudas, la que tenemos sobre nosotros mismos. ¿Esto pasó? ¿Vi lo que vi? Se resiste a cambiar.
Yo vuelvo a Villa Gesell cuatro o cinco veces por año, a ver a mis viejos y desconectar un poco. Agarro algún fin de semana largo, me pido tres o cuatro días y así meto nueve días corridos en Gesell. Claro que a fin de año ya no me quedan más para tomarme vacaciones, pero a esa altura ya descansé bastante. Me sirve.
Siempre viajo en micro de noche para poder dormir, aunque me tenga que tomar el que para en todas, desde San Clemente hasta Nueva Atlantis, en lugar del que va directo a Gesell. La repetición hace que uno vaya encontrando soluciones para estar cómodo, la almohadita inflable del cuello, los auriculares que cancelan el sonido o la película bajada en el celular por si no puedo dormir. También nos hace ver lo predecible de la conducta de los demás, por ejemplo, antes de salir es el momento más intenso de uso del celular. Todos, absolutamente todos están mirando la pantalla. Será porque hay un tiempo muerto, será porque después no hay conexión, el hecho es que los cuadraditos luminosos se ven en todos los asientos. Menos en el del tipo junto al que me senté en el último viaje.
Mientras chequeaba mis propios mensajes me di cuenta de que este tipo no usaba el teléfono como todo el mundo, miraba serio para afuera. Después me llamó la atención su ropa, justamente por lo poco llamativa, pantalón gris oscuro, polera gris oscuro. Escondiendo la cabeza y las manos podría camuflarse perfectamente contra una pared de cemento. El detalle más curioso era el reloj. Un reloj analógico, antiguo, supongo que sin mucho valor, porque no parecía lujoso. Era un reloj viejo, pero común. Habría que darle cuerda todos los días y ponerlo en hora de vez en cuando, unas molestias que nadie se toma hoy en día, pero evidentemente este tipo sí.
De vez en cuando me gusta hablar con gente en el viaje. A veces encuentro a alguien conocido, porque muchos de los que viajan en temporada baja son locales, y a veces dejo que una charla sencilla con un extraño se vaya profundizando al pasar las horas. He tenido lindas charlas. Hablé con productores rurales, con empresarios gastronómicos, con emigrados que retornaban, con un locutor de una radio pueblerina y con un bailarín de tango que también era bañero. La clave siempre es saber escuchar, dejarlos hablar. Las charlas que, en general, no progresan son con mujeres bonitas, esas ponen una pared casi imposible de pasar. Una vez una me respondió “si no le molesta voy a descansar” cuando yo le había comentado amablemente que pronosticaban lluvia. El tema es que como el tipo del asiento de al lado, con su ropa gris y su reloj antiguo, me resultaba un poco raro, medio indescifrable, le di charla.
- Va a estar lindo el tiempo parece.
Se dio vuelta y me miró sin disimulo, más bien con alevosía. Me examinó desconfiado con ojos punzantes por unos eternos cuatro o cinco segundos. De repente, como si hubiera comprobado que yo era inofensivo, se relajó y me contestó con voz cascada, demasiado cascada para un cuarentón.
- Por suerte. Yo necesito sol.
No se lo veía bronceado, más bien pálido, bastante pálido y huesudo. Debía tener deficiencia de vitamina D y por eso necesitaba sol, pero tampoco hacía falta ir hasta la costa por eso.
El micro arrancó y a los pocos metros de andar pasamos cerca de la Villa 31, que ahora presentaba una especie de emprolijamiento de los frentes, un intento de disimular la miseria que resultaba patético. Era el momento de tantear su posición política. Claramente era un tipo conservador, pero no estaba seguro de en qué extremo se ubicaría.
- Esto no se va a ir nunca - dije intentando ser neutral.
Él suspiró y habló bajo, pero con una seguridad lapidaria.
- Corren malos tiempos. Y no van a mejorar.
Me tomé unos segundos para tratar de reunir mentalmente las bondades de esta época, el aumento de la expectativa de vida, las comunicaciones que pueden jaquear gobiernos despóticos y cosas de ese estilo, que no había antes, pero el tipo me interrumpió soltando una especie de discurso. Habló lento y tranquilo, pero sin parar. Se ve que necesitaba hablar, además de la vitamina D.
- Tiempos, malditos. Hoy es demasiado importante el individuo. Ese es nuestro problema. Por ejemplo, si alguien se pierde enseguida aparece la foto en todas las redes. Antes no era así, si una aldeana se perdía no pasaba absolutamente nada. Y si encima se la había visto cerca del castillo de un noble, menos que menos. En esos tiempos era todo más fácil. No es verdad que los pueblerinos organizaban cacerías con antorchas y tridentes, eso es una fantasía de las películas, eran como un rebaño manso, resignado a la tragedia de su vida. Hoy es distinto, hoy todo es muy difícil.
Por eso las últimas décadas las pasé siendo soldado. En la guerra nadie se asombra porque no aparezca alguien. Es normal, es triste pero normal, piensan que le dieron un tiro o que lo alcanzó una bomba. Lo difícil fue siempre mantenerme en el turno nocturno, pero con las cosas que soy capaz de hacer nunca me costó estar en cuerpos de elite que actuaran de noche. Me hice fama de excéntrico que nunca andaba de día. A veces dije que tenía alergia al sol, que era fotosensible, y eso es prácticamente cierto.
Pero la guerra terminó por afectarme. Ver el sufrimiento de la gente en la guerra me hizo mal. Esa gente sufre demasiado, es imposible de imaginar, pierden todo, sufren tanto que se les anestesia la mente, como si ya no les entrara tanto dolor, como si no les alcanzara la vida para llorar lo que tienen que llorar. Es increíble que la humanidad se haga eso a sí misma por unos límites políticos, o por el manejo de tal o cual recurso. Es criminal en serio. Lo que yo hice estos siglos, las personas que tuve que matar para sobrevivir, es algo ingenuo en comparación con la maldad de los que mandan gente a la guerra. Le juro que vi cosas horrorosas en esta… existencia… pero no como la guerra, eso me terminó afectando en serio.
Por eso voy a hacer lo que ya hicieron muchos de los míos, decidir el final. Ya no tengo interés en seguir, no le veo sentido. Pasé por todos los placeres, por todos los dolores. Así que voy a ir a la playa y, por primera vez en muchos siglos, voy a ver cómo sale el sol. Y así va a terminar todo para mí. Ya es tiempo. Por eso puedo serle abiertamente franco, ya no me importa mantener el secreto ni evitar la persecución. Tampoco estoy triste, estuve triste, pero ahora estoy tranquilo, estoy completamente aliviado.