Una mudanza. Una nueva casa. Una nueva ilusión.
La familia Duque, llegaba un domingo temprano a una casa de campo que daban por perdida sus dueños, con más cosas por arreglar que espacios habitables, alejada de todo ruido citadino. Cada uno tenía su trabajo para convertirla en un hogar, el padre haría lo necesario para que el jardín y patio sean aptos para animales y alimentos, mientras que el hijo mayor trabajaría para que sean funcionales las paredes y techo del espacio. La madre y su hija mayor, limpian y desocupan los años de abandono, acumulados en todos los rincones. Pero Luisito, él hijo menor, de no más de 5 años, él los ayuda a todos. El explorador de la familia.
Con su pequeña extensión de vocabulario, le dice a su padre dónde queda maleza, a su hermano mayor dónde hay otro hoyo en la pared, a su madre le ayuda a organizar la cocina y a su hermana con lo más divertido, echarle agua a todo el jabón que necesita para lavar los pisos. De cinco minutos en cinco minutos, les ayuda con sus tareas y cuida de ellos. De cinco minutos en cinco minutos, a todos les alegra el día.
A una semana ya cuenta con cocina organizada y un comedor funcional para comer en familia, como siempre. En el jardín el romero, orégano y albahaca, comienzan a retoñar. Y aunque la familia siempre ve el vaso medio lleno, aún falta avanzar más de la mitad, y hasta que no tenga su placa en la entrada de Victoria, el nombre que todos eligieron para bautizar la casa, no estará lista. Esta nueva semana toca renovar el piso de arriba, cada uno retoma sus trabajos, hasta que el explorador de la familia, Luisito, intenta abrir la última habitación del espacio, atraído por el sonido de una caja de música que estaba dentro. Caja que nadie más en la casa escuchaba.
Sus padres y hermanos buscaron la llave de la puerta por cada rincón, y nunca apareció. Llamaron a los antiguos dueños para consultar si olvidaron entregarla y solo obtuvieron una respuesta: “Le hemos dejado todo, no nos compete nada de esa casa ahora. Igual… lo mejor es lo que pasa, si se perdió, no procuren encontrarla. Y les recomendamos… que vayan a misa, sin falta los domingos y recen ante cada comida”. Esto último… ¿quién lo recomendaría? ¿por qué?
En esta llamada, a la familia Duque, les quedaron más preguntas que respuestas.
A un mes de la llegada al pueblo, casi nadie les hablaba, en la iglesia o en las tiendas, los vecinos los evitaban y si ellos los visitaban, siempre había una excusa para ni siquiera abrirles la puerta. Tal cual unos enfermos de peste negra. No era complicado deducir, que si algo evitaban de ellos, era porque algo sabían.
Decidieron avanzar, a pesar de los malos augurios, pero las cosas no mejoraban. Luisito ahora no solo escuchaba la caja de música, si no pasos, risas y los ruidos de un niño jugando en la habitación. Con una pelota que rueda de un lado a otro y luego con un tipo de mecedora de madera. El menor de la familia ya no exploraba, ni ayudaba a ninguno. Si estaba en la planta baja se la pasaba viendo hacia arriba, y cuando estaba arriba, se sentaba frente a la puerta de la habitación, intentando acercarse al niño que él creía que estaba al otro lado.
—Luisito… mi vida… chiquito… —le dice su madre, suavemente, quien se dirigía a la cocina por un vaso de agua. Son a las 3 a.m. y su hijo está mirando hacia la única puerta cerrada en toda la casa, con su osito y su manta—, ¿qué haces ahí?
—Esperando… entra… ahí —dice señalando la puerta, con su dulce voz y lenguaje poco entendible.
Su madre, sin comprender el porqué, lo acurrucó en su regazo y allí esperó que amaneciera, pues el niño no durmió en toda la noche, escuchando un sonido tras otro.
Hasta el mediodía de ese nuevo día sus padres estarían de pediatra en pediatra investigando que tenía su niño, mientras sus hermanos mayores, cuidan de él y procuran mantenerlo alejado de la habitación. Una rara explosión en las tuberías del patio hizo que salieran y se concentraran en solucionarlo, no vayan a terminar regañados, mientras Luisito subía las escaleras sin mirar atrás, atraído por la armoniosa música y risas del niño que habita en el piso de arriba.
El menor de la familia ve por primera vez la habitación abierta, aquel espíritu juguetón le mostró una habitación que no existía, llena de luz, juguetes y paredes de colores limpias, mientras que la realidad no es diferente al resto de la casa, mucho polvo, paredes arruinadas, techo desmoronado y juguetes viejos. Solo una cosa estaba increíblemente limpia, completa, impoluta… la cajita de música, y Luisito entre todo lo que aquel espíritu le mostraba solo a él, para no asustarlo, se dirigió directo a ella.
Al abrirla salta un pequeño carrusel, con la misma canción que ha escuchado desde que llegó a la casa, en la tapa fija frente a él, un espejo donde se reflejaba la pequeña cara de Luisito hipnotizado por el espectáculo que aquel aparato le estaba dando sólo a él, aparato que ni en sus más creativos sueños infantiles imaginó. Sin embargo, no notó la sombra que estaba detrás de él. Un niño no muy lejano a su edad, una silueta hecha realidad. Su piel se veía gris, casi azul, y cuarteada, como un papel antiguo, y sus venas se veían sin mucho esfuerzo a través de su piel, por su fuerte color negro.
Sus ojos completamente blancos no dejan de ver el reflejo de Luisito en el espejo, esperando que sus miradas se crucen…
—¡MÍRAME! —le grita con una aterradora voz gutural. Nada de la dulce voz que reía casi todo el día en la mentecita de Luis, estaba ya en ese lugar.
Luisito aterrado, mira el espejo y sus ojos comienzan a llenarse de lágrimas. El espíritu, ya no tan juguetón, esboza una media sonrisa, para celebrar su éxito o para saludar a quién le colaboró inocentemente para salir de allí. En una fracción de segundo, este ser empuja al menor de la familia Duque, hacia la caja de música. Pero no lo tangible, no la poca carne y huesos, no lo físico del niño, si no lo intangible, su esencia… su alma.