Después de un largo día de trabajo, llegué a mi casa cansado pero feliz. Sabía que ahí estaría mi esposa esperándome con los brazos abiertos. Como siempre, me di una ducha, me cambié y bajé a cenar. Vimos una película en familia y hablamos de cómo nos fue durante el día. Le comenté a mi esposa:
—Amor, yo siempre he trabajado de día, pero mi amigo Carlos se enfermo y me pidieron cubrir su turno. No me pude negar, así que esta semana trabajaré de noche.
Ella me dijo:
—Amor, estare bien. Tranquilo.
Le respondí:
—Solo hay una cosa… El tiempo que he trabajado ahí, nadie quiere hacer ese turno porque, según dicen, asustan por la noche. Yo no creo en esas cosas, pero igual me da curiosidad.
—Amor, solo es una semana. Eso pasa rápido. No pienses en eso, solo haz tu trabajo y ya.
Se terminó la semana y ese fin salimos a pasear. fuimos al zoológico y la pasamos genial.
Cuando suena mi teléfono, era Carlos.
—… Hola, Carlos, ¿cómo estás? Ya estoy preparado para mi turno por la noche.
—Hola, Luis. Sí, te llamo para decirte que tengas mucho cuidado. No le prestes atención a lo que oigas. No te metas en las zonas oscuras. Solo cuídate… Yo no sé si vuelva. Perdóname por dejarte ahí solo…
—Pero, Carlos, ¿por qué me dices eso? ¿Qué pasó? Cuéntame, te noto asustado.
—No es nada, Luis… luego hablamos. Adiós.
Quedé muy pensativo después de esa llamada. Le dije a mi esposa:
—Amor, era Carlos, pero se escuchaba muy raro. Me dijo cosas extrañas… que no estuviera solo en zonas oscuras, que me cuidara. No entendí.
—Ay, amor, tú sabes cómo es Carlos. Debe ser solo una broma para asustarte. —Sí, eso pensé. Bueno, me voy a bañar para irme.
Salí a eso de las seis de la tarde. Llegué a mi trabajo, recibí mi turno y me puse mi uniforme. Era guardia de un almacén. Éramos muchos trabajadores, ya que el almacén era muy grande.
Teníamos una oficina pequeña desde donde podíamos ver todo por las cámaras. Había un pequeño televisor y un casillero. Solo debía cumplir mi horario hasta las siete de la mañana.
Me quedé tranquilo. Me fui a darle un recorrido al lugar. Todo estaba muy solo y en silencio. Puse música en mi teléfono para no sentirme tan solo.
Después de varias horas, todo estaba muy tranquilo. Le mandé un mensaje a mi esposa diciéndole:
—Amor, Esto está muy tranquilo, me gusta.
Ella respondió:
—¿Viste, que te dije? Carlos es muy bromista. Solo quería asustarte. Hasta mañana, buenas noches.
Nos despedimos.
Ya era hora de mi segunda ronda. Hacía mucho frío y todo estaba mucho más oscuro. Prendí las luces, aunque iluminaban muy poco el lugar.
Volví a poner música en mi teléfono y me fui a caminar. A lo lejos sentí pasos acercándose muy rápido. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
Me volteé lentamente, prendí la luz del celular para ver mejor… pero no había nadie.
Allí vivían dos perros grandes que me ayudaban a cuidar el lugar, pero no estaban ahí. En mi cabeza no dejaba de sonar la voz de Carlos diciéndome:
“No estés solo en la oscuridad”.
Pensé: voy a buscar a Ralf y a León.
Así se llamaban los dos pastores alemanes que eran los únicos que me acompañaban. Les puse comida, los llamé y llegaron.
Con su presencia sentí un poco de calma. Sabía que ya no estaba solo.
Me regresé a la oficina y me senté, todavía inquieto por lo que acababa de pasar. Seguí escuchando música cuando vi en una de las pantallas de las cámaras una palabra que apareció de repente:
“Apágalo”.
Me sorprendí, pero no entendí. Observé todo y no había nadie.
Volví a salir alumbrando con el celular, pero ya no vi a los perros.
Mientras caminaba, alguien corrió hacia mí y gritó:
—¡Apágalooo!
En ese momento se me cayó el celular. Empecé a gritar:
—¿Quién está ahí?
Nadie respondía.
Salí corriendo a mi oficina para ver por las cámaras y todo estaba normal.
Respiré profundo y volví a salir para buscar el celular que se me había caído.
En ese momento escuché a Ralf que no paraba de ladrar.
Agarré el teléfono y alumbrando me fui a buscarlo, pero cuando los vi… estaban dormidos los dos.
No podia evitar pensar que esos malditos me estaban jugando una broma. Solo quería que amaneciera rápido.
Me devolví a la oficina cuando vi que alguien estaba entrando en ella. Se veía como una persona muy pequeña.
Saqué un arma y, apuntando, caminé poco a poco… pero cuando entré no había nadie.
Revise todo el lugar.
De repente vi que algo flotaba envuelto en una sabana en la esquina del cuarto.
Me acerqué apuntando sin temblar.
quité poco a poco la sabana… y me pegué contra la pared.
Había una niña.
Estaba toda pálida, con sus pequeñas manos llenas de tierra. Estaba sucia y llevaba un vestido blanco manchado de pantano y sangre. Su mirada estaba fija en mí.
Me dijo con una voz débil:
—Cuando te vayas… llévame contigo. No me dejes sola. No quiero seguir aquí. Ayúdame, por favor…
Sus ojos se llenaron de lágrimas. De repente las luces comenzaron a titilar… y desapareció.
Quedé pálido, en shock. No sabía qué hacer. Miré rápidamente las cámaras y todo se veía borroso. Quería salir de ahí.
Intenté llamar a mi jefe y a algunos compañeros de trabajo, pero nadie me contestó. No quería llamar a mi esposa para no preocuparla, pero tuve que hacerlo. Igual, todo fue en vano: nadie contestaba.
Me dije a mí mismo:
—Respira… cálmate.
Y ahí me quedé toda la noche.
Cuando por fin se hicieron las siete de la mañana, salí rápido de allí. Pensé: bueno, pude sobrevivir la primera noche… todavía faltan cuatro días.
Llegué a la casa.
—Buenos días, amor.
Mi esposa me recibió con una sonrisa en su rostro. Me abrazó y me dijo: