"El hidrógeno es un gas incoloro e inodoro que, si se le da el tiempo suficiente, se convierte en personas."
Edward R. Harrison
El mundo volvía a empezar. Esta vez, con unas naranjas rodando calle abajo y Mulatos Castellanos llegando tarde.
Eran decenas, saltando en los adoquines mojados y brillantes por la lluvia, y detrás de ellas corría un viejo con los brazos abiertos, gritándole al mundo para que lo ayude. La carretilla se había quedado atravesada en la esquina, con la cadena suelta colgando como una lengua. Mulatos actuó de golpe. Se arrodilló en el charco, metió las manos en la grasa, encontró con los dedos el diente torcido de la rueda antes de verlo, lo enderezó con el mango de la navaja y montó la cadena de dos tirones. Después corrió calle abajo juntando naranjas en el abrigo abierto como una bolsa.
Salvó la mayoría.
Cuando el viejo quiso pagarle con una, Mulatos ya corría otra vez, mojado hasta las rodillas, con las manos negras hasta las muñecas, contando las cuadras que le faltaban. Esa noche el Maestro iba a traer el problema. Lo había anunciado el viernes, al final de la clase, de espaldas, sin darle importancia: *el lunes les traigo uno que no tiene solución*. Mulatos llevaba tres días absorto en eso. Buscaba más que resolverlo: quería ser el primero en descifrarlo ante sus ojos.
Subió la escalera de la facultad de tres en tres. Al final del pasillo, detrás del vidrio esmerilado de la puerta del laboratorio, se movían sombras.
Mulatos empujó la puerta sin hacer ruido.
El laboratorio estaba helado. El frío entraba por las rendijas de las ventanas y se quedaba a vivir ahí como un alumno más.
Eran cinco estudiantes, apretados dentro de los abrigos contra la única mesa tibia: un mechero bajo una olla abollada donde hervía el café. Al fondo, sobre el banco más viejo, una lámpara de luz zumbaba como un insecto atrapado. En una esquina de la pizarra alguien había escrito *NO*, en letra grande, y lo había tachado tres veces.
Delante de la pizarra del centro, la única limpia, estaba el Maestro, con los ojos cerrados y las manos apoyadas en el borde de madera.
Era un hombre grande, de treinta y dos años y hombros anchos, con unas manos enormes y ágiles. Tenía el pelo castaño oscuro, espeso, cortado al ras en la nuca, todavía mojado de la lluvia. Sobre la mesa central había dejado caer una torre de libros, y junto al mechero, boca abajo, un librito de tapas gastadas sin título en el lomo. Su abrigo colgaba del respaldo de una silla vacía.
Dijo en voz baja, sin vergüenza, como quien se lava las manos antes de comer:
—*Dame misericordia para entender, concédeme prudencia para investigar y déjame morir si ya no encuentro el camino...*
En la segunda fila, Tomás Quiroga movió los labios al mismo tiempo, sin sonido, con una precisión de monaguillo que se sabe el rito de memoria. Inés le dio un codazo.
El Maestro abrió los ojos.
—¿A qué dios le reza, Maestro? —preguntó uno de los de primer año, un flaco de orejas coloradas que todavía no había aprendido cuándo callarse.
—Al único que existe.
—¿A usted mismo?
Alguien soltó una risa y la tapó con una tos. El Maestro sostuvo la mirada, serio. Clavó los ojos en el flaco por encima del hombro, con una paciencia que daba más miedo que un grito, y tomó la tiza.
—Al contexto —dijo.
***
Mulatos seguía en la puerta, goteando sobre el piso. Esa respuesta se le clavó adentro, como una espina, sin entender el motivo.
—Castellanos —dijo el Maestro, sin darse vuelta—. Llegas tarde.
—Se le salió la cadena a la carretilla de un señor en la esquina, Maestro. Las naranjas estaban rodando calle abajo.
—¿Y las salvaste?
—La mayoría. —Mulatos se sacudió el agua del pelo—. Usted las habría salvado todas, Maestro. Y habría roto la carretilla.
El Maestro soltó una carcajada que le sacudió los hombros y lo obligó a apoyar una mano en la pizarra.
—El café no espera a nadie, Castellanos, ni siquiera a los que salvan naranjas. —Señaló con la tiza, por encima del hombro, hacia el fondo de la sala—. El banco de la lámpara. Es lo que queda para los que llegan tarde.
Todos rehuían ese rincón. Mulatos atravesó el laboratorio dejando un rastro de gotas, se sentó bajo la luz de la lámpara, que le tiñó la piel de un tono enfermizo, y se frotó las manos en el pantalón ya mugriento. Detrás de él, entre dos armarios, asomaba la puerta angosta de un depósito clausurado.
El Maestro pasó junto al mechero y olió el aire.
—¿Quién bajó el fuego?
Tomás, que estaba más cerca, se encogió dentro de su chaqueta.
—Yo no quemo el café, Quiroga —dijo el Maestro, volviendo a subir la llama hasta que la olla protestó—. Lo concentro. Es distinto. Algún día lo vas a entender, y ese día vas a ser un hombre más feliz.
Y empezó a escribir.
Escribía como trabajaba: rápido, apretando de más. La tiza se le partió dos veces. Primero un vaso de agua dibujado con tres líneas. De ahí una flecha hacia dos letras, *H₂O* y la palabra *calor* subrayada. Luego cerró el dibujo con un círculo que lo encerraba todo y golpeó la pizarra tres veces con los nudillos.
—El agua se rompe —dijo—. Se separa en lo que la hace. Lo que la hace se vuelve a juntar, y al juntarse devuelve energía. Con esa energía se rompe otra vez el agua. Y así. —Pasó el dedo por el círculo—. Una rueda que no se detiene. Energía perpetua.
Hubo un silencio incómodo. Ignacio Vela, sentado derecho en la primera fila, con un abrigo de lana gruesa que olía a tienda cara, levantó apenas la mano.
—Con todo respeto, Maestro, eso es movimiento perpetuo. Lo prohíbe la segunda ley: se pierde calor en cada vuelta, y la rueda se frena.
—Lo sé, Vela.
—Entonces no entiendo el ejercicio.
—Porque buscas el procedimiento antes que el problema. El método no sustituye a la cabeza. —El Maestro se volvió hacia la clase, sacudiéndose la tiza de los dedos en la bata—. La rueda se frena, sí. Ese es mi problema; el de ustedes es otro. Les pido una sola cosa: rómpanme el agua sin pilas. Sin enchufe. Si alguno lo logra esta noche, me cierra la ecuación. y se ganará un premio secreto.
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Editado: 27.10.2026