—¡Mamá, por favor! ¡Deja de gritar! —mi voz salió rasgada, como si tuviera vidrios molidos en la garganta.
El dolor en mis sienes era insoportable, una presión brutal que me prohibía hasta respirar sin sentir que el cráneo me estallaba. No obstante, peor que el dolor físico era el vacío en el pecho, ese agujero negro donde solía estar Daniel. No era solo un dolor de cabeza; era una tormenta eléctrica detonando detrás de mis ojos, pulsando con cada latido de mi corazón destrozado.
La puerta se abrió de golpe, violando la penumbra de mi cuarto.
—¡Jul! —gritó ella, su figura borrosa contra la luz cegadora del pasillo—. ¡Alfredo está aquí! ¿Lo hago pasar? ¿Le digo que se vaya?
Me giré hacia la pared, enterrando la cara en la almohada que olía a lágrimas secas y resignación ya evidente para todos.
— Sí... déjalo pasar — susurré, aunque cada fibra de mi ser quería gritar que no, que nadie merecía verme así, hecha pedazos.
— Bien — dijo.
Cerró la puerta y yo, mis ojos. Mis pensamientos revoloteaban como mariposas atrapadas en un frasco, desesperados, trataba de encadenarlos, de apaciguar su vuelo, de darles un orden; pero era imposible. Con todo, y esa agonía, el sueño me comenzaba a invadir, lanzándome a un agujero oscuro, largo y, de manera inexplicable, los pensamientos se hacían distantes. De pronto, oí, a esa misma cobertura de espacio, lejano..., oí abrirse la puerta. Era Alfredo, mi novio. Lo supe de inmediato. Sus pasos, uno tras otro, reconocibles hasta su cercanía ante aquel cuerpo inerte, generaba la esencia de la calma cuyo fuerza empezaba a arroparme. Él era el único con un poder tranquilo y elocuente de llenarme de una paz inexplicable, divina. Una paz que restauraba en mí, o quizás lo intentaba, pero por lo menos no se seguía desmoronando juntos a los cimientos que intentaba mantener en pie.
—¡Amor! —me llamó y reflejé su escultura en mi mente, su rostro amable, sus manos que siempre encontraban las mías en la oscuridad.
Se sentó en el borde de la cama y pasó su mano sobre mi cabeza. Me moví viajando en sentido contrario, arrastrándome por aquellas sábanas tal cual un náufrago busca la orilla, un poco más cerca de él hasta sentir el borde de sus piernas. Las rocé. Eran perfectas para su edad, no tan flácidas ni tampoco corpulentas a la manera de las de Daniel. Perfectas. Las aprecié un poco más.
«¿Qué estará pensando?», me pregunté en silencio.
No lo sé; no quería abrir mis ojos. Sin embargo, aquellas piernas seguían pareciéndome idóneas. Levanté la cabeza y la coloqué sobre aquella hermosura; cuál de las dos fuera, me daba igual, solo anhelaba que descansara en ellas. En tanto me acomodaba, un beso sutil y carnoso rozó mi frente, dejando tras de sí un aliento tibio, una exhalación tan pura que pareció rozar las compuertas de mi espíritu.
—¿Qué tomaste para el malestar? —preguntó.
La frase brotó semejante a una exhalación diminuta, un murmullo que acarició la curva de mis oídos a la par que sus manos, de dedos finos y pulcramente alargados, peinaban mi cabellera. Era una sensación reconfortante.
«Quiero quedarme así para siempre», reflexioné al sentir el vaivén de su contacto.
Aquel gesto me envolvió en una calidez paulatina, anestesiando el dolor persistente de la mente para devolverme, aunque fuera de manera efímera, una pizca de serenidad.
—Un antigripal, me lo dio mamá —contesté casi con el mismo tono de sus susurros.
—Pero todavía tienes fiebre —sonó preocupado—. Mejor será que me vaya… Debes descansar hasta que sudes la fiebre.
Escuché sus palabras; no obstante, una resistencia muda me impedía dejarlo ir. Anhelaba confesarle que el sueño me era ajeno, que lo precisaba a mi lado y que su sola presencia constituía el único analgésico certero contra mi pesar. Empero, la verdad era otra, terminaría mintiéndole y él acabaría por indignarse. Poseía la facultad de detectar mis engaños de la misma forma que un sabueso rastrea una huella y mi cuerpo carecía de la entereza necesaria para sostener una falsedad más. No tras la tormenta vivida. Acepté el silencio. De manera paulatina, el sopor fue envolviéndome en tanto sus dedos —delgados y pausados— continuaban trazando giros suaves sobre mi cabeza, pacificando mis pensamientos.
La oscuridad apareció enfrente mientras avanzaba por un pasadizo prolongado. Nada se distinguía en el entorno; sin embargo, una luz palpitaba a lo lejos. Me asombré, el brillo que emitía no se achicaba ni crecía, al contrario, parecía igual mientras yo me acercaba. Proseguí el trayecto sin noción alguna del tiempo. De pronto, una ráfaga glacial recorrió una de mis extremidades, haciéndome dar un respingo que me arrancó del sueño de golpe.
—¡Alfredo! —grité, pues era lo único que mi cabeza podía pensar.
El pecho me retumbaba de forma frenética; los latidos se desataron en un galope salvaje, semejantes a un aleteo desesperado confinándome desde el interior. Exploré el entorno con la mirada. La estancia continuaba a oscuras, aunque el resplandor de la tarde se filtraba a modo de un hilo de luz bajo la puerta. Me puse en pie para abrirla: afuera el tiempo parecía haberse detenido en pleno día. Avancé en silencio por el pasillo hasta alcanzar el balcón del piso superior. El resplandor solar lo inundaba todo con calidez; pero, no traía consigo pizca alguna de consuelo.
—¿Mamá, mamá? —pregunté, pero no hubo respuesta. Solo el eco de mi propia voz, vacía, unísona, perdida en la casa.
#5014 en Novela romántica
#1430 en Chick lit
#1247 en Fantasía
amor juvenil novela romantica, amor decepcion dolor, amor celos
Editado: 22.07.2026