Cuerpos Enlazados

Capítulo 2

—¡Aaah! —grité del susto, llevándome las manos al pecho.

—¿Qué pasó, July? —preguntó mamá, con una exaltación nacida del espanto; una actitud tan propia de su rol que me resultaba indescifrable.

—Nada, mamá… Pensé que estaba sola —respondí recostándome sobre la pared, sintiendo cómo el dolor volvía a golpear mi cabeza.

—¡Qué susto! —suspiró—. Por cierto, Alfredo dijo que te traería algo más para esa fiebre.

—Mmm.

—Bueno, espero que te quite eso rápido —respondió ella, y nos quedamos viendo por un momento, congeladas en el silencio de una conversación que no tenía más sentido—. ¿Por qué no vas a ver la televisión? Voy por el almuerzo.

Hice caso.

Jamás me había considerado una muchacha rebelde; sin embargo, el martirio sobre mi cabeza era demoledor. Avancé hacia el televisor, a escasa distancia de los peldaños, experimentando de qué manera la gravedad de cada paso repercutía en la bóveda de mi cráneo. Me acomodé en mi sitio preferido, mi “pus”, ese inflable rosa que moldeaba sus curvas a la geometría de mi cuerpo, cediéndome la tregua de un refugio blando y dócil. Constituía mi remanso en mitad de la vorágine, un enclave en el que el horizonte circundante se pausaba y me permitía la simple Gracia de existir sin rendir cuentas a nadie. Frente a la pantalla, la sola victoria de haberme posado allí me parecía un milagro.

Ajusté la postura una y otra vez, sondeando el contorno exacto donde el peso dejara de dolerme. Una vez, dos veces, hasta que por fin pude estar de acuerdo con mi cuerpo. Ligera. Cerré los ojos un segundo, respiré profundo y sentí cómo los hombros se relajaban. Acto que unos segundos después, interrumpí debido a la distancia que me separaba del control remoto de televisor, el cual descasaba al otro lado de la mesa del centro. a modo de una sutil burla del entorno para recordarme que la paz me estaba prohibida. Me levanté con un suspiro, cada movimiento era un recordatorio de que mi cuerpo no era mío, que estaba en manos de esa fiebre que no terminaba de irse.

De un manotazo sujeté el control en el mueble del centro y desanduve el camino hasta mi refugio, arrojándome de nuevo en el “pus” de la misma forma que quien cae agotado tras una carrera extenuante. El inflable crujió suavemente bajo mi peso, abrazándome con esa familiaridad que solo las cosas que nos pertenecen pueden dar. Dejé caer la cabeza hacia atrás y cerré los ojos con fuerza, incapaz de tolerar siquiera el escenario frente a mí.

—¿Por qué no me esperaste? —oí una tosca voz a mi espalda.

Dirigí la vista atrás y me topé con la mole de aquel hombre apoderándose del sofá. Quedé absorta, conmocionada antes por la mutación de su figura que por la certeza de su nombre. Sabía quién era; no obstante, la ausencia de sus antiguos tatuajes y piercing desmantelaba mi memoria; jamás imaginé tropezar con semejante escena. Ciertamente, siempre cargó con ese temperamento brusco, propio de quienes caminan con la altivez de exigirme cuentas al universo y articulan palabras a modo de impactos secos en el muro. Con todo, la escena presente resultaba distinta. Las facciones que una vez adoré hasta el delirio parecían reducidas a los rasgos mecánicos de un desconocido. Su rostro —ese mismo que en otra época veneré con el alma entera— lucía a la manera de una careta ajena. Inerte. Gelidez pura.

Sus ojos, aquellos que antaño amansaban la mirada al tropezar con la mía, no eran más que dos hendiduras sombrías y desiertas. Ningún destello habitaba en su interior; únicamente una calma siniestra que terminó por congelarme los pulsos. Y sus manos, las cuales supieron recorrer mi melena con una torpeza que en su momento me pareció entrañable, yacían adormecidas a lo largo de sus muslos, cual si aguardaran la señal para una tragedia inminente.

—¿Por qué no me esperaste? —su voz era un gruñido grave que resonó en el silencio de la sala. No era la misma voz que recordaba, la que a veces se rompía cuando se reía y que siempre terminaba por desarmar mis defensas. Esta era áspera, como si cada palabra hubiera sido tallada en piedra. —Te dije que me esperaras.

Se presionó el labio inferior con los dientes. En ese detalle volví a ver al muchacho que conocí, pues siempre hacía lo mismo al buscar frenar su ira, justo cuando la voz se le trababa en la garganta y no sabía hablar sin destruir lo que tenía enfrente. Pero, ese viejo gesto, lejos de darme calma, solo me llenó de un terror más profundo.

—Da… Dani…Daniel— tartamudeé—. Daniel, ¿qué… qué haces aquí?

Me fijó la mirada de nuevo mientras se ponía en pie. Fue un movimiento pausado, medido, cual si pretendiera que yo saboreara cada segundo de su ascenso, cada palmo que ganaba hacia mí. Comenzó a acortar la distancia y mi figura se petrificó. Quise reaccionar, quise gritar, correr, hacer algo; mas mi sistema nervioso prefirió traicionarme en el instante más oscuro. Mis piernas semejaban raíces clavadas al suelo y mi boca parecía cosida con un hilo invisible. Solo me quedaba observar su avance, ver cómo su sombra ganaba terreno a sus espaldas, devorando el resplandor que filtraba la ventana.

Un temblor me cruzó la piel, dejando una marca eléctrica a su paso. La vellosidad de mis brazos se erizó y los latidos me retumbaron tan fuerte en el pecho que temí que él pudiera escucharlos. Sus pasos resonaron firmes, ganando peso en mi conciencia, similar al compás de un reloj anunciando el final. Se plantó frente a mí, tan próximo que alcanzaba a percibir el calor de su cuerpo. Sus pupilas ni siquiera parpadeaban




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