Cuerpos Enlazados

Capítulo 3

—¿Por qué huyes? ¿Por qué me dejaste? —El reclamo de su voz me azotó desde atrás. Su avance se mantenía firme, sacudiendo la estructura a la manera de un rayo cayendo a cada paso.

—¿Por qué de todos tenía que ser él? —alcé mi voz desesperada hablando conmigo… con él—. No es que quisiera que entrara alguien a casa, pero estuve enamorada de él mucho tiempo. Lo amaba, todavía lo amo, pero estaba decidida a olvidarlo. Nunca supe lo que él sentía en realidad y claro, dijo que volvería a todos sus amigos, sin embargo, nunca dijo que lo haría por mí. Nunca dijo que regresaría por mí.

Entré en la habitación de mi madre, en diagonal a la cocina. No la vi. Retrocedí, sobrecogida por el pavor y lo descubrí aproximándose. Él sonreía con perversidad, cual si todo aquello se tratara de un juego; de la misma forma que si mi tormento resultara un entretenimiento. Me giré tratando de hallar una salida, mas únicamente atiné a escapar por la puerta trasera.

«No entiendo», reflexioné. «Ni siquiera sé por qué estoy huyendo».

Sin embargo, mi cuerpo en esta ocasión actuaba por instinto, esquivando la amenaza de un asesino en serie, tal vez; de ese modo asimilaba la figura de Daniel.

Irrumpí del recinto de la cocina hacia el garaje. Avancé hasta el portón y procuré alzarlo, empero el intento fue vano. Al inspeccionar el borde inferior, tropecé con la presencia del candado. Forcé el cerrojo repetidamente sin obtener respuesta, mientras el frío del acero me escocía en la piel. Fue cuando recordé el depósito del fondo, contiguo al mostrador de trabajo.

Me escurrí en su interior atrancando la puerta detras de mí. Alcancé el rincón más oscuro, cubriéndome con un tumulto de objetos para pasar desapercibida, y contuve el aliento. Los latidos me retumbaban con tal violencia en el pecho que temí que él pudiera oírlos. Pocos segundos después, crujió el marco de la entrada y sus pasos se aproximaron. Mantuve el aire atrapado en los pulmones; sin embargo, la montaña de cosas sobre mi cuerpo fue apartada sin pavor. El resplandor del teléfono me cegó. Estiró el brazo, aferrándome de la extremidad para arrastrarme hacia afuera de un tirón seco. Enmudecí, sintiendo el temblor en las rodillas.

«¿Seré yo la siguiente?», me aterró pensar, evocando los titulares de tantas mujeres masacradas por pasiones inconclusas, violadas o degolladas en la penumbra.

—¿Por qué no me esperaste? —Inquirió una vez más.

En esta ocasión, me detuve en su aspecto. Habían desaparecido aquellos dibujos de antes y los metales brillantes; lejos de mostrar irritación, denotaba una profunda tristeza. Sus manos buscaron mi cintura a la manera en que solían hacerlo en el pasado. Hice un intento por distanciarme, mas él terminó por envolverme en un abrazo. El contacto con su piel emitía una calidez envolvente.

—¿Qué pensabas? ¿Qué te iba a esperar toda la vida? —refuté. Las palabras salían como un río desbordado, un rio eufórico, rabioso—. Yo también... yo también merezco ser feliz. ¿Lo sabes? —No sé por qué decía eso. No lo sé, pero mi corazón ya no latía en normalidad, iba a escaparse de su lugar, dejándome allí con él. Rota.

—Tú eres mía —dijo con certeza, con arrogancia, una cualidad innata de él. Colocó su mentón en mi hombro izquierdo y entre susurros dijo—. Espérame, yo voy a regresar.

El abrazo cobró tal intensidad, rayando en lo doloroso, que me resultó imposible zafarme de su agarre.

—¿Volver? Sin embargo… —Incierta sobre mi propio discurso, dudé: «¿Acaso no está conmigo en este instante?».— ¿Hacia dónde vas a regresar?

Levantó su rostro, acercando sus labios a los míos. Mi corazón latió más rápido de lo que lo hacía, me moví para quitármelo de encima. Fue inútil. Me presionaba más fuerte. Le mordí el labio...

—¡Nooo! —Grité, levantándome de un salto. El sudor corría por mi frente, mi respiración era entrecortada. Estaba asustada. Avergonzada.

—July, ¿qué sucede? ——inquirió Alfredo, descansando los brazos sobre mis hombros. Su voz funcionó a modo de un ancla en mitad de la tormenta; una inflexión que me devolvía a la realidad de manera gradual.

Observé la estancia alrededor y la rutina lucía intacta. Los haces de luz entraban por el cristal sin alteración alguna, semejante a un día cualquiera donde mi juicio no se hubiese fracturado. La fragancia del café matutino impregnaba el aire con su presencia familiar, logrando por un segundo hacerme creer que el peligro había pasado. Mas el pecho me retumbaba con violencia, los dedos me vibraban y la piel aún ardía por el estigma de la visión reciente. Busqué el rostro de Alfredo, contemplando esos ojos llenos de ternura y preocupación que me ataban al presente con igual delicadeza a la de una manta tibia en plena helada.

—¿Fue un sueño? —pregunté, aun temblando.

—Tranquila, solo estabas dormida —murmuró, al tiempo que sus dedos rozaban mi frente con una sutileza capaz de quebrarme en llanto—. Sí… seguro se trató de una pesadilla.

Me guio con paciencia para recostarme y se acomodó a mi lado. Su cuerpo cálido se adosó al mío mientras su brazo me envolvía, tal cual lo haría alguien que no abriga prisa por marchar a ninguna parte.

—Tranquila, me hallo contigo. Siempre me tendrás aquí.

Sus palabras actuaron a la manera de un bálsamo; sin embargo, un temblor lejano aún sacudía mis cimientos. ¿De qué modo podía mostrar semejante certeza? ¿Cómo se atrevía a prometer algo ajeno a su dominio y al mío? Me aferré a su cuerpo cual si resultara la única tabla de salvación en mitad de un océano encrespado, sepultando el rostro en su pecho mientras sus dedos dibujaban círculos pausados sobre mi melena.




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