Cuerpos Prestados

Capítulo 1: El sabor amargo de la dulzura

Sofia

El olor a mantequilla derretida, canela y azúcar impalpable llenaba cada rincón de la cocina. Era un aroma tibio, espeso y envolvente; de esos que logran congelar el tiempo por un segundo y me hacían creer que el mundo exterior, con sus juicios y sus pasillos fríos, sencillamente no existía

​—A ver, mi vida, abre la boca —me dijo mamá con esa sonrisa suave que siempre llevaba puesta cuando estaba en su elemento, entre moldes de repostería y harina espolvoreada por los mesones

​En la punta del tenedor traía un pedazo generoso de pastel recién horneado. Todavía botaba un vapor sutil y estaba cubierto por una capa brillante de mermelada artesanal de fresa. Dudé durante una fracción de segundo antes de ceder, sintiendo cómo se me hacía agua la boca a pesar de la culpa que amenazaba con asomarse

​Abrí la boca y el sabor explotó en mi paladar: dulce, esponjoso, reconfortante. Por un instante efímero, la presión constante que sentía en el pecho desapareció por completo

​—¡Te quedó increíble, ma! —murmuré, limpiándome una pizca de crema del labio inferior con el dorso de la mano

​Mi mamá soltó una risita satisfecha, se acercó, me revolvió el cabello con cariño y me dio un beso cálido en la frente. Era su forma de amar. Ella era una experta en consentirme, en llenarme el plato cada vez que me veía triste, estresada o simplemente demasiado silenciosa. Para mi mamá, la comida era el único refugio seguro, la forma más sincera de protegerme contra cualquier dolor

​Bajé la mirada hacia mi plato. El pedazo de pastel ya iba por la mitad. Luego, mi vista descendió inevitablemente hacia mi abdomen, oculto bajo la tela holgada de una camiseta de pijama dos tallas más grande. El pensamiento me golpeó como un cubo de agua helada, trayéndome de vuelta a la realidad. Un nudo de culpa denso y amargo empezó a apretarme la garganta, opacando el dulzor de la fresa

​—Mamá... —murmuré en voz baja, pasando el dedo índice por la orilla del plato para recoger un resto de mermelada, sin atreverme a mirarla directamente—Si sigo comiendo así, voy a estar más gorda cada día

​El silencio que siguió fue inmediato. Mi mamá se detuvo de golpe en medio del mesón, dejó la cuchara de madera a un lado con un chasquido seco y me miró con esa mezcla tan suya de ternura infinita y reproche materno. Caminó hacia mí, se agachó un poco para quedar a mi altura y me tomó las manos entre las suyas, apretándolas con firmeza

​—Sofía, escúchame bien no quiero volver a escucharte decir algo así —dijo con un tono suave pero categórico—Tú eres una niña hermosa y perfecta tal y como eres. Tienes un corazón de oro, una mente brillante y no necesitas cambiar absolutamente nada, mi amor. La gente que de verdad valga la pena en esta vida, te va a querer exactamente así

​El nudo en mi garganta se apretó aún más, pero esta vez por la impotencia. Miré los ojos sinceros de mi mamá y no tuve el valor de destruir su ilusión. Le devolví una sonrisa pequeña, apretada y perfectamente fingida, solo para dejar tranquilo ese corazón maternal que intentaba blindarme del mundo. Le di un abrazo corto, me levanté de la mesa y empecé a recoger los trastes para llevarlos al lavaplatos.

​Abrí la llave. El agua fría corrió sobre mis manos mientras pasaba la esponja por el plato de cerámica. Fijé la mirada en el reflejo opaco que devolvía la ventana de la cocina, que daba hacia la calle a oscuras, y fue ahí donde la mentira piadosa de mi madre se desmoronó por completo.

​«Ja... Sí, claro, mamá», pensé, sintiendo una punzada de ironía cruda quemándome por dentro. «Como si en el colegio alguien fuera a buscar mi 'corazón de oro'. Como si mis compañeros se detuvieran a ver mi mente antes de fijarse en la forma de mis piernas o en lo ancha que me queda la sudadera»

​Mañana era lunes. Mañana se acababa la tregua del fin de semana, el calor protector de la cocina y el olor a pastel recién horneado. Mañana me tocaba cruzar la puerta de la escuela, ponerme la armadura invisible y soportar las risas disimuladas, los empujones "accidentales" y los apodos crueles que me habían colgado en los pasillos

​Cerré el grifo, me sequé las manos con el trapo y sentí un escalofrío recorriéndome la espalda. No había suficiente azúcar en el mundo para endulzar el infierno que me esperaba al día siguiente



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En el texto hay: #amigas, #romace, #peso

Editado: 28.09.2026

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