LAUREN
A las seis de la mañana en punto ya estoy parada enfrente de la casa de Sofía.
Mientras espero, ignoro las miradas de desaprobación que me echa la gente que pasa a esa hora hacia sus trabajos o a pasear al perro. Sé exactamente lo que están pensando; me miran de arriba abajo simplemente por no encajar en el estereotipo que ellos quisieran ver
Toco tres veces el timbre. La puerta se abre y me saluda la señora Martha, la mamá de Sofía. Ella siempre ha sido increíblemente amable conmigo, desde que nos conocemos hace ya demasiados años
—¡Hola, Lauren, mi vida! Sofía ya casi baja —me dice con esa calidez que siempre se siente como un refugio.
Aprovecho para esperar afuera unos segundos más. Una que otra señora mayor que vive cerca de la cuadra me mira con desdén por la falda del uniforme que llevo puesta. Me acomodo el cabello naranja en una coleta alta para intentar combatir el calor sofocante que apenas empieza a apretar, apretando los dientes de la rabia. Ni siquiera es mi culpa; yo no creé el uniforme de la escuela. La falda es obligatoria y no me queda de otra que dejar al descubierto mis piernas gordas, expuestas al juicio de cualquiera que se crea con el derecho de opinar
Por eso Sofía y yo preferimos irnos caminando hasta el colegio, sin importar la distancia ni el sol. Nos ahorramos el pasaje, sí, pero sobre todo lo hacemos por una razón de supervivencia: para evitarnos los comentarios de mal gusto y las risitas sofocadas que siempre nos esperan en el autobús
A medio camino, cuando el sol de la mañana ya empieza a picar en los hombros, Sofía rompe el silencio y me mira de lado
—Lauren... ¿no me ves nada diferente? —pregunta, acomodándose un par de mechones de cabello hacia adelante con nerviosismo
La detengo un segundo y la miro detenidamente. Repaso su rostro, la camiseta ancha, la maleta pesada... y le tengo que admitir la verdad
—No, Sofi, te veo igual de bonita que siempre. ¿Qué te hiciste?
Ella me mira con una mezcla de frustración y desesperación en los ojos.
—Me puse los mechones de cabello a los lados para que me tapen los cachetes —dice, ajustándolos una y otra vez como si fuera una armadura invisible
La miro desconcertada
—¿Y para qué quieres que te tapen los cachetes? —le pregunto, intentando entender la lógica dentro de su cabeza
—Pues para que la cara se me vea delgada, Lauren —responde de golpe, con una voz bajita pero llena de una urgencia
—Jajaja, menuda tontería —me río suavemente para tratar de aliviar la tensión—Estamos bien como estamos, Sofi. No debes ocultar tus mejillas si es lo más adorable de ti
—¡Pufff, entiende, Lauren! —exclama de golpe, rodando los ojos con frustración y soltando un suspiro pesado mientras acelera el paso— ¡A ti porque te da igual, pero yo no quiero ser la "chica tierna" ni la "adorable"! Quiero que la gente me mire normal. Quiero que si alguien me voltea a ver, no sea para burlarse de mi cara redonda
—No me da igual —le digo , cambiando el tono a uno más serio pero sin enojo— Pero unos mechones no van a cambiar cómo es esa gente allá adentro, Sofi
Sofía baja la cabeza, acomodándose de nuevo el cabello de forma compulsiva
—Ya lo sé —murmura, y su voz suena tan chiquita que me da un vuelco el corazón— Pero déjame intentar sentir que al menos controlo algo
El portón del colegio ya se ve al final de la cuadra, gris e imponente, con el enjambre de estudiantes entrando en uniformes perfectos. Nos miramos por un segundo, tomamos aire al mismo tiempo y nos preparamos para cruzar la entrada el suplicio de todos los días, al cruzar nos dirigimos inmediatamente al salón
Nuestro salón es el B4, ubicado justo al final del pasillo como si hubieran querido aislar la peste. Nos falta este año y el otro para por fin salir de este infierno e intentar entrar a la universidad. Apenas llevamos un mes de haber comenzado el año lectivo y ya siento que no puedo más; hemos estado atrapadas en este mismo nido de víboras desde que tengo memoria, siempre con las mismas caras crueles y los mismos chistes malos, y está el grupito de los insoportables que básicamente es la mayoría de nuestros compromisos, Sofía se acomoda en su asiento y yo estoy acomodando mis cosas en mi escritorio antes de poder sentarme
En ese momento, la puerta del salón se abre de nuevo y entra Leo. Trae la chaqueta del uniforme entreabierta, el cabello un poco revuelto por la caminata y esa expresión tranquila que siempre lleva. Le sonríe a todos los del salón incluidos el grupo de Valeria la más creída de todo el mundo
Siento cómo Sofía a mi lado se tensa por completo al ver a Leo su crush. Sin siquiera mirarla, sé que se le acaba de acelerar el corazón
Leo camina hacia su puesto y los murmullos no tardan en empezar, Mateo el mejor amigo de Leo y uno de los que siempre lidera las burlas, se recuesta en su silla y lanza una risotada ruidosa
—¡Cuidado, Leo! Apártate que ahí viene el terremoto —dice señalándome con el esfero—No vaya a ser que tropieces con Lauren y te aplaste
Varias chicas de la primera fila sueltan risitas disimuladas detrás de sus carpetas. Siento cómo la sangre me hierve en las mejillas, pero prefiero apretar los dientes y no darles el gusto de verme reaccionar
Entonces Mateo gira la cabeza hacia Sofía, que está intentando taparse la cara con el cuaderno abierto.
—Oye, Sofía, ¿y ese peinado qué? —se burla, señalando los mechones que ella se acomodó con tanto cuidado— ¿Ahora usas cortinas a los lados para disimular la papada? Ni tapándote toda la cabeza se te quita lo gorda, de verdad
—Déjala, Mateo —interviene Camila con ese tono falso y melodramático que tanto me enferma—¿No ves que está intentando innovar? Aunque la verdad no sé para qué se molesta en peinarse si el uniforme parece una carpa de circo sobre ella
Cuando Leo llega a su pupitre, le da un golpecito en el hombro a Mateo
Editado: 28.09.2026