Cuervos

01 · Apertura

Apertura

Victoria Moretti

Ha muerto.

Un líquido rojo, espeso, se extiende por el suelo, deslizándose demasiado rápido, como si tuviera prisa por cubrirlo todo. El olor metálico me golpea la garganta. Me cuesta respirar.

El aire es sofocante. La escena... perturbadora.

Mi vista se empaña. No logro enfocar. Todo se vuelve borroso.

Mis pies avanzan sin rumbo. No sé hacia dónde voy. No sé si estoy huyendo o acercándome. Mi mente está nublada. Ruidos. Voces. Colores. Nada es estable. Nada es nítido.

Camino más rápido... y choco contra algo duro.

Unas manos grandes y cálidas me sujetan por los brazos y me sacuden. No logro distinguir quién es. No veo a los chicos.

—¿Estás bien? —su voz varonil se abre paso entre el caos.

Intento responder. Mi garganta se cierra. El aire no entra.

Y entonces... oscuridad.

───── ⋆⋅🖤⋅⋆ ─────

La cabeza me palpita. Me siento como la mierda. Estoy sobre algo suave. Supongo que es mi cama, pero no sé cómo llegué a ella.

Estiro los brazos y las piernas, sin abrir los ojos. Todo en mí grita que despierte ya. Mamá va a matarme cuando vea la hora.

Inhalo. Exhalo.

Abro los ojos.

Y el mundo se me viene encima.

Porque lo que veo me horroriza. Definitivamente, este no es el techo de mi habitación y estas sábanas no son las mías.

El aire se me queda atrapado en la garganta, pero no me da tiempo de procesarlo porque algo se mueve a mi lado.

No. No, por favor.

Con el corazón golpeándome las costillas, giro la cabeza despacio. Muy despacio.

Y lo veo.

Un cuerpo a mi lado. Masculino, de espalda ancha, marcada y un cabello rubio desordenado. Está de espaldas, respirando tranquilo, como si nada.

Como si esto fuera normal.

Me acerco un poco más, conteniendo el aliento. Necesito ver su cara. Necesito estar equivocada.

Pero no lo estoy.

No. No. No.

El pánico me recorre entera. Bajo la mirada de golpe hacia mi cuerpo, escondido bajo las sábanas. Solo llevo una camiseta negra... que no es mía.

No tengo ropa interior. No tengo nada mas debajo.

El estómago se me revuelve.

Y entonces lo veo.

Una pequeña mancha roja en la sábana.

Se me corta la respiración.

Acabo de cometer el peor error de mi vida.

¿Cómo demonios llegué a esto?

De todos los hombres en el mundo... tenía que ser él.

Trago saliva, sintiendo cómo algo dentro de mí se rompe, lento, silencioso.

Me acosté con el hombre que más odio en el mundo. Y lo peor es que... era mi primera vez.

¡Ash!

Ahora mismo tengo ganas de gritar hasta desgarrarme la garganta y llorar a mares por ser una completa estúpida.

Pero, en vez de eso, decido enfocarme en salir de aquí sin que nadie se dé cuenta.

Me quito las sábanas despacio, conteniendo la respiración, cuidando de no despertar al dueño de la habitación.

Camino de puntillas. Encuentro mi vestido negro tirado en el suelo, cerca de la cómoda, junto a mis tacones del mismo color; así que camino sin hacer ruido, con el frío colándose en mis pies descalzos.

Los recojo con cuidado y me dirijo, lo más sigilosa posible, a la puerta. La abro lentamente. No produce ningún ruido. Salgo por fin y avanzo a pasos suaves por el largo pasillo.

Aunque me joda admitirlo, me conozco cada rincón de esta casa. Sé que la zona más complicada de pasar sin ser detectada son las escaleras.

Y llego a ellas rápidamente.

Echo un vistazo para analizar el panorama, pero, raramente, no hay nadie abajo. Quizá estén dormidos todavía. Solo deben estar rondando los sirvientes, y ellos no me van a delatar.

Bajo rápido por los escalones e intento hacer lo mismo con el salón. Solo falta un poco para salir completamente al jardín.

Mierda. Y, en todo esto, se me olvidó el móvil. No lo vi por ningún lado.

Estoy por cruzar la puerta por fin y...
Algo —o, más bien, alguien— me bloquea el paso y choco contra él.

Retrocedo de golpe y alzó la vista.

Mis mejillas se calientan al darme cuenta de quién es.

—¿Señorita Moretti...? —suelta, extrañado, uno de los trabajadores de mayor confianza de los dueños de la casa.

Agarro fuerte mis tacones y el vestido.

—Hola, Iván.

Se recompone en su habitual postura recta y respetuosa, pero suaviza la expresión.

—Hace mucho que no la veo por este territorio.

—Sí... —se me escapa, tenso.

Su mirada baja un segundo a mi aspecto. Descalza. Con ropa que no es mía. Despeinada.

Lo nota todo.

—Me parece que estaba huyendo —dice con calma —. No se preocupe, no voy a preguntar. Pero le recomiendo, señorita, que si va a huir, lo haga ahora. Los señores no tardarán en despertar.

Trago saliva.

—Aunque usted sabe que la adoran. Pero su lenguaje corporal me dice que quiere salir corriendo, así que adelante. Borraré las grabaciones de las cámaras y no habrá rastro de usted aquí.

—Gracias, Iván —le doy un golpe suave en el hombro, con cariño.

—¿Algún día volverá...?

La pregunta cae pesada. Agacho la cabeza. Se a lo que se refiere.

—No. O eso espero.

Se queda en silencio, pero se hace a un lado para dejarme pasar.

Salgo por fin, y un cielo completamente nublado me recibe. Parece que va a caer la tormenta del año. E incluso el ambiente se siente mas frío que allá adentro.

Camino por la hierba descalza y esta me humedece los pies. Seguramente ya fue regada.

No pierdo más tiempo y me escabullo hasta llegar a la parte trasera de mi casa e, imitando a las películas de espías, llego a mi habitación.

Cierro la puerta con un clic suave. Me recuesto en ella y suelto un largo suspiro.

Tiro los tacones y el vestido a una esquina. Los voy a botar a la basura. No los quiero volver a ver. Nunca. Cierro la ventana y me quito la camiseta, tirándola al mismo rincón.




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