¡ Cuidado! El Bebé Quiere Casarnos

Capítulo 1: Dos rayitas rosas

Persefoni Sprouse llevaba exactamente once minutos mirando el baño de la cafetería universitaria como quien mira un tribunal que está a punto de dictar sentencia. No era un baño especialmente interesante. Tenía los azulejos de un verde hospital que alguien, en algún momento de los años noventa, había considerado una buena idea, un espejo con una grieta en la esquina izquierda y un dispensador de jabón que llevaba tres semanas escupiendo una espuma ligeramente rosada y sospechosa. Pero ella lo miraba con una intensidad casi reverencial, porque en su mano derecha, apretada con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, sostenía un pequeño objeto de plástico que acababa de convertirse en el enemigo número uno de su existencia.

Dos rayitas rosas.

Dos. No una. No una rayita y media, de esas que uno puede interpretar con optimismo si entrecierra los ojos y reza lo suficiente. Dos rayitas perfectas, paralelas, descaradas, de un rosa tan vivo que parecía burlarse de ella desde la ventanita blanca.

—No —dijo en voz alta, a nadie en particular, a las paredes verdes y al dispensador sospechoso—. No, no, no. Esto es un error. Esto es un defecto de fábrica.

Giró la prueba. Leyó el reverso de la caja, que ya tenía abierta sobre el lavamanos, como si las instrucciones pudieran haber cambiado en los últimos cuatro minutos. Una línea, no embarazada. Dos líneas, embarazada. Había un dibujito. Un dibujito, por el amor de Dios, de una mujer sonriente con el pelo perfecto sosteniendo la prueba como si fuera un premio de la lotería. Persefoni quiso arrancarle la sonrisa a ese dibujo con las uñas.

Tenía veintidós años. Tenía una beca que pendía de un hilo y que dependía de mantener un promedio que, en el último semestre, había mantenido a base de café, rabia y noches sin dormir. Tenía una compañera de piso que le debía dos meses de renta y que juraba que se los pagaría "apenas le saliera lo de la pasantía". Tenía un plan, un plan hermoso, detallado, con fechas y colores en una libreta que guardaba en su mochila: graduarse en junio, conseguir un puesto en una firma de diseño editorial, ahorrar durante dos años, mudarse sola a un departamento con una ventana grande donde pudiera poner plantas que no se murieran. Ese era el plan. En ninguna parte de esa libreta, ni en la página de las metas ni en la de los imprevistos, había una línea que dijera "criar a un ser humano".

Se dejó caer contra la pared fría del baño y se deslizó hasta quedar sentada en el piso, con las rodillas dobladas y la prueba todavía en la mano. Respiró hondo. Contó hasta diez. Luego contó hasta veinte, porque diez no le alcanzó.

Y entonces, porque su cerebro era un traidor que le gustaba torturarla en los peores momentos, la imagen apareció sin permiso.

Una noche. Una sola noche, hacía poco más de seis semanas.

La fiesta de fin de semestre en ese bar de la calle Montclair al que nunca iba porque las bebidas costaban el triple de lo que podía permitirse. Su amiga Daliah había insistido, le había puesto un vestido negro prestado y le había dicho que se merecía una noche de olvidarse de los exámenes. Y ella, tonta, ingenua, agotada, había dicho que sí. Había bebido lo primero que le pusieron enfrente, y luego lo segundo, y luego algo azul que tenía una sombrillita de papel y que sabía a caramelo y a mala decisión.

Y luego estaba él.

Lo recordaba por pedazos, como una película proyectada con el rollo roto. Una camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los codos. Un reloj que probablemente costaba más que el edificio entero donde vivía ella. Unos ojos de un gris tormenta que la habían mirado desde el otro lado de la barra con una expresión que mezclaba el aburrimiento y la curiosidad, como si ella fuera un acertijo que no se había molestado en resolver pero que tampoco quería dejar pasar. Y esa sonrisa. Esa sonrisa torcida, ladeada, insoportablemente segura de sí misma, la sonrisa de alguien que jamás en su vida había oído la palabra "no" y le había tomado cariño a ese hecho.

—¿Siempre miras así a la gente? —le había dicho ella, con la lengua ya algo suelta y el orgullo en llamas—. ¿O solo cuando quieres que te pidan una foto?

Él había levantado una ceja.

—Solo cuando alguien me está mirando primero.

—Yo no te estaba mirando.

—Llevas diez minutos mirándome.

—Estaba mirando el reloj que llevas. Es horrible.

Y eso había sido todo. Esa había sido la chispa. Un intercambio de insultos que, a medida que avanzaba la noche y se vaciaban las copas, se había ido transformando en algo que ninguno de los dos supo nombrar. Había discutido con él sobre todo: sobre política, sobre cine, sobre si la piña iba o no en la pizza, sobre si era moralmente aceptable llevar un reloj de ese precio en un mundo con tanta desigualdad. Él le había respondido con una frialdad elegante que la sacaba de quicio. Ella le había respondido con una lengua afilada que, según él mismo admitió más tarde, nadie se había atrevido a usar con él en años.

Lo que pasó después, Persefoni prefería archivarlo en una carpeta mental con candado y etiqueta de "no abrir jamás". Pero el cuerpo tiene memoria, y su cuerpo, en ese momento, en el piso de un baño verde de cafetería, le recordó con una oleada de calor en las mejillas que aquella noche no había sido un completo desastre.

Y ese era, precisamente, el problema.

Porque a la mañana siguiente se había despertado en una habitación de hotel que parecía sacada de una revista, con las sábanas más suaves que había tocado jamás y un dolor de cabeza del tamaño de un continente. Y él ya no estaba. Solo había una nota sobre la almohada, escrita con una letra firme, angulosa, arrogante incluso en tinta: "Pide lo que quieras del servicio a la habitación. Ha sido interesante. J."

Interesante.

Interesante.

Persefoni había arrugado la nota hasta convertirla en una bolita diminuta, había pedido, por pura rabia, el desayuno más caro del menú y se lo había comido entero, sentada en la cama, jurándose a sí misma que jamás volvería a pensar en ese hombre. No sabía su apellido. No sabía a qué se dedicaba. Solo sabía que era alto, que tenía ojos de tormenta, que usaba un perfume que olía a cedro y a dinero y que la había llamado "peligrosa" en algún momento de la madrugada, aunque ella no recordaba exactamente en qué contexto.




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