¡ Cuidado! El Bebé Quiere Casarnos

Capítulo 2: La logística del desastre

A las dos de la madrugada, Persefoni Sprouse descubrió que en el mundo existe una cantidad insultante de pruebas de embarazo.

Había entrado a la farmacia veinticuatro horas de la avenida Pelham con la discreción de una espía que se infiltra en territorio enemigo: capucha puesta, cabeza gacha, andar de quien no tiene nada que esconder pero lo esconde de todos modos. Lo que no había previsto era el pasillo. Un pasillo entero, de casi cuatro metros de largo, dedicado a la fertilidad, a la ovulación y a la confirmación de lo inevitable. Había pruebas digitales que prometían escribir la palabra "embarazada" en una pantallita, como si el universo necesitara un rótulo luminoso para dejar claro el mensaje. Había pruebas de detección temprana, pruebas de doble verificación, pruebas ecológicas, pruebas con una flechita azul y pruebas con una flechita rosa. Había incluso un paquete familiar de seis unidades con un descuento del quince por ciento, y Persefoni lo miró durante un rato con la inquietante sensación de que alguien, en algún despacho de marketing, había decidido que la gente en su situación necesitaba comprar al por mayor.

Al final se llevó tres de marcas distintas. Con las tres, razonó, la estadística estaba de su lado. Una prueba podía equivocarse. Dos pruebas podían ser una coincidencia. Pero tres pruebas contradiciendo a las dos primeras serían un consenso científico en su contra, y ella era una mujer de ciencias aplicadas, o al menos de diseño gráfico, que en el fondo venía a ser lo mismo si uno lo decía con suficiente seguridad.

El cajero, un muchacho de unos diecinueve años con una etiqueta que decía "Teodoro, a su servicio", escaneó las cajas una por una sin levantar la vista. Persefoni le agradeció en su mente esa profesionalidad. Después, justo cuando ella ya sacaba la tarjeta, Teodoro levantó la cabeza, la miró con unos ojos llenos de una compasión terrible y dijo:

—Mucha suerte, ¿eh?

—Gracias —respondió ella, con toda la dignidad que le quedaba—. Pero no sé de qué suerte me hablas.

—Claro, claro —dijo Teodoro, asintiendo con una lentitud que parecía de funeral—. Que descanse.

—Ni siquiera estoy... —empezó ella, y luego se dio cuenta de que no tenía ningún sentido terminar la frase, así que cogió la bolsa de papel y salió del local con la espalda muy recta, como una reina que abandona el campo de batalla tras perder una guerra que ni siquiera había sabido que estaba librando.

El apartamento que compartía con Marnie quedaba en un tercer piso sin ascensor, en un edificio cuyas escaleras crujían con una variedad de sonidos tan amplia que Persefoni había llegado a clasificarlos según el estado de ánimo: el crujido del escalón siete significaba "buen día", el del doce, "te va a caer una cuenta", y el del último rellano, un quejido largo y profundo, que siempre sonaba como si el edificio entero suspirara de cansancio. Esa noche el escalón doce crujió con una fuerza particular, y Persefoni lo tomó como un presagio. Tenía razón, aunque todavía no lo sabía.

Entró sin encender la luz, caminó de puntitas por el pasillo, esquivó la bicicleta estática de Marnie, que nadie había usado jamás para hacer ejercicio y que servía principalmente de perchero, y se encerró en el baño. Era un baño pequeño, con una ducha que daba más o menos agua según los caprichos de la presión y un espejo ovalado que su casero describía como "vintage" y que en realidad estaba simplemente viejo. Ahí, bajo la luz amarillenta de una bombilla de cuarenta vatios, abrió las tres cajas y alineó los tres aparatos sobre el borde del lavamanos como tres soldados dispuestos a fusilarla.

Siguió las instrucciones al pie de la letra. Primero la de la flechita azul. Luego la ecológica. Luego la digital, que según el envase tardaba tres minutos y que prometía no dejar lugar a dudas. Las dejó en fila, se sentó en el borde de la bañera con los brazos cruzados y se quedó mirándolas, con la intensidad de alguien que intenta intimidar a un grupo de objetos inanimados.

—Si me hacen esto, no se lo perdono a ninguna —les dijo en voz baja—. Se lo digo en serio. Las voy a tirar a la basura y voy a escribir una reseña de una estrella.

Las pruebas no respondieron. Pasó un minuto. Pasaron dos. La bombilla de cuarenta vatios zumbó una vez, como burlándose. En algún lugar del edificio, un vecino arrastró un mueble, o un cadáver, o ambos.

A los tres minutos exactos, la pantallita digital parpadeó y escribió, con una elegancia casi insultante, una palabra en letras negras sobre fondo gris.

Embarazada.

Y debajo, como si la humillación no estuviera completa, apareció un pequeño texto: "3+ semanas".

Persefoni lo miró con los ojos muy abiertos.

—Cuatro semanas, tres semanas, ¿ni siquiera se ponen de acuerdo? —susurró—. Qué calidad la de esta industria.

Y de repente, sin que nada lo anunciara, empezó a reírse. Fue una risa que nació en el estómago y le fue subiendo por el pecho en oleadas cada vez más grandes, hasta que tuvo que taparse la boca con la manga para no despertar a todo el vecindario. Se rio hasta que le dolieron las costillas. Se rio hasta que le lloraron los ojos. Y después, de un modo que ni ella supo explicar, la risa se transformó en algo más espeso, más caliente, que le sacudió los hombros durante un buen rato y la dejó, al final, con la cara empapada y la nariz hecha un desastre y una sensación extrañamente limpia, como cuando se lleva demasiado tiempo conteniendo la lluvia.

Tardó un buen rato en calmarse. Cuando por fin lo hizo, se lavó la cara con agua fría, se miró en el espejo vintage, que le devolvió una imagen ligeramente deformada pero esencialmente fiel, y se dijo a sí misma con toda la seriedad de la que fue capaz:

—Bien. Se acabó el drama. Ahora, logística.

Porque Persefoni Sprouse tenía una teoría, y la teoría era que no existía un desastre en el mundo que no pudiera reducirse a una lista. Las listas eran su religión. Sacó su libreta de la mochila, esa libreta hermosa de tapas color mostaza donde llevaba años anotando sus metas con rotuladores de colores, pasó con cierta tristeza por la página de "Graduación en junio, tesis, portafolio" y llegó a una hoja en blanco. Escribió arriba, con letra mayúscula y subrayado doble: "PLAN DE CONTINGENCIA".




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