Hay momentos en la vida de una persona en los que lo más sensato es seguir con los ojos cerrados. Persefoni Sprouse había llegado a esa conclusión en cuestión de dos segundos, y la había defendido con firmeza durante otros tres. Si no veía a Jasper Lugo, razonaba, Jasper Lugo no existía. Si Jasper Lugo no existía, tampoco existía el ascensor del que acababa de salir, ni los zapatos de cuero italiano, ni el silencio de cuarenta empleados que contenían la respiración a su alrededor, ni la planta. Sobre todo, la planta.
—Señorita —dijo una voz grave, tranquila, con un deje de ironía muy bien administrada—. Puede abrir los ojos. Es difícil mantener una conversación con alguien que finge estar muerta.
Persefoni abrió un ojo. Solo uno, con la cautela de quien se asoma a un pozo.
Era él. Por supuesto que era él. No había ninguna posibilidad estadística, geográfica ni divina de que fuera otra persona. Tenía el mismo cabello castaño oscuro, peinado hacia atrás con esa pulcritud que parecía un acto de desafío contra el desorden del mundo. Los mismos ojos grises, ahora más claros bajo la luz de la lámpara de cristal, tan serenos que daban ganas de lanzarle algo. La misma mandíbula de anuncio de perfume. Y llevaba un traje azul marino, sin corbata y con el primer botón de la camisa desabrochado, que le sentaba con una insolencia casi personal, como si la tela hubiera pedido permiso para ser cortada exactamente a su medida.
Jasper Lugo la miraba desde su altura de metro ochenta y tantos con las manos en los bolsillos y una expresión indescifrable. No sonreía. Tampoco fruncía el ceño. Había en su rostro un gesto neutro, de ingeniero que examina una grieta en un puente y todavía no ha decidido si es grave.
—Tú —dijo Persefoni.
—Yo —confirmó él.
—Eres tú.
—Hasta donde sé, sí.
—Lo sabía. Sabía que si vomitaba en tu edificio, en algún momento de la historia aparecerías tú. Es la clase de cosas que solo me pasan a mí.
Una de las cejas de Jasper subió apenas un milímetro.
—¿Has vomitado en mi edificio a propósito?
—No a propósito. Por orden médica. Bueno, no médica. Biológica.
—Qué precisión.
—Es que soy una persona exacta.
Se oyó un carraspeo seco. Era Bernardette Voss, que había salido de detrás del mostrador con paso de autoridad portuaria y que se detuvo a tres metros de ellos, muy recta, con el auricular en la mano y las mejillas de un color que no estaba en su paleta habitual.
—Señor Lugo —dijo—. Le pido mil disculpas por el incidente. La señorita llegó sin cita y se negó a marcharse. Le ofrecimos agua. No me dio tiempo a intervenir.
—No hace falta, Bernardette.
—La planta, señor.
—Lo sé.
—Es el ficus lirata de la delegación de Kioto.
—Lo sé.
—Lo trajeron en avión. Con certificado.
—Bernardette —repitió Jasper, sin levantar la voz, con una suavidad que era peor que un grito—. Lo sé.
La recepcionista cerró la boca. Persefoni, que seguía apoyada en la maceta con la mano pegajosa de cerámica y vergüenza, sintió que el estómago le daba otro vuelco, esta vez por un motivo diferente.
—¿Un certificado? —murmuró—. ¿La planta tiene certificado?
—Tiene pedigrí —dijo Jasper—. Lleva en esta familia nueve años. Mi padre la recibió como regalo diplomático y decía que era la única criatura del edificio que nunca le había discutido una decisión.
—Entonces ya sabe lo que es discutir. —Persefoni se incorporó con toda la dignidad que le permitieron las rodillas—. Porque me ha escuchado vomitar sobre ella durante diez segundos y no ha dicho ni una palabra. Los más nobles saben morir en silencio.
—¿Es un cumplido o una disculpa?
—Es un duelo.
Algo ocurrió entonces en el rostro de Jasper. Fue minúsculo, casi un espasmo, un temblor en la comisura izquierda de los labios que se apagó casi en el acto, como una llama que alguien soplara a tiempo. Persefoni lo vio y lo odió con todas sus fuerzas. Aquella boca había tenido la desfachatez de pensar en sonreír delante de la tragedia.
—Te pagaré la planta —dijo ella, con la voz más firme que pudo reunir—. Dime cuánto cuesta y te lo pago. A plazos, si hace falta. Tengo un trabajo de media jornada en una imprenta y, bueno, un par de ahorros. Sé que no es mucho, pero es honrado.
—No tiene precio.
—Todo tiene precio.
—Esta planta, no. Está tasada en ocho mil dólares.
Persefoni palideció. No de la manera elegante de las heroínas de las películas, sino de una forma más bien verdosa, de pistacho viejo.
—Ocho mil.
—Es una estimación conservadora.
—Por una planta.
—Por un ficus con certificado.
—Dios mío —dijo Persefoni—. Me estoy convirtiendo en una deudora de plantas.
Alguien, a su derecha, soltó una tos que sonó sospechosamente a risa. Jasper giró la cabeza apenas un grado, sin mover un solo músculo más, y el vestíbulo entero reaccionó como un cardumen: los ejecutivos recordaron de repente que tenían reuniones que atender, las secretarias descubrieron en sus pantallas asuntos urgentísimos, y un mensajero con un paquete rectangular dio media vuelta con tanta prisa que estuvo a punto de chocar con la fuente.
En diez segundos, el vestíbulo estaba casi vacío. Solo quedaron ellos dos, la planta herida y Bernardette Voss, inmóvil como una gárgola.
—Gracias, Bernardette —dijo Jasper.
—Señor.
—Que Orson venga a ocuparse del ficus. Que lo revisen los jardineros, que le pongan lo que haga falta y que me pasen el informe por la tarde.
—¿Y la señorita?
—La señorita sube conmigo.
Persefoni parpadeó.
—¿Perdón?
—Tienes algo importante que decirme. Lo ha dicho Bernardette hace diez minutos por el interfono, cuando intentó consultar si debía llamar a seguridad. Es "un asunto personal y urgente", dijo. —Su mirada gris se paseó, lenta, por su rostro, deteniéndose un segundo más de lo necesario en los ojos todavía llorosos y en el cabello rebelde—. Y yo soy una persona curiosa.
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Editado: 29.10.2026