¡ Cuidado! El Bebé Quiere Casarnos

Capítulo 4: Eugenia Lugo no hace preguntas

Hay entradas triunfales, entradas discretas y entradas de Eugenia Lugo, que constituían una categoría aparte y que los empleados del edificio llevaban años estudiando con la devoción con que los marineros estudian el cielo antes de una tormenta. No se anunciaba con gritos ni con portazos. Se anunciaba con el sonido de sus tacones sobre la tarima del pasillo, un golpeteo seco, rítmico, imperturbable, que se acercaba con la regularidad de un metrónomo y que provocaba, a su paso, una serie de pequeños fenómenos observables: las teclas dejaban de sonar, las conversaciones se apagaban a media frase, y alguien, en algún despacho, derramaba siempre un café.

Persefoni lo oyó desde el sofá. Tac, tac, tac. Pasos de alguien que nunca ha llegado tarde a ninguna parte porque ninguna parte se ha atrevido a empezar sin ella.

—Levántate —susurró Jasper.

—No.

—Levántate, por favor.

—Me has dicho que me siente hace diez minutos y ahora me dices que me levante. Tengo el sistema nervioso hecho un lío.

—Persefoni.

—Y tengo las piernas dormidas. Es un sofá muy cómodo, pero te absorbe la voluntad.

Jasper cruzó la habitación en tres zancadas, recogió el talonario de la alfombra persa, lo guardó en el cajón con la velocidad de quien oculta un cadáver, se atusó el pelo con la mano y, al comprobar que no servía de nada, se atusó el pelo otra vez. Persefoni lo observó con una fascinación creciente. Era la primera vez que veía al hombre implacable de las revistas comportarse como un adolescente al que sorprenden con una revista prohibida bajo el colchón.

—¿Le tienes miedo a tu madre? —preguntó.

—No le tengo miedo.

—Se te ha subido el color a las orejas.

—Le tengo respeto.

—Eso es miedo con corbata.

—Ni siquiera llevo corbata.

—Pues entonces es miedo en camisa.

Los tacones se detuvieron justo delante de la puerta. Hubo un silencio brevísimo, y a Persefoni le pareció que hasta el reloj de pared contenía el aliento. Después la puerta doble se abrió sin que nadie hubiera llamado, y entró Eugenia Lugo.

Era una mujer pequeña. Eso fue lo primero que sorprendió a Persefoni, porque en su imaginación, alimentada por los artículos de Daliah, había construido una figura de dos metros, con capa y cetro. La realidad era una señora de apenas un metro sesenta, de sesenta años perfectamente llevados, con un traje de chaqueta color marfil, un collar de perlas de tamaño discreto y un cabello castaño con mechas plateadas, recogido en un peinado que parecía esculpido en mármol. Llevaba un bolso diminuto colgado del antebrazo y unas gafas de montura fina apoyadas en la punta de la nariz. Todo en ella era pequeño, limpio y ordenado. Y sin embargo, ocupaba la habitación de una manera que ningún objeto grande lograba, como ocupa el aire el olor a tormenta.

—Jasper —dijo, y su voz era suave, clara, de las que no necesitan subir de volumen.

—Madre. Qué sorpresa.

—No lo es. Te llamé dos veces.

—He estado ocupado.

—Ya lo veo. —Los ojos de Eugenia, de un castaño tan oscuro que casi parecían negros, recorrieron la estancia con una eficacia de escáner: el escritorio, el cajón mal cerrado, la alfombra ligeramente torcida, el sillón desplazado, el sofá. Y en el sofá, por fin, a Persefoni—. Y estás acompañado.

Persefoni se puso de pie de un salto, con tal precipitación que la libreta se le cayó al suelo y las tres cosas que llevaba dentro, un bolígrafo, un envoltorio de chicle y el folleto del centro de salud, salieron despedidas en distintas direcciones. El folleto, con su mujer sonriente de peinado impecable en la portada, planeó con una elegancia casi coreografiada y aterrizó a medio metro de los zapatos de Eugenia.

Persefoni lo vio. Jasper lo vio. El tiempo, en general, se detuvo.

Con una calma admirable, Eugenia Lugo se agachó un poco, sin doblar la espalda, recogió el folleto con dos dedos enguantados en piel color crema, y lo examinó durante un instante interminable. Persefoni calculó mentalmente las distancias hasta la ventana. Eran cuarenta y dos pisos. Había mejores formas de morir.

—Los primeros meses —leyó Eugenia en voz alta, con una dicción perfecta—. Lo que debes saber.

—Es mío —dijo Persefoni.

—Eso supongo, querida. No parece del estilo de mi hijo.

—Es para un trabajo de clase.

—¿Un trabajo?

—De Sociología. Sobre la maternidad en el entorno universitario.

—Qué tema tan oportuno —murmuró Eugenia, y le devolvió el folleto con una amabilidad tan helada que Persefoni sintió que le quemaba los dedos—. Y qué manera tan peculiar de estudiarlo. Con tanto compromiso.

—Soy una persona que se implica.

—Ya lo veo.

—Madre —intervino Jasper, adelantándose un paso, con una sonrisa que le quedaba como un traje prestado—. Te presento a... a una compañera. Es decir, a una conocida. Es una visitante. Ha venido por un asunto relacionado con la fundación.

—¿La fundación?

—La beca. Es becaria. Tiene algunas dudas sobre el programa.

Persefoni lo miró con los ojos como platos. Por un instante pensó que había oído mal. Después comprendió que Jasper Lugo, el hombre implacable, el estratega, el heredero que redefinía imperios, acababa de improvisar una mentira con las facultades mentales de un niño que se ha comido una galleta antes de la cena y jura que no ha sido él.

—Sí —dijo, sin poder evitarlo—. Tengo dudas sobre el programa. Muchísimas. Y con mucha urgencia.

—Qué casualidad —dijo Eugenia—. La directora del programa de becas es mi mejor amiga desde hace treinta años. Una mujer encantadora. Se llama Mildred. Seguro que habría podido resolver tus dudas esta misma tarde, sin necesidad de molestar a mi hijo, que como sabes es un hombre muy ocupado.

—Quería una perspectiva de alto nivel —dijo Persefoni.

—¿De alto nivel?

—Del más alto. Para mi trabajo de Sociología.

Hubo un silencio. Eugenia Lugo inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado, como un pájaro que contempla una miga de pan que tal vez sea una trampa. Persefoni sostuvo la mirada con una determinación que le salía de los huesos. Había en aquellos ojos oscuros algo que no era hostilidad, y eso era más peligroso: era atención. Una atención total, calmada, minuciosa, la de quien ha pasado la vida leyendo a las personas como otros leen el periódico.




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