¡ Cuidado! El Bebé Quiere Casarnos

Capítulo 5: Té a las cinco, sentencia a las cinco y diez

Persefoni Sprouse pasó las siguientes veintisiete horas en un estado que los manuales de psicología probablemente describirían como "disociación funcional" y que su mejor amiga describía, con menos tecnicismo y más cariño, como "andar por la vida como un hámster al que le han cambiado la rueda por una escalera mecánica".

Había intentado estudiar. Había abierto el portátil, había cargado el archivo de su proyecto final, una maqueta de portada para una novela de misterio ambientada en un faro, y se había quedado mirando durante cuarenta minutos el espacio en blanco donde debía ir el título. El título provisional era "La luz que no avisa". Le pareció, de pronto, una premonición de muy mal gusto. Lo borró. Escribió "El faro". Lo borró. Escribió "Sonajero", sin saber por qué, y cerró el portátil con un golpe seco que hizo temblar el vaso de agua.

—Hoy no es un buen día para la creatividad —le dijo a la pared.

La pared, que llevaba años escuchando sus monólogos, no discutió.

El teléfono no había sonado. Ese era el problema, o parte del problema, o el núcleo de todos los problemas, según la hora y el estado del estómago. Le había dado su número a Jasper Lugo en un papelito arrancado de una libreta, con letra grande, como quien entrega una llave a un desconocido, y desde entonces cada vibración, cada tintineo, cada notificación de la aplicación del banco que le informaba amablemente de que su saldo seguía siendo un chiste, le provocaba un salto del corazón que luego se desinflaba con una decepción que ella se negaba a nombrar.

—No estoy esperando su llamada —le dijo a Daliah por la noche, mientras ambas compartían un paquete de galletas saladas en el sofá bajo la mirada atenta del documental de cocodrilos, que Marnie había dejado en bucle.

—Claro que no.

—Es solo que tiene mi número y no lo usa. Es una cuestión de principios.

—Por supuesto.

—Si no llama, mejor. Así no tendré que hablar con él. Y me ahorro la discusión.

—Mmm.

—Y además, tengo el té con su madre. Eso es otra cosa. Eso es un asunto de Estado.

—Persi.

—¿Qué?

—Has mirado el teléfono cuatro veces mientras decías eso.

—Estaba comprobando la hora.

—Ya, claro. Con ese reloj tan preciso que llevas en el móvil, que además tiene una cosa que se llama pantalla de bloqueo con la hora en letras gigantes.

Persefoni se metió una galleta entera en la boca para no tener que contestar. Mascó con rabia. Afuera llovía con la mansedumbre de las noches de octubre, y el edificio, con sus escalones parlantes y sus tuberías filosóficas, emitía los suspiros de costumbre. Marnie salió de su cuarto envuelta en una bata de felpa con orejas de conejo, anunció que iba a prepararse una infusión de tila "para los nervios de la casa" y regresó diez minutos después con tres tazas, un plato de bizcocho que ni siquiera Persefoni logró identificar, y una expresión de solemnidad cósmica.

—He soñado contigo —declaró.

—Qué bien.

—Tenías una tripa enorme. Y un cangrejo en la cabeza.

—¿Un cangrejo?

—Era un cangrejo muy simpático. Y me dijo que el bebé iba a ser abogado.

—Marnie, es una lenteja.

—Las lentejas también pueden ser abogadas.

—Pues entonces será una lenteja con título.

—Es lo que yo digo.

Persefoni se tomó la tila, que sabía a césped mojado, y se fue a la cama con la libreta mostaza en la mano. La abrió por la página del "PLAN DE CONTINGENCIA". Debajo de la frase "3. Decírselo", añadió con letra pequeña: "(3.b. No decírselo en un edificio con madre incluida)". Luego, tras una pausa, escribió otra línea: "(3.c. No volver a comer bizcochitos de limón en presencia de sospechosos)". Y por último, con un trazo más tímido: "6. Averiguar por qué me guiñó un ojo".

Se durmió con el bolígrafo en la mano. Soñó con un jardín enorme, lleno de columpios, donde un ficus gigante con corbata la señalaba con una de sus hojas y le decía con voz de contralto: "Ocho mil".

El día siguiente amaneció gris, húmedo y con un olor a tierra mojada que a Persefoni, por algún motivo del que no quiso averiguar nada, le pareció delicioso. Se pasó la mañana en la imprenta donde trabajaba tres horas diarias, maquetando tarjetas de visita para una funeraria y una inmobiliaria que, curiosamente, compartían el mismo diseño de logotipo y la misma tipografía, lo cual, pensó, decía mucho de la condición humana. Después volvió a casa, se duchó, se cambió cuatro veces de ropa y acabó poniéndose lo primero que había descartado: un vestido de punto color vino, sencillo, de manga larga y falda ligeramente acampanada, que le llegaba justo por debajo de las rodillas y que, afortunadamente, tenía la virtud de no apretar en ninguna parte.

—Estás preciosa —dijo Daliah desde el marco de la puerta de su cuarto.

—Estoy disfrazada.

—¿De qué?

—De persona que tiene su vida bajo control.

—Pues te sale muy bien.

—Tengo un cuaderno, por si acaso.

—Un cuaderno para el té.

—La nota decía que lo llevara.

—¿Y si es una trampa? ¿Y si es un test? ¿Y si te hace anotar las líneas de sucesión de la familia?

—Pues anoto.

—Persi.

—Dime.

—Si la cosa se pone fea, me mandas una señal. Una palabra clave.

—¿Cuál?

Daliah pensó con la seriedad de una estratega en plena guerra. Se frotó la barbilla. Entornó los ojos.

—Pepino —dijo al fin.

—¿Pepino?

—Es discreta, es ridícula y te hace pensar en tu destino. Si dices "pepino", yo me presento en esa casa con una excusa. Un incendio. Un familiar moribundo. Un gato atrapado en un árbol.

—No hay árboles en el piso de una ciudad.

—Pues tendré que ser imaginativa.

Persefoni la abrazó, con una gratitud que le dio un poco de vergüenza, y bajó las escaleras con paso resuelto. El escalón siete crujió con un mensaje de ánimo. El doce, con un quejido de aviso. Y en el último rellano, el edificio entero suspiró con la resignación de un padre que ve partir a una hija a una cita desastrosa.




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