¡ Cuidado! El Bebé Quiere Casarnos

Capítulo 7: El mercado de las plantas que no se mueren

Jasper Lugo había dirigido fusiones de cuatrocientos millones de dólares, había sobrevivido a tres auditorías hostiles y una vez había hecho llorar a un abogado de Zúrich con una sola pregunta sobre una coma. Pero a las cinco y cuarenta y siete de la tarde de aquel jueves, de pie junto a la ventana de su despacho con la chaqueta en una mano y el teléfono en la otra, descubrió que era incapaz de decidir si debía llevar corbata a un mercado de plantas.

—Orson —dijo.

—¿Señor?

—Si fueras a un mercado al aire libre, a recoger a alguien para comprar flores, ¿llevarías corbata?

Orson, que en ese momento estaba apoyado en el marco de la puerta con la tableta contra el pecho y que llevaba tres días viviendo en un estado de felicidad clandestina que apenas lograba disimular, pareció meditar la cuestión con la gravedad de un filósofo.

—¿Es una cita, señor?

—No.

—Entonces no.

—¿Y si lo fuera?

—Entonces tampoco.

—¿Por qué?

—Porque las corbatas, señor, dan miedo a las plantas.

Jasper lo miró durante un largo segundo. Después, con un gesto de derrota, dejó la chaqueta sobre el respaldo de la silla, se aflojó el cuello de la camisa y se remangó los puños hasta los codos. Se miró en el reflejo del cristal. Se pasó la mano por el pelo. Volvió a pasársela.

—Parezco un hombre que no sabe lo que hace.

—Parece un hombre normal, señor. Es un gran avance.

—Retírate, Orson.

—Sí, señor. Con permiso. Y que lo pase muy bien. En el mercado. Sin que sea una cita.

—Orson.

—Ya me voy.

Salió con la tableta contra el pecho y una sonrisa que no se borró hasta llegar al ascensor, donde, tras comprobar que no había nadie, dio un saltito de alegría que habría sorprendido muchísimo a su madre, a quien tenía previsto llamar en cuanto cruzara la puerta de la calle.

Persefoni, por su parte, llevaba desde las cuatro de la tarde plantada frente a la ventana de su cuarto, con el móvil en la mano y la libreta abierta, repasando mentalmente una lista de temas de conversación seguros. Había redactado tres categorías: temas permitidos (plantas, tipografía, la lluvia, el escalón doce del edificio), temas con precaución (familia, trabajo, el reloj) y temas prohibidos (lentejas, nombres, jardines con columpios, cualquier cosa que empezara por "bebé" o rimara con "embarazo"). Había escrito la lista con rotuladores de tres colores. La había mirado. Y la había tachado entera, porque se dio cuenta de que ningún ser humano en sus cabales podía sostener una conversación con una lista pegada a la frente.

—No eres una espía —se dijo—. Eres una chica que va a comprar unas plantas.

—Y que le oculta a un hombre que va a ser padre —añadió una vocecita insidiosa en su interior.

—Calla.

—Solo digo.

—Calla, conciencia.

—Yo me callo, pero el bebé no.

Persefoni se quedó inmóvil. Se llevó la mano al vientre, todavía plano, todavía tranquilo, donde no se movía nada, absolutamente nada. Respiró hondo. Se dijo que los aleteos de la noche anterior habían sido gases, o nervios, o los restos del flan con carácter. Se lo dijo tres veces. La tercera, casi se lo creyó.

A las seis en punto sonó el timbre del portal. Persefoni se asomó a la ventana, tres pisos más arriba, y vio, entre la luz dorada del atardecer, un coche oscuro detenido en la acera y, junto a la puerta, apoyado con una despreocupación estudiada, a un hombre de jersey azul marino y vaqueros que miraba el edificio con la expresión de quien contempla un monumento histórico lleno de grietas.

—Es él —dijo Daliah, que había aparecido a su espalda sin hacer ruido—. Está mirando tu edificio.

—Qué vergüenza.

—Está mirando el balcón de la señora Brewster. Ese que tiene las banderitas.

—Ya lo veo.

—Tiene cara de preguntarse cómo se puede vivir aquí.

—Y tiene razón. Yo me lo pregunto todos los días.

—Baja ya, que se va a enfriar.

—No se enfría. Es de la familia Lugo. Son de sangre azul. Se conservan.

Bajó las escaleras con una elegancia que la habría enorgullecido si no hubiera tropezado en el escalón nueve. Se agarró a la barandilla. El edificio emitió un crujido que sonó, sin lugar a dudas, a risa contenida. Llegó al portal con las mejillas encendidas y el pelo ligeramente alborotado, y abrió la puerta justo cuando él levantaba la mano para llamar de nuevo.

—Hola —dijo Jasper.

—Hola.

—Estás... —Se detuvo, como si hubiera olvidado la palabra, y la buscó en el aire con la mano—. Has bajado rápido.

—Era eso o morirme de ansiedad en el cuarto.

—Yo he tardado en decidir si llevar corbata.

—¿Y?

—Me lo ha desaconsejado un experto en plantas.

—Muy sensato.

—Un joven con gafas redondas.

—Orson.

—Veo que tienes fuentes.

—Tengo un presentimiento de que todo el mundo en tu empresa lo sabe todo sobre mí.

—Eso es probable. Pero te aseguro que nadie tiene malas intenciones.

—Eso es lo que me preocupa.

Se miraron un momento, con esa torpeza deliciosa de dos personas que han compartido una cena, una sopa y un secreto sin decir nada, y que ahora no saben muy bien cómo comportarse a plena luz del día. Jasper abrió la puerta del coche. Persefoni dudó.

—¿Podemos ir andando?

—¿Andando?

—La plaza Verbena está a veinte minutos. Hace buen tiempo. Es la primera tarde sin lluvia en una semana. Y las plantas, antes de comprarlas, hay que ir a verlas con calma.

—No suelo andar.

—Ya lo veo. Por eso estás tan pálido.

—Estoy perfectamente.

—Estás pálido como un hombre que lleva demasiadas horas encerrado en una torre.

—Es una torre excelente.

—Pero tiene poco sol.

Jasper la miró un momento más. Después, con un gesto casi imperceptible, le hizo una señal a Baptiste, que había asomado la cabeza por la ventanilla con una expresión de absoluta inocencia. El chófer asintió, subió el cristal y, con una maniobra suave, el coche se alejó calle abajo, dejándolos solos en la acera.




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