¡ Cuidado! El Bebé Quiere Casarnos

Capítulo 8: El aleteo y el arpa

Persefoni bautizó a su planta de jade el viernes por la mañana, después de una deliberación que duró cuarenta minutos y dividió al apartamento en dos facciones irreconciliables. Daliah votaba por Plutón, con el argumento de que era un nombre acorde con el inframundo. Marnie votaba por Señor Verdecito, con el argumento de que las plantas necesitan sentirse queridas desde el primer día. Persefoni, que tenía derechos de propietaria y de víctima, se había inclinado en secreto por Lenteja, pero lo descartó de inmediato por razones de seguridad nacional.

—Se llamará Cordelia —dijo al fin.

—¿Como la señora del mercado?

—Como la señora del mercado. Fue la primera persona en una semana que me puso la mano en el vientre sin hacerme una pregunta, y me parece justo rendirle homenaje.

—Es un nombre muy digno —asintió Daliah.

—Es un nombre muy largo para una planta tan pequeña —opinó Marnie.

—Ya crecerá.

—Vive cien años, ¿no?

—Eso dijo la señora.

—Entonces te va a sobrevivir.

—Esa es la idea de las plantas, Marnie. Sobrevivirnos y callarse lo que han visto.

Colocó a Cordelia en el alféizar de su cuarto, donde recibía un rayo de sol de tres a cuatro de la tarde, y a su lado puso la orquídea blanca, a la que todavía no había encontrado nombre porque le parecía una criatura demasiado delicada para cargarla con una identidad. Se quedó mirando las dos macetas con una ternura inexplicable. Había pasado la mañana vomitando, había dormido seis horas escasas y su proyecto de portada seguía sin título, pero aquellas dos plantas sobre el alféizar, con sus hojas abiertas hacia la luz, tenían algo que le tranquilizaba el pulso, como cuando uno entra en una casa ajena y descubre que huele a pan.

El móvil vibró sobre la cama. Era la tercera vez en veinte minutos.

Los mensajes de Jasper Lugo habían empezado la noche del jueves, apenas una hora después de que ella huyera de la plaza con una orquídea y los nervios hechos nudo, y desde entonces no habían cesado. No eran mensajes de empresario. Eran mensajes de un hombre que acababa de descubrir la mensajería y no sabía muy bien cómo usarla. El primero decía, sin saludo ni signos de puntuación: "he llegado a casa y la planta está viva". El segundo, cuatro minutos más tarde: "perdona, quería decir que he llegado a casa y la planta sigue viva, lo cual me parece una buena señal". El tercero, a las once de la noche: "la he puesto en el salón. No sé si necesita luz o si la luz la mata. Contéstame cuando puedas. No, mejor no me contestes. Sí contéstame". Persefoni había leído aquello debajo de la manta, con la luz del móvil iluminándole la cara, y se había reído tanto que Daliah había golpeado la pared del cuarto contiguo con una zapatilla.

Esa mañana había un cuarto mensaje, con una fotografía adjunta.

La imagen mostraba un escritorio de nogal macizo que ella reconoció al instante, con su portátil cerrado y su pluma estilográfica, y en medio, sobre un posavasos de cuero, una pequeña maceta de barro cocido con un esqueje de jade. Alrededor de la maceta alguien había colocado, con evidente solemnidad, tres papelitos amarillos pegados al escritorio. El primero decía "No tocar". El segundo, "No regar sin consultar". El tercero, escrito con una letra distinta, redondeada y nerviosa, decía simplemente: "Señor, por favor, no le ponga la corbata."

Debajo de la fotografía, el texto: "Orson ha tomado el control de la situación. Se llama Accionista Minoritario. Hay un comité de seguimiento. Bernardette ha enviado un memorando. No sé cómo detenerlo."

Persefoni soltó una carcajada tan fuerte que Marnie asomó la cabeza por la puerta con una mascarilla de pepino y una expresión alarmada.

—¿Qué pasa?

—Nada. Una planta.

—¿Está bien?

—Tiene un comité de seguimiento.

—Qué suerte. La mía no tiene ni nombre.

—No tienes ninguna planta, Marnie.

—Pues por eso.

Persefoni tecleó la respuesta con los pulgares, sonriendo como una tonta: "Mi Cordelia estaba esperando noticias de tu Accionista. Dile que ella es mayor, que lleva más tiempo en la plaza y que exige respeto." La contestación llegó en menos de un minuto: "Se lo he transmitido. Acaba de estornudar. Bernardette ha tomado nota."

—Dios mío —murmuró, dejándose caer sobre la cama—. Me estoy haciendo amiga de un hombre con una planta que estornuda.

—Te estás haciendo algo más que amiga —dijo Daliah desde la puerta, con una taza en la mano y una ceja arqueada—. Y estás roja como un tomate.

—Es el sol.

—El sol no entra en tu habitación hasta las tres.

—Es el calor residual.

—Persi.

—Es la fiebre.

—Tienes fiebre por un hombre. Es un diagnóstico clásico.

—No me hables como si fuera una enfermedad.

—Es una enfermedad. Se contagia por la sopa.

Persefoni le tiró una almohada. Daliah la esquivó con la gracia de una bailarina, entró en el cuarto, se sentó a los pies de la cama y, con una expresión súbitamente seria, sacó del bolsillo trasero un papel doblado.

—Tengo malas noticias.

—Siempre tienes malas noticias.

—Esta vez son oficiales.

Persefoni cogió el papel. Era una circular de la universidad, impresa en papel grueso, con el escudo en relieve y una tipografía serif que le dio dentera de puro refinamiento. Decía, en letras elegantes: "La Fundación Lugo tiene el honor de invitar a todos los becarios del programa de excelencia académica a la Gala Anual de Reconocimiento, que tendrá lugar el viernes a las siete de la tarde en el Aula Magna. Asistencia obligatoria. Código de vestimenta: formal."

—Es hoy —dijo.

—Es hoy.

—Hoy es viernes.

—Es una constante de la naturaleza.

—Asistencia obligatoria.

—Si no vas, te quitan la beca.

—No pueden quitarme la beca por no ir a un cóctel.

—Pueden quitarte la beca por respirar fuera de turno si les da la gana. Lo pone en la letra pequeña, la que nadie lee.




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