¡ Cuidado! El Bebé Quiere Casarnos

Capítulo 9: El primo del ficus

El sonido de una tableta al estrellarse contra el suelo de un auditorio solemne tiene la peculiaridad de prolongarse en la memoria colectiva mucho más de lo que dura en el aire. Sucedió en un par de segundos, apenas dos rebotes y un crujido final de cristal, pero a Persefoni le pareció que el eco recorría el Aula Magna de lado a lado, trepaba por los paneles de roble, rodeaba la lámpara central y regresaba, ya convertido en leyenda, a los oídos de las trescientas personas que habían vuelto la cabeza al mismo tiempo, con la sincronía de una bandada de aves asustadas.

Orson Pickett, asistente personal del director de Operaciones de Lugo Holdings, espía no oficial de la presidenta de la Fundación y víctima, esa noche, de un fenómeno cardiovascular de naturaleza sentimental, se había agachado a recogerla con la rapidez de un portero de fútbol. Pero ya era tarde. La pantalla, antes lisa y virginal, lucía ahora una telaraña de grietas que se abría desde la esquina inferior izquierda hasta el centro, y en el centro, por pura ironía del destino, brillaba todavía, nítido y alegre, el calendario de la semana con la anotación en letras azules: "Cena Whitlock. NO OLVIDAR."

—Está bien —dijo en un hilo de voz, a nadie y a todos—. Está perfectamente. Es un modelo resistente.

Nadie le contestó. Delante de él, tres filas más allá, Beatrix Whitlock había vuelto a mirar al frente con una compostura de reina de ajedrez, aunque Persefoni, que la observaba de reojo, distinguió el color que le subía por el cuello como el mercurio en un termómetro. En el escenario, Eugenia Lugo dejó pasar un silencio exacto, de esos que solo los maestros del teatro y las madres con experiencia son capaces de medir al milímetro, y después, con una voz apacible y una sonrisa de cirujana satisfecha, retomó el discurso como si nada hubiera sucedido.

—Y así —dijo— llegamos al final de esta bonita ceremonia. Les agradezco su atención, su paciencia y su generosa disposición a no mirar a mi joven colaborador, que acaba de demostrar que la tecnología, como la vida, es frágil. Les invito a pasar al salón contiguo, donde el catering de la señora Brigitte les aguarda con un cóctel y con la insistencia de que se coman todo lo que hay en las bandejas.

Hubo aplausos, risas amables, un murmullo de sillas arrastrándose. Persefoni, que seguía apretando contra el pecho la cajita lacada con la pluma de plata, se dio cuenta de que Daliah le tiraba de la manga y de que Marnie, a su otro lado, se sonaba la nariz con un estruendo comparable al de una trompeta de caza.

—Vamos —dijo Daliah—. Antes de que se acaben los canapés.

—Tengo un nudo en el estómago.

—Los canapés no son selectivos. Entran igual por un nudo.

—Esa teoría es peligrosísima.

—Es una teoría con base empírica. Yo ya la he comprobado en varias bodas.

El salón contiguo, llamado con cierto optimismo el Salón de los Espejos, era una estancia alargada, de paredes forradas de seda color crema y de techo con molduras doradas, en la que alguien había instalado un número desproporcionado de espejos de diversos tamaños que multiplicaban las luces de las lámparas y el reflejo de los invitados hasta crear la sensación de que la fiesta tenía el triple de gente de la que realmente había. A lo largo de una pared se extendía un mostrador cubierto de manteles blancos, y sobre él, dispuestas con una simetría ofensiva, las bandejas de la señora Brigitte: tartaletas de queso de cabra, cucharitas de gazpacho, pinchos de pollo con piña, mini hamburguesas con aspecto de miniatura de museo, rollitos de salmón ahumado y, en el centro, un cisne de hielo que goteaba con un melancólico y regular plic, plic, plic, como si llorara por su destino.

Marnie se lanzó sobre las tartaletas con un entusiasmo casi religioso. Daliah se hizo con una copa de zumo de uva y se plantó junto a una columna, escudriñando a la concurrencia con ojos de entomóloga. Y Persefoni, con la cajita de la pluma agarrada como un talismán, se acercó con cautela a la bandeja de salmón porque, después de todo, tenía hambre, un hambre honda, antigua, de ese tipo que se siente en la cavidad torácica más que en el estómago.

No debería haberlo hecho.

El olor le llegó antes que la vista. Era un olor suave, ahumado, ligeramente aceitoso, que cualquier persona sensata habría calificado de agradable y que a Persefoni, en su estado actual, le entró por la nariz como una espada de salmón en armadura. Dio un paso atrás. El mundo se inclinó medio grado hacia la izquierda. El cisne de hielo, que hasta ese momento había sido un adorno inocente, pareció volverse y mirarla con ojos acusadores.

—Dali —murmuró.

—¿Qué?

—El pescado.

—¿Qué pasa con el pescado?

—Está vivo.

—Está ahumado.

—Está planeando algo.

—Persi, respira por la boca.

—Ya lo hago. Y lo saboreo. Es peor.

—Ven. —Daliah la tomó del codo con una autoridad de enfermera de guerra—. Al balcón. Tiene que haber un balcón. Todos los salones con espejos tienen un balcón para que los invitados puedan escaparse a llorar.

Lo había. Al fondo del salón, detrás de una cortina de terciopelo burdeos, una puerta acristalada daba a una terraza estrecha y pétrea, rodeada de una balaustrada con macetones en las esquinas. Hacía fresco. La noche olía a hierba cortada y a lluvia lejana, y desde allí se veía el campus entero, con sus farolas amarillas y sus caminos serpenteantes, como un tablero de juego abandonado. Persefoni se aferró a la balaustrada y aspiró hasta el fondo. El mareo retrocedió un poco, como una marea cansada.

—Mejor —dijo.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Voy a traerte unas galletitas saladas.

—Gracias.

—Y una manzanilla.

—No hay manzanilla en un cóctel de gala.

—Hay lo que yo decida que hay.

Daliah desapareció tras la cortina. Persefoni se quedó sola, con el aire fresco en la cara y la cajita bajo el brazo, mirando las luces del campus con una sensación extraña, hecha de cansancio y de ternura, como quien ha corrido un maratón a través de un jardín. Cerró los ojos. Se llevó la mano al vientre.




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