Los domingos en la casa de la colina tenían una regla que ningún Lugo había escrito jamás y que todos cumplían con la devoción de una liturgia: la comida se servía a las dos en punto, no a las dos y un minuto, y quien llegara después de las dos menos cinco se enfrentaba a la mirada de Eugenia, que no era un castigo en sí mismo, pero que tenía la propiedad de hacer que uno revisara mentalmente toda su vida.
Jasper llegó a la una y cuarenta y ocho. Lo hizo por convicción, no por miedo, se dijo mientras Baptiste detenía el coche delante del estanque de los nenúfares y el portón de hierro forjado se cerraba a su espalda con un suspiro metálico. Llevaba bajo el brazo una caja de la pastelería de la avenida Alder, atada con un cordel rojo, y en la otra mano, con un cuidado que habría resultado cómico a cualquiera que lo conociera, una maceta de barro con una plantita de hojas gruesas.
—¿Va a llevar eso adentro, señor? —preguntó Baptiste, girándose en el asiento.
—Es una planta.
—Ya lo veo.
—Es un regalo para mi madre.
—Su madre tiene un invernadero con tres mil especies.
—Esta es distinta.
—¿En qué sentido?
—Tiene nombre.
Baptiste asintió con la solemnidad de quien acaba de recibir una explicación completa y satisfactoria, y se apeó para abrirle la puerta. Jasper bajó. El aire de octubre olía a hojas mojadas y a humo de chimenea. Los cipreses del camino se mecían con un murmullo suave, y entre sus copas asomaba la fachada de piedra clara, con las glicinias ya amarillentas colgando como cortinas cansadas. Se quedó un momento mirando la casa donde había crecido. Había en ella algo que de niño le había parecido eterno y que ahora, en cambio, le parecía frágil, como un barco en una botella.
La puerta se abrió antes de que llegara a los escalones.
—Señor Jasper —dijo Alfred, con su inclinación de roble.
—Alfred.
—La señora lo espera en el comedor pequeño.
—¿El pequeño?
—Hoy hemos descartado el grande.
—¿Por qué?
—La señora dice que es demasiado formal para la ocasión.
—¿Qué ocasión?
—No me lo ha dicho, señor. Pero ha mandado quitar los candelabros.
Jasper sintió un pequeño escalofrío. Los candelabros se quitaban para las cenas de negocios, cuando lo importante era mirar a los ojos del interlocutor sin interferencias, o para las conversaciones familiares serias, de las que dejaban cicatrices. Entregó el abrigo, la caja de pasteles y, tras una breve duda, también la planta, que Alfred recibió con las dos manos y con una expresión de infinito respeto.
—Es un jade —dijo Jasper.
—Ya lo veo, señor.
—Se llama Alaric.
Alfred se quedó inmóvil un segundo. Luego, con una voz ligeramente más grave de lo habitual, murmuró:
—Un nombre excelente. Lo pondré en el aparador, donde le dé la luz.
—Gracias.
—No hay de qué, señor. Don Alaric habría sonreído.
El comedor pequeño era una estancia cuadrada, de paredes empapeladas en un verde muy suave, con una ventana que daba al jardín de las hortensias y una mesa redonda de nogal, puesta para dos con un mantel de lino blanco y una vajilla sencilla de porcelana azul. Había un jarrón con rosas amarillas, un cestillo de pan, una jarra de agua con rodajas de limón y, en el centro, una sopera humeante que olía a gloria. Eugenia estaba sentada de espaldas a la ventana, con un vestido de lana color granate y el cabello recogido en su peinado de mármol, y leía algo en una carpeta de cuero que cerró con delicadeza en cuanto lo vio entrar.
—Puntual —dijo.
—Casi diez minutos antes.
—Eso es más que puntual. Es sospechoso.
—Es filial.
—Es ambas cosas. Siéntate.
Jasper se sentó. Hubo un breve silencio mientras Alfred servía la sopa, una crema de calabaza con un hilo de nata, y Jasper no pudo evitar sonreír al verla. Eugenia, que no se perdía nada, arqueó una ceja.
—¿Te hace gracia mi sopa?
—Me recuerda a otra.
—Ah, sí. La de La Cuchara Tímida.
Jasper dejó la cuchara a medio camino.
—¿Cómo sabes lo de La Cuchara Tímida?
—Querido, llevas tres años cenando allí una vez al mes con la cara de un naufragio. Baptiste me lo contó el primer mes. Me pareció que era un sitio digno y tuve el buen criterio de no interferir.
—Me has espiado.
—Te he cuidado. Hay una diferencia.
—Muy fina.
—Todas las importantes lo son. —Probó la sopa, asintió con aprobación y dejó la cuchara—. Ayer estuviste en la plaza Verbena.
—Madre.
—Con una joven. Con dos macetas. Doña Cordelia me llamó a las seis para decirme que estabas tan colorado que parecía un tomate de huerta.
—Doña Cordelia no tiene teléfono.
—Se lo ha prestado un nieto. Un muchacho muy servicial.
—Es increíble.
—Es una ciudad pequeña.
—Es una conspiración.
—Es un barrio, Jasper. En un barrio se sabe todo. Lo único que cambia es la velocidad a la que llegan las noticias.
Jasper se pasó una mano por el pelo, con un gesto de derrota. Comió unas cucharadas en silencio, con la mirada clavada en el mantel, y mientras tanto sintió que su madre lo observaba con la paciencia infinita de un pescador que ha echado la caña y sabe que el pez acabará mordiendo.
—Quiero hablarte de Beatrix —dijo por fin.
—Adelante.
—Anoche, el señor Whitlock hizo un brindis. Un brindis que no tenía motivo.
—Lo recuerdo. Fue muy emotivo.
—Fue un desastre.
—Fue una demostración de entusiasmo paternal. Hay que tener sensibilidad.
—Madre, no hay nada entre Beatrix y yo.
—Eso me ha parecido.
—¿Te ha parecido?
—Claro. Se os ve incómodos, como dos gatos en una caja de cartón.
—Entonces, ¿por qué insistes?
—No insisto. Ofrezco oportunidades. —Eugenia dobló la servilleta con una precisión de origami—. Lo que no sabía, hasta ayer, era que tú ya tenías otra idea en la cabeza.
—No tengo ninguna idea en la cabeza.
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Editado: 29.10.2026