¿ Cuâl Era Su Nombre ? ( I I I Libro)

Capitulo 37: " Poderes Malditos "

" Busca en quien confiar, busca a quien tenga el verdadero poder. "

Los gritos de Fumiko rasgaban el aire como cuchillas de fuego. Su dolor era tan profundo, tan primitivo, que no solo se sentía en la carne: vibraba en el tejido mismo del tiempo.

Cada alarido que escapaba de sus labios retumbaba como un eco ancestral, atravesando las paredes del presente y sacudiendo las puertas de cada línea temporal. Universos paralelos temblaban, sus hilos vibraban al unísono, resonando con el poder de una vida por nacer... o de un destino aún no decidido.

Dios -aquel moreno de ojos azules, tan enigmático como implacable- estaba arrodillado frente a ella, con las manos ensangrentadas, intentando recibir a las dos niñas que aún faltaban por nacer. Su rostro, que tantas veces había mostrado indiferencia, ahora reflejaba una concentración inquebrantable, como si supiera que cada segundo contaba más que una eternidad.

Fuera de la cabaña, Lara mantenía sus brazos extendidos hacia el cielo, con los labios entreabiertos en un rezo silencioso. Sus dedos chispeaban con luz arcana, y a su alrededor, la barrera de protección que había levantado se expandía como una cúpula de energía dorada. Cada vez que una sombra del inframundo intentaba cruzarla, se desintegraba en un grito gutural, incapaz de acercarse. Lara no se movía, pero todo su ser ardía de esfuerzo. Su respiración era errática, sus rodillas temblaban, pero no caía. No podía darse ese lujo.

Dentro, Oshin estaba sentado junto a Fumiko, su mano entrelazada con la de ella como si ese contacto fuera el último vínculo que los unía al mundo real. Sus ojos miel estaban empapados en lágrimas, no por debilidad, sino por la desesperación de verla sufrir de esa forma sin poder absorber parte del tormento.

-Aguanta, bonita... por favor -susurraba una y otra vez, apretando su mano, besando su frente cubierta de sudor-. Ya casi... ya casi...

Fumiko apenas podía oírlo.

Cada contracción era una ola de fuego que la arrastraba y la devolvía hecha pedazos. Sentía su cuerpo abrirse, desgarrarse, como si estuviera pariendo no solo hijas, sino también todo el dolor de su linaje. El vientre le ardía, la espalda parecía a punto de partirse. Gritaba, y entre sus gritos, las puertas del tiempo volvían a estremecerse, como si en algún rincón de otra existencia alguien también gritara con ella.

-¡Fumiko! -la voz de Dios sonó más urgente esta vez, sus manos guiaban con destreza, pero su ceño estaba fruncido-. ¡Una ya viene, necesito que empujes con todo lo que te quede!

-¡No puedo! -lloró ella, con la garganta rota-. ¡No puedo más!

-¡Sí puedes! -gritó Oshin, su voz vibrando con el peso de una promesa eterna-. Estoy aquí, amor... ¡mírame, mírame! ¡Tú puedes! - rogaba Oshin en tono desesperado.

Un trueno hizo crujir el cielo. La barrera mágica de Lara titiló por un segundo y volvió a brillar. El viento seguía rugiendo, como si todo el mundo estuviera esperando ese instante de vida... ese milagro.

Entonces, con un alarido desgarrador que rompió hasta las fibras del alma, Fumiko empujó.

Y en medio del caos, del dolor, del llanto y la magia, se escuchó... un llanto nuevo. Agudo. Vivo.

La primera de las niñas.

Dios la sostuvo entre sus manos como si fuera un fragmento de estrella. Oshin soltó una carcajada entre lágrimas, tocando la frente de Fumiko con devoción.

-Lo hiciste... amor, lo hiciste... -balbuceó, con la voz llena de ternura.

Pero Fumiko no pudo siquiera responder. Su cuerpo volvió a estremecerse. Otra contracción. Otra ola. Otra tormenta.

-Falta una -dijo Dios, ya preparado-. Falta la segunda...

Y el mundo volvió a rugir.

Un destello brutal, cegador, emergió desde lo profundo del bosque.

Una onda expansiva de color azul eléctrico se propagó entre los árboles como una explosión sagrada, haciendo vibrar hasta las raíces más antiguas. Las ramas crujieron, el suelo tembló, y el aire mismo pareció retorcerse con el impacto. El rugido del poder hizo retroceder a las almas malditas que aún reptaban en la tormenta. Aquel estallido no era magia común... era una furia antigua, pura, desgarradora.

-¡¡¡Fumiko!!! -el grito fue inhumano, tan desgarrador que se sintió como un quiebre en el mismísimo plano de la existencia. Era ella. La Falla.

Lacey atravesaba la tormenta como una flecha furiosa, empapada por la lluvia, impulsada por el instinto y la rabia. Cada paso que daba levantaba el lodo del suelo, y sus cabellos azulados chorreaban agua como si el mismo cielo llorara a través de ella.

Detrás, Holly volaba con dificultad. Sus alas enormes, negras como la brea, se batían con fiereza, cortando el aire en cada movimiento. Las sombras malditas saltaban desde los troncos, desde la tierra, desde la oscuridad misma, intentando derribarla. Sus garras rasgaban la carne, pero Holly no se detenía. Soltaba gemidos de dolor, sí... pero aún así, abría paso a Lacey.

La adrenalina de esta última era pura electricidad. No pensaba, no razonaba. Solo sentía.

Rubí vio venir a la Falla y, sin dudar, se interpuso. Su rostro era serio, decidido. Sabía lo que venía.

-¡Apártate! -rugió Lacey. De sus dedos chispeaban chispas de un poder inestable, chisporroteante, oscuro y celestial al mismo tiempo. Rubí alzó las manos en un intento de contenerla, de detenerla sin herirla, pero Lacey ya no era solo ella. Era fuego. Tormenta. Guerra.

Saltó al aire, y su pie cayó como una sentencia sobre la tierra mojada, resquebrajándola. Las sombras, que volvían a emerger más violentas con la tormenta, chillaron como bestias heridas. Aullaban como si supieran lo que estaba por venir.

-¡¡Lacey!! -gritó Holly, atrapada por un enjambre de sombras que se aferraban a sus alas rotas, intentando derribarla. Una de sus alas colgaba ya casi suelta, solo un delgado hilo de músculo y energía la mantenía unida.

Lacey volteó apenas. Su mirada se oscureció como el cielo.




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