¿ Cuâl Era Su Nombre ? ( I I I Libro)

Capítulo 38: " Calma "

" Así que venga
No moriré aquí, yo seguiré peleando.
Yo seguiré aguantando
Hasta que te haya vencido. "

Oshin Itreque

Fumiko había perdido el conocimiento luego de que naciera la última niña. Su cuerpo yacía exhausto, desbordado por un dolor que ni siquiera los dioses habían podido contener. La sostenía entre mis brazos, acunándola con cuidado, como si al soltarla pudiera quebrarse para siempre.

El pequeño pelirrojo me miraba desde el suelo con el ceño fruncido, tan severo que por un segundo no parecía un recién nacido. Sus ojos color miel brillaban como brasas suaves, pesados, observando todo a su alrededor con una conciencia que iba más allá de lo natural. Era... inquietante.

Lacey estaba a mi lado, sentada al borde de la cama como una fiera dispuesta a atacar. Cada vez que uno de los dioses intentaba acercarse, soltaba gruñidos bajos, felinos, amenazantes. Tenía el cuerpo tenso, las manos apoyadas con firmeza y la mirada clavada en ellos como si pudiera ver más allá de sus intenciones. Estaba lista para destrozar a cualquiera que se atreviera a rozarnos.

Holly observaba a los bebés con el ala herida vendada de forma improvisada. A su lado, los tres pequeños: las niñas lloraban a intervalos desde hacía un par de horas. Una tenía mechones castaños suaves como el otoño, la otra, una melena negra tan oscura como la noche más antigua. Ambas con ojos azules brillantes, profundos, casi líquidos. Eran hermosas... pero lloraban como si su llanto pudiera quebrar el cielo.

Yo no sabía cuántas horas habían pasado. Todo era un eco borroso desde aquella explosión. Mi mente era un torbellino de preguntas, miedo y ansiedad.

Se suponía que Lacey y Holly no regresarían hasta mañana. ¿Qué las trajo de vuelta? ¿Qué habían sentido? Las sombras malditas no eran simples criaturas del inframundo, estaban cargadas de miasma vivo, de odio antiguo. Y lo más perturbador... la onda de poder que Lacey liberó resonó con la magia del pequeño pelirrojo. Como si algo en él la hubiera provocado.

Entonces, una voz interrumpió mis pensamientos.

—Tienes que dejarme acercarme para revisarla —dijo Dios.

Le miré con dureza, con una rabia sorda y protectora. Apreté a Fumiko contra mi pecho sin vacilar, como si al hacerlo pudiera protegerla del universo entero. El cosquilleo en mi espalda se sintió otra vez, sabía que las alas querían salir. También quería dejar que salieran, cubrir a mí familia con ellas y protegerlos, pero lo último que necesitaba era cuestionamientos de los dioses o cosas así.

—No —murmuré con voz firme. No dejaría que nadie la tocara. Ni siquiera él.

Lacey gruñó otra vez, esta vez con más fuerza. La advertencia fue clara. Ningún dios dio un paso más. Ella no se movió de su lugar, sentada entre nosotros —los bebés, Fumiko, Holly y yo— y ellos. Una barrera viva, eléctrica, inviolable que amenazaba con atacar a muerte a cualquiera que siquiera lo intentará.

Del otro lado de la habitación, Lara seguía inconsciente. Su cuerpo apenas se movía, y uno de los dioses intentó acercarse a ella, pero se detuvo cuando notó la tensión que irradiaba de Lacey. Nadie se atrevía a romper la escena.

Los dioses comenzaron a murmurar entre ellos, sus ojos iban y venían, sobre todo hacia los bebés. Había miedo y preocupación en sus miradas.

Yo ya no podía oírlos. Sus palabras eran zumbidos lejanos. Mi mente solo tenía espacio para una cosa: Fumiko. Su respiración era débil, pero constante. Su piel estaba empapada de sudor y algunas manchas de sangre que quedaron luego de limpiarla lo mejor que pude y cambiar las sábanas y su ropa con ayuda de Holly. Era tan frágil en mis brazos, tan rota... y aun así, había dado a luz a tres vidas con un poder que hizo temblar los cielos.

Entonces, Lacey se levantó.

Se giró hacia mí primero, y por un instante, su expresión cambió. Me sonrió con suavidad, con algo cálido y genuino que me dio fuerzas. Luego su mirada se deslizó hacia los bebés, y suspiró.

—Hay que poner un campo de protección —dijo de pronto, su tono no admitía discusión.

Se volvió hacia los dioses. Su voz atravesó el aire como un látigo.

—Las sombras van a regresar.

Silencio absoluto.

Nadie osó contradecirla. Ni siquiera Dios. Sus ojos azul eléctrico los envolvieron uno por uno con una determinación tan pura que hasta el aire pareció tensarse. Nadie había olvidado que ella sola había derribado a Lara. La diosa de la magia. Lacey no era alguien para tomar a la ligera.

Y yo... me sentí aliviado. Porque estaba con nosotros.

Las conversaciones entre los dioses continuaron, pero ya no llegaban a mí. Solo había una cosa en mi mente:

Mi pequeña.

Estaba tan preocupado... que no supe en qué momento la oscuridad me arrastró sin pedir permiso, sumergiéndome en el mundo de los sueños. Me había quedado dormido aferrado a ella, como si al soltarla fuera a perder algo más que el aliento... como si mi propia vida dependiera de tenerla entre mis brazos.

Desperté torpemente, con la mente aún nublada, al escuchar gimoteos suaves y murmullos que flotaban en el aire, llenos de emoción contenida. Abrí los ojos con dificultad. Mis brazos rodeaban su cintura. Y ella... ella estaba sentada en la cama.

Acariciaba mi cabello.

Por un momento pensé que aún soñaba.

Cuando caí en cuenta, cuando mi mente por fin entendió que Fumiko estaba despierta, que me estaba tocando con ternura, que respiraba... mi mirada se inundó sin poder evitarlo. El alivio me golpeó con una fuerza insoportable.

La abracé con desesperación.

Ella soltó un suspiro suave, cálido, y se aferró a mí con la misma intensidad.

—Me asustaste tanto... —murmuré apenas, la voz hecha pedazos, como si mis cuerdas vocales se negaran a recordar cómo se hablaba sin dolor.

Fumiko tomó mi rostro con sus manos. Sus ojos azul eléctrico brillaban con una luz nueva, como si dentro de ella aún latiera la magia del universo. Sonrió, y besó mis mejillas con ternura.




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