" Vida y muerte en un solo tablero de ajedrez. "
Oshin Itreque
—¿Realmente te sientes bien? —pregunté en un murmullo, observando cómo Fumiko arrullaba a nuestro pequeño Roderick. Todavía me costaba creerlo… verlo ahí, tan vivo, respirando, con esa cabecita apoyada en el pecho de su madre, me parecía un milagro. Y aun así, había algo inquietante en que conservase esa apariencia de su vida pasada en aquella línea de tiempo.
—Sí, Oshi —murmuró ella con dulzura, acariciando la mejilla regordeta del bebé. Su sonrisa lo llenaba todo. Yo no podía evitar sonreír también, aunque por dentro la preocupación seguía royendo como un animal hambriento.
Había pasado casi un mes desde aquel parto caótico. El tiempo había corrido más rápido de lo esperado. Afuera, los dioses y Lara seguían manteniendo el campo de seguridad alrededor de la cabaña, luchando contra ese asedio interminable. Holly lo había advertido: las sombras seguían viniendo con puntualidad de reloj maldito.
Un estruendo rugió en el exterior, haciendo vibrar las paredes. Me giré hacia la ventana. El campo de fuerza parpadeaba con líneas deformes, brillando en colores vibrantes que se quebraban como vidrio bajo presión. Solté un suspiro pesado y regresé junto a mi mujer.
—Parece que crecen bien… —dijo Fumiko, sin apartar la mirada del niño, como si el caos fuera ajeno a su mundo—. Tal vez sea porque tienen genes licántropos, ¿verdad? —tarareó suavemente— o… tal vez sea por mis genes… ya sabes… complicados.
Juntó su frente con la de Roderick. La pequeña manita del bebé se posó en su mejilla y balbuceó algo que apenas era un sonido, pero que a mí me supo a vida.
Volteé hacia las gemelas. Dormían profundamente, indiferentes al estrépito de afuera, como si estuvieran blindadas contra el mundo. Lo más inquietante era su crecimiento: parecían tener ya varios meses, no apenas uno. Sus cabecitas estaban cubiertas de cabello oscuro, largo y tupido, impropio incluso para niños no humanos. Roderick, por su parte, lucía su melena rojiza como llamas vivas, indomables.
La puerta se abrió de golpe.
—Ya se ha decidido —bramó Lacey entrando, con esa firmeza que no admitía réplica.
—No estás lista —refutó Holly al instante, entrando detrás de ella, su tono cargado de reproche y preocupación.
—No podemos seguir así. Se nos acaban los suministros. Ellos tienen que salir de aquí además —insistió Lacey, con un brillo en los ojos que era pura obstinación. De inmediato su mirada se clavó en Fumiko—. Déjeme proceder, por favor.
Fumiko apenas la escuchaba, meciendo a Roderick con adoración, como si en sus brazos solo existiera él.
—¡Señorita! —rugió Lacey, desesperada.
—Shhh… despertarás a las niñas —replicó Fumiko con calma, alzando por fin la vista para cederle unos segundos de atención. Sus ojos azules chispearon con ternura y firmeza—. Ya lo ha dicho Holly, cariño, aún eres una niña…
—Ya puedo controlarlo —refutó ella de inmediato, con el tono de quien se ha cansado de que la subestimen—. Puedo ir al limbo, al inframundo. Buscaré las almas de esos idiotas y haré que ellos vayan por el libro negro.
Me acomodé en el borde de la cama, sin intención de intervenir en esa discusión. Desde aquella explosión de poder, Lacey ya no era la misma. Actuaba como si hubiera recuperado una parte olvidada de sí misma… y con Fumiko… la trataba como si fuera más que una maestra, más que una hermana mayor: como si fuera su soberana.
—Lacey… —advirtió Fumiko, en un tono bajo pero cargado de peso.
—Resonamos. También lo sentiste —la interrumpió de inmediato, dando un paso al frente—. Si esto sigue así, en algún momento ocurrirá una grieta aquí dentro. Y él estará en peligro. —su mirada se clavó en Roderick, y en ese instante un escalofrío me recorrió la espalda.
—Cariño, dime que no se refiere a lo que creo... —pedí con un hilo de voz, sintiendo cómo mis palabras se deshacían en el aire.
Fumiko soltó un suspiro largo, profundo, como si cada sílaba que estaba a punto de pronunciar cargara demasiado peso. Giró hacia mí, y esa mirada suya me arrancó el aliento. Era como si me hablara sin palabras: miedo, resignación y un amor desesperado entretejidos en un solo destello de sus ojos.
—La esencia demoníaca de su vida pasada... esta vez tomó más forma —susurró, y su voz tembló como un rezo—. Como si todo el tiempo que estuvo “guardado”, su poder hubiera seguido creciendo en silencio, enredándose más y más hasta desbordarse. —Bajó la cabeza, acariciando con ternura el pequeño rostro de Roderick—. Él mismo había estado conteniendo esa fuerza en mi vientre, pero llegó un punto en que no pudo resistir más. Por eso el parto se adelantó, por eso fue tan desgarrador...
Un golpe de viento estremeció las paredes de la cabaña, y la ventana vibró con un lamento helado. Afuera, el campo de fuerza brillaba con destellos extraños, deformándose en líneas torcidas de colores imposibles, como si el propio tejido de la realidad estuviera al borde de quebrarse. El aire dentro del cuarto se volvió denso, cargado de un olor metálico, con un leve trasfondo a azufre. Cada respiración se sentía más pesada.
—Resonó conmigo... —la voz de Lacey cortó el silencio como un filo—. Prácticamente me reclamó y me dio control, me cedió parte de su esencia.
Sentí que la sangre se me helaba. Resonancia demoníaca. No era un lazo común, no era un regalo... era un pacto. Uno del que pocas veces ambas partes salían intactas.
—Ni siquiera eres consciente de lo que significa resonar con un demonio, cariño —dijo Fumiko con un suspiro tan cansado que parecía lamentos constantes. Su mirada, sin embargo, se volvió acero—. Pero adelante, ve. —La firmeza en su voz retumbó como una sentencia—. Más no puedes tardar demasiado ahí dentro. Mientras tanto, yo buscaré cómo romper esa resonancia antes de que los consuma.
—¡Portadora! —protestó Holly, un grito cargado de miedo y reproche, pero Fumiko negó con calma, aunque su mano apretaba más fuerte al bebé contra su pecho, como si temiera que la oscuridad lo reclamara en cualquier momento.
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Editado: 15.07.2026