–¡La respuesta es no!
Mazie Tarleton terminó la llamada, deseando tener un teléfono antiguo para colgar con fuerza el auricular. A sus espaldas, Gina, su mejor amiga y compañera de trabajo, se acabó el último bocado del bollito de canela y se chupó los dedos.
–¿Quién te ha enfadado tanto?
Las dos mujeres estaban en el despacho de Mazie, un rincón al fondo de All That Glitters, la exclusiva joyería de Mazie en el centro histórico de Charleston que a tantos turistas y paisanos atraía.
–Es otra vez la agente inmobiliaria de J.B. dándome la lata –comentó Mazie.
–No te quejes. J.B. te ha hecho una buena oferta por este edificio que se cae a cachos.
–¿De qué lado estás?
Mazie y Gina se habían conocido en el primer curso de la escuela de arte y diseño de Savannah.
Gina conocía el desprecio que Mazie sentía por el empresario más deseable y sexy de Charleston.
–Hay carcoma en el desván y la calefacción es prehistórica, por no mencionar que la cuota del seguro se triplicará en la próxima renovación. Sé que los Tarleton sois muy ricos, pero no por eso tenemos que ignorar una buena oferta.
–Si viniera de otra persona que no fuera J.B. –murmuró Mazie con tensión en los hombros.
Jackson Beauregard Vaughan, el hombre al que amaba tanto como odiaba desde que tenía dieciséis años. Lo detestaba y quería hacerle tanto daño como el que él le había hecho a ella.
–¿Qué es lo que te hizo? –preguntó Gina.
Su expresión de perplejidad era comprensible. J.B. Vaughan era el prototipo de hombre alto, moreno y guapo. Tenía una sonrisa arrogante, brillantes ojos azules y rasgos marcados, además de unos hombros muy anchos.
–Es complicado –murmuró Mazie, sintiendo que le ardía la cara.
Los recuerdos le resultaban humillantes.
Mazie no recordaba ningún momento en el que J.B. no hubiera formado parte de su vida. Mucho tiempo atrás lo había querido como a un hermano. Pero cuando sus hormonas empezaron a enloquecer, lo había visto desde una nueva perspectiva. El baile de primavera de su colegio se había presentado como la oportunidad de jugar a ser adultos. Lo había llamado una tarde de un miércoles del mes de abril. Con los nervios a flor de piel y el estómago encogido, le había hecho la invitación.
J.B. se había mostrado evasivo. Entonces, apenas cuatro horas más tarde, había aparecido en la puerta de su casa. Su padre estaba encerrado en su estudio bebiendo, y Jonathan y Hartley, sus hermanos, habían salido a hacer unos recados.
Así que había sido ella la que había abierto la puerta. Como se había sentido incómoda de invitarle a pasar, a pesar de que ya había estado antes un montón de veces, había salido al porche y le había sonreído con timidez.
–Hola, J.B. No esperaba verte hoy.
Se había quedado apoyado en el poste, en aquella postura tan varonil. En pocas semanas cumpliría dieciocho y sería legalmente un adulto.
–Quería hablar contigo cara a cara. Has sido muy amable invitándome al baile. Me siento halagado.
–Todavía no me has dicho si irás conmigo.
Sintió las manos heladas y empezó a temblar.
–Eres una chica encantadora, Mazie, y me alegro de que seas mi amiga.
No hacía falta que dijera nada más. Era inteligente y sabía leer entre líneas, pero no estaba dispuesta a dejarlo escapar tan fácilmente.
–¿Qué intentas decir, J.B.?
–Maldita sea, Mazie. No puedo ir al baile contigo. No deberías habérmelo pedido. Eres una cría.
–No soy una niña. Soy solo un año más pequeña que tú.
–Casi dos.
Le sorprendió que lo supiera con tanta exactitud. Avanzó unos pasos hacia él. Se había venido abajo, pero no estaba dispuesta a que se diera cuenta de cuánto afectaba a su autoestima.
–No te inventes excusas, J.B. Si no quieres ir conmigo, ten las agallas de decírmelo a las claras...