J.B. se sentó en un taburete y alzó la mano para llamar la atención del camarero. Se había puesto chaqueta y corbata para una reunión. En aquel momento, se había quitado la corbata y llevaba el primer botón de la camisa desabrochado.
Jonathan Tarleton estaba sentado a su lado, tomando agua con gas.
–Tienes mal aspecto –comentó J.B.
–Son estos malditos dolores de cabeza.
–Tienes que ir al médico.
–Ya he ido.
–Entonces, tienes que encontrar otro mejor.
–¿Podemos dejar de hablar de mi salud? Tengo treinta años, no ochenta.
J.B. quería insistir en el tema, pero era evidente que Jonathan no estaba interesado.
–De acuerdo. Tu hermana me está volviendo loco. ¿Puedes hablar con ella?
No quería mencionar la verdadera razón por la que necesitaba ayuda. Mazie y él eran como el agua y el aceite. Ella lo odiaba y J.B. llevaba años tratando de convencerse de que no le importaba. La verdad era muy diferente.
–Mazie es muy cabezota –dijo Jonathan.
–Es una cualidad de los Tarleton, ¿no?
–Tengo el proyecto paralizado porque me está tomando el pelo.
–A mi hermana no le caes bien, J.B.
–Eso ya lo sé. Mazie no quiere hablar de vender. ¿Qué se supone que debo hacer?
–¿Mejorar la oferta?
–¿Pero cómo? No quiere dinero.
–No lo sé. Siempre me he preguntado qué hiciste para enfadarla. Se ve que mi hermana pequeña es la única mujer de Charleston inmune a tus encantos.
J.B. apretó el mentón.
–No tengo tiempo para andar con juegos. Necesito empezar las obras antes de mediados de enero para cumplir lo programado.
–Le gustan los bombones.
Jonathan había hablado en serio, pero J.B. sabía que se estaba burlando de él.
–¿Me estás diciendo que le compre bombones?
–Bombones, flores,… no sé. Mi hermana es una mujer complicada.
Es lista como el hambre y tiene un gran sentido del humor, pero también tiene un lado oscuro. Te lo va a hacer pagar caro. Estate preparado para arrastrarte.
J.B. dio un trago a su bebida e intentó olvidarse de Mazie. Todo en ella lo volvía loco, pero no se podía dejar llevar.
Se atragantó y tuvo que dejar el vaso para recuperar la respiración.
Los hijos de los Tarleton eran guapos. J.B. solo recordaba de la madre de Jonathan que era una mujer bella, con un eterno aire triste. Jonathan y Hartley habían heredado la tez morena de su madre, así como sus ojos oscuros y su pelo castaño. Mazie también era morena, pero su piel era más clara y sus ojos de un marrón dorado.
Su hermano llevaba el pelo muy corto y Mazie lucía una melena por el hombro. Solía dejarse caer por casa de los Tarleton en Acción de Gracias, pero ese año había estado ocupado con otros asuntos. Sin darse cuenta, ya estaban en diciembre.
–Seguiré el consejo de los bombones.
–Veré lo que puedo hacer, pero no te aseguro nada. En ocasiones, cuando le sugiero algo, hace justo lo contrario. Ha sido así desde siempre.
–Porque siempre ha querido estar a la altura de sus hermanos y los dos la habéis tratado como a una niña.
–No fue fácil después de que mi madre ingresara en la clínica. La pobre Mazie nunca tuvo un referente femenino. No puedo ayudarte si te lo está poniendo difícil. Solo Dios sabe por qué lo hace.
J.B. sabía por qué, o al menos tenía una ligera idea. Llevaba años bajo el hechizo de un beso que no había podido olvidar, por mucho que lo intentara.
–Seguiré intentándolo. Avísame si encuentras algo que te funcione.
–Haré lo que pueda, pero no te hagas demasiadas ilusiones...