–¿Has hablado con la comercial inmobiliaria esta mañana?
–No –respondió frunciendo el ceño–. Vengo directamente del gimnasio. ¿Hay algún problema?
–No, ninguno.
Justo en aquel instante, el teléfono de J.B. sonó.
Mazie habría apostado un millón de dólares a que sabía quién estaba al otro lado de la línea por cómo había cambiado su expresión. Una amplia sonrisa asomó a sus labios. La agente inmobiliaria acababa de darle su mensaje.
J.B. había entrado en su tienda por iniciativa propia.
–¿Qué quieres, J.B? Estoy ocupada.
–¿Limpiando una balda de cristal? –preguntó él arqueando una ceja–. Eso no corresponde a su categoría, señorita Tarleton.
–Es mi negocio. Todo lo que pasa aquí es asunto mío.
Gina pasó al lado de Mazie.
–Disculpadme, voy a atender a los clientes.
Mazie debería haber presentado a su amiga pelirroja, pero Gina escapó de aquella confrontación.
J.B. sacó una caja envuelta en celofán rojo.
–Esto es para ti, Mazie. Recuerdo haber oído a Jonathan que te gustaban mucho.
Se quedó mirando el logotipo.
–¿Me has comprado bombones?
–Sí, señora.
–Me los podía haber comprado yo misma, J.B. Al fin y al cabo, esa tienda está aquí al lado.
La sonrisa de J.B. se desvaneció. La calma de sus ojos azules dio paso a la tempestad.
–Al menos podías darme las gracias. Se ve que de pequeña no te dieron los azotes suficientes. Te consintieron demasiado.
Mazie contuvo la respiración. Aquello le había molestado.
–Sabes que no es cierto.
Una sombra de remordimiento asomó al rostro de J.B.
–Ah, maldita sea, Mazie, lo siento. Siempre sacas lo peor de mí. Te he traído los bombones en son de paz, te lo prometo.
–Gracias por los bombones –dijo ella irguiéndose de hombros–. ¿Eso es todo?
J.B. se quedó mirándola fijamente, sin dar crédito.
–Por supuesto que no es todo.
¿De verdad crees que voy por Charleston regalando bombones a la primera mujer que pasa?
–¿Quién sabe qué haces?
Resultaba casi divertido verlo a punto de perder la calma. Después de unos momentos de tenso silencio, él suspiró.
–Me gustaría enseñarte una propiedad que tengo en Queen Street. Allí dispondrías del doble de superficie y la zona de almacenaje es diáfana. Además, hay un amplio apartamento en el piso de arriba, por si alguna vez decides dejar la casa de tus padres.
La idea de tener su propio apartamento resultaba tentadora, pero ni Jonathan ni ella habían sido capaces de dejar a su padre solo. Lo cual era absurdo. Había sido un padre distante tanto en sentido emocional como físico, pero aun así, se sentían responsables de él.
Por encima del hombro de J.B., vio a Gina asomarse preocupada.
Mazie decidió seguirle el juego a J.B., al menos por un tiempo. Quería hacerle creer que estaba considerando seriamente su oferta.
–De acuerdo, supongo que no pasará nada por ir a echarle un vistazo.
Al oír sus palabras, J.B. la miró con sorpresa y suspicacia.
–¿Cuándo?
–Ahora es un buen momento.
–¿Y la tienda?
–Pueden apañárselas sin mí...