Llevaba los labios pintados de rojo cereza. Era imposible no imaginarse aquellos labios unidos a los suyos.
–Dime una cosa, J.B. –dijo interrumpiendo sus pensamientos–. Una cámara acorazada tan antigua, por mucho que haya sido la de un banco, ¿de veras crees que es segura?
–Bueno, hace tiempo que no se usa, pero…
Mazie empujó la puerta.
–Qué pesada es. Supongo que también podría servir como refugio para huracanes.
La puerta se movía con más suavidad de la que era de esperar y, sin que J.B. pudiera evitarlo, Mazie la soltó y se cerró con un ruido sordo.
La repentina oscuridad resultaba desconcertante. La voz de Mazie sonaba lejana.
–Vaya. Debería haberme asegurado de que tenías las llaves.
–No importa –replicó él–. Me han dicho que el mecanismo no está operativo –dijo avanzando con cautela–. Apártate, voy a tirar del picaporte –añadió, pero no tuvo éxito–. Maldita sea.
–¿No hay luz? –preguntó ella, acercándose.
–Sí
J.B. tanteó a ciegas la pared hasta que encontró el interruptor. El fluorescente parpadeó y se encendió. Mazie se quedó mirándolo con los ojos como platos.
–Lo siento mucho. No era mi intención cerrar la puerta.
–Lo sé.
El corazón se le aceleró. A pesar de la incómoda situación, no quería acercarse demasiado a Mazie. Los dos solos, en medio de la oscuridad…
–No te preocupes –añadió–. Todo saldrá bien –dijo tirando del picaporte por segunda vez, sin conseguir que la puerta se moviera–. Llamaré a alguien.
Sacó el teléfono y se quedó mirando fijamente la pantalla. No había cobertura.
¿Cómo iba a haber cobertura? La cámara acorazada estaba construida con hormigón armado.
–¿De verdad no tienes las llaves?
Mazie se mordió el labio y se rodeó por la cintura con los brazos.
–Tengo llaves del edificio, no de la caja fuerte.
–Alguien nos echará de menos –dijo ella–, al menos Gina. Nos mandamos mensajes veinte veces al día. ¿Qué me dices de ti? ¿Le has dicho a alguien que venías?
–Hablé con tu hermano antes de venir.
–¿Con Jonathan? –preguntó Mazie frunciendo el ceño–. ¿Por qué?
–Porque sabe cuánto me está costando convencerte para que me vendas tu propiedad. Le conté que al menos habías accedido a ver este local de Queen Street.
–Tal vez Jonathan te llame para saber si me has convencido o no.
–Si llama, saltará el buzón de voz. Pensará que estoy ocupado y me dejará un mensaje.
–Vaya, qué mal –dijo y exhaló ruidosamente antes de dar una patada a la pared–. Si morimos aquí, te perseguiré durante toda la eternidad.
–¿Cómo vas a perseguirme si yo también muero?
Se pasó la mano por la frente y sintió un sudor frío. Sus tonterías le resultaban una agradable distracción. Así podía desviar la atención de la mujer que tenía tan cerca.
–Por favor, no arruines mis sueños –dijo ella–. Es lo único que tengo en este momento –comentó ella y arrugó la nariz–. Ni siquiera tenemos una silla.
J.B. sintió que el espacio se encogía. Inspiró profundamente, pero apenas le llegó el oxígeno...