Suspiró. Oía su respiración agitada.
–¿Estás bien?
–De perlas.
Mazie sonrió al oír aquella expresión, pronunciada como un gruñido y cargada de testosterona.
–¿Por qué no has vuelto a casarte?
Las palabras salieron de sus labios y se quedaron suspendidas en el aire. Los músculos se le paralizaron. Lo miró de reojo y vio a J.B. alzar la cabeza. Se había quedado petrificado, con la vista al frente, sin mirarla. Empezaron a correr los segundos y pasó un minuto, tal vez dos.
–Mis padres están bien –dijo él.
Tardó unos instantes en leer entre líneas.
–Muy gracioso. Mensaje recibido. Al misterioso J.B. Vaughan no le gusta hablar de su vida privada.
–Tal vez no tenga vida privada –replicó–. Tal vez soy un adicto al trabajo que pasa todas las horas del día tratando de convencer a las joyeras guapas de que le vendan su local.
J.B. acababa de añadir una dosis de flirteo a la mezcla. ¿Lo había hecho a propósito o porque estaba acostumbrado a seducir a mujeres? Fingió no haber oído nada.
–Si a esta edad eres un adicto al trabajo, morirás antes de llegar a los cincuenta. ¿Por qué trabajas tanto, J.B.? ¿Nunca has deseado pararte a oler una rosa?
–Lo intenté una vez. Las rosas tienen espinas –dijo y tomó aire–. ¿Vas a venderme el local o no?
–¿Me has encerrado aquí a propósito para que te diga que sí?
que no, no estoy tan desesperado. Prueba a ver si tu teléfono tiene cobertura.
–No, nada.
J.B. gruñó.
–¿Cuánto tiempo llevamos aquí?
–Veintidós minutos –respondió Mazie después de comprobar la hora.
–Tal vez se te haya parado el reloj.
Ella alargó el brazo y le dio un apretón en la mano.
–Piensa en otra cosa. ¿Has hecho ya todas las compras de Navidad? ¿Qué vas a regalarle a tus hermanas?
J.B. tenía dos hermanas más pequeñas. Tal vez por eso pasaba tanto tiempo de niño en la casa de los Tarleton.
–Mis hermanas están bien. ¿Tenemos que hacer esto?
–Eres tú el que no quería hablar de nada serio.
–¿No hay otros temas?
–Podemos hablar de por qué fuiste tan desagradable conmigo cuando éramos adolescentes.
J.B. maldijo entre dientes y se puso de pie.
–Lo mejor será que no hablemos de nada.
Los cinco minutos siguientes estuvo dando vueltas como un león enjaulado. Mazie se quedó donde estaba. De pronto se detuvo delante de la puerta inexpugnable y le dio un puñetazo. Luego agachó la cabeza y hundió los hombros.
–No puedo respirar.
La agonía en aquellas tres palabras hizo que Mazie sintiera que el corazón se le encogía. J.B. era un hombre orgulloso y arrogante, y que fuera testigo de su debilidad solo podía servir para aumentar su frustración, ira y desesperación. Sin pensárselo dos veces, se puso de pie y se acercó a él.
–Escúchame.
La luz del fluorescente era la menos favorecedora del mundo. Ambos tenían muy mal aspecto. Su piel se veía pálida y sus rasgos demacrados. Volvió a tomar su rostro entre las manos.
–Mírame, J.B. Quiero que me beses como si lo estuvieras deseando...