Él estaba temblando. Su cuerpo no dejaba de sacudirse. Lentamente, sus palabras lo calaron.
–¿Quieres que te bese?
–Sí, lo deseo más que nada –respondió acariciándose los labios–. Hace siglos que nadie me besa. Muéstrame cómo J.B. Vaughan seduce a una mujer.
–No lo dices en serio –dijo él frunciendo el ceño como si presintiera peligro.
Mazie se puso de puntillas y le rozó los labios con los suyos.
–Por supuesto que sí, lo digo muy en serio –replico y le acarició el pelo–. Bésame, J.B.
Si aquello funcionaba, escribiría un libro sobre remedios contra la claustrofobia.
J.B. puso las manos sobre sus hombros, pero no estaba del todo segura de que supiera lo que estaba haciendo. Todavía había un reflejo vidrioso en su mirada.
–¿Mazie?
La forma en que dijo su nombre le puso el vello de punta. Adivinó el momento exacto en que su excitación sexual superó su miedo visceral. Esta vez, el estremecimiento que lo recorrió fue de placer. No tuvo que volver a pedirle que la besara. J.B se hizo con el control como si la llevara besando desde siempre. Sus labios tomaron los suyos con una sensualidad embriagadora que le robó la fuerza de las rodillas y la dejó jadeante y desvalida.
–Ha estado bien –dijo ella entrelazando los brazos alrededor de su cuello.
–¿Solo bien?
Su risa le puso la piel de gallina. Con razón había mantenido las distancias durante tantos años. En el fondo, siempre había sabido que algo así podía ocurrir. Deseó quitarse los zapatos y tirar de él hasta el suelo, pero todo estaba sucio, frío y duro. No había a la vista ninguna superficie acogedora.
Había habido una época en la que había fantaseado con besar a J.B. Vaughan. La realidad superaba con creces a la imaginación. Era seguro de sí mismo, persuasivo, sexy y encantador, y estaba deseando darle todo lo que pedía sin palabras.
Por suerte no había ninguna cama cerca. De no haber sido así, habría cometido alguna locura.
Su lengua acarició la suya lentamente.
–Sé lo que estás haciendo y no me importa. Debería haberte besado hace muchos años.
–Lo hiciste –le recordó Mazie.
–Eso no cuenta. Éramos unos críos.
–A mí no me lo pareció.
De hecho, el J.B. adulto estaba reaccionando como el J.B. adolescente. Sentía su erección contra el vientre y eso le hizo sentirse excitada, aturdida y muy confundida. Aquello no era real, lo único que estaba haciendo era distraerlo del encierro. Le sacó la blusa y deslizó una mano por su espalda hasta desabrocharle el sujetador con gran destreza.
–Siempre supe que sería así –dijo él.
–¿Así cómo? –preguntó susurrando, sin apenas oírse por los fuertes latidos de su corazón.
–Salvaje, espectacular, increíblemente bueno –sentenció, separándose lo justo para tomar sus pechos entre las manos–. Oh, Mazie.
Sus manos estaban calientes. Cuando le acarició los pezones, sintió su cuerpo arder.
–Espera –dijo ella–. Es mi turno.
Tiró de su camisa y suspiró al descubrir su torso musculado y sus abdominales marcados. Su piel era suave y firme, y tenía una leve capa de vello. Se detuvo al llegar al cierre de su cinturón.
J.B. la besó a un lado del cuello.
–¿Lo has hecho alguna vez de pie?
– No.