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Lunes. 2 de octubre
Por la calle caminaba un joven de no más de 20 años, de cabello negro y camisa roja, acompañado por un hombre trajeado y con gafas de sol. El joven llevaba en su mano derecha un café, mientras que con la izquierda iba revisando el teléfono. Las miradas de las jóvenes se desviaban al verle pasar, era un joven atractivo. Su nombre era Tayler. Su guardaespaldas tampoco se quedaba atrás. Era un hombre de cabello rubio como el sol, de 30 y pico años. Se veía fuerte. Pese a que le miraran muchas chicas, el hombre no estaba interesado en lo más mínimo. Solo le importaba el trabajo y su familia. Estaba comprometido con una mujer, que a sus ojos era hermosa, y esperaba un hijo en unos meses. Su nombre era Max.
El joven pelinegro tampoco estaba interesado en chicas, ahora mismo solo le importaba el cliente con el que estaba hablando por WhatsApp. Tayler suspiró pesadamente.
—¿Qué pasa señor?— preguntó Max.
—El señor Lavosier agota mi paciencia. Las condiciones de su tratado son demasiado favorables para él y no acepta ceder— dijo Tayler—. Deberíamos habernos ocupado de él hace tiempo.
—Señor, ya sabe que el consejo no lo recomendó porque implicaría una guerra. Nuestra familia no estaba en ese momento listo para una. Ni siquiera usted lo estaba— dijo Max. Tayler rodó sus ojos
—Lo sé... Aun así es algo que deberíamos haber hecho cuando nos estabilizamos tras la muerte de Joseph— dijo Tayler.
—Si lo desea, puedo organizar una reunión especial con el consejo para debatir este asunto— dijo Max.
—Por favor, hazlo cuanto antes... Este día fue realmente agotador y aún no acabó— dijo Tayler. Guardó el teléfono y sacó las llaves de su coche.
—Buena suerte en sus clases señor— dijo Max.
—Gracias Max— dijo Tayler. Subió al coche. Dejó el café en el reposa vasos y condujo hasta la universidad.
Tayler llevaba casi dos años al frente de Cumandra. El tiempo suficiente para que la ciudad dejara de temblar a su alrededor... y para que él aprendiera que liderar no tenía nada de glorioso como pensaba cuando era más joven. No había tronos ni coronas, solo reuniones interminables, decisiones que no gustaban a nadie y noches en las que el silencio pesaba más que cualquier amenaza. Había conseguido estabilizar la familia. Reducir conflictos. Reforzar los negocios legales. No porque quisiera poder, sino porque el caos siempre reclamaba víctimas, y Tayler ya había visto suficientes. Aun así, la paz nunca era completa. Solo una tregua frágil, sostenida a base de vigilancia constante.
La universidad era otra clase de escenario. Allí nadie le debía lealtad. Nadie bajaba la voz al verlo entrar. Y eso, en el fondo, le resultaba extraño... pero necesario. Se movía con un pequeño grupo de compañeros, todos chicos, conversaciones ligeras, risas que no pedían demasiado. La mayoría de las chicas parecían interesadas en él por motivos que Tayler prefería no analizar. No estaba preparado para explicarse, ni para dejar que nadie se volviera a acercar más de lo debido. Rechazar era más sencillo que fingir.
Ese día, sin embargo, ni siquiera tenía energía para eso.
Salió del edificio en busca de aire. El cansancio le pesaba en los hombros de una forma que no tenía que ver con el cuerpo.
A unos metros, en una jardinera, un gato negro dormía al sol, completamente ajeno al mundo. Tayler se acercó despacio, agachándose con cuidado. Alargó la mano con suavidad, como siempre hacía. El gato abrió un ojo... y salió corriendo.
Tayler dejó caer la mano y suspiró. No le molestó que huyera. Lo que le inquietó fue reconocer la sensación: incluso en los gestos más simples, últimamente, todo parecía escapársele. Se quedó allí unos segundos más, mirando la jardinera vacía, antes de volver al edificio. Aún quedaba mucho día por delante. Y demasiadas decisiones esperando.
—Si le das comida seguro que te deja acariciarlo— dijo una voz a sus espaldas.
Tayler se giró y vio a una chica alta, de cabello rubio oscuro recogido en una cola de caballo. Vestía un chándal negro y una sudadera ancha. Había algo en su postura que le resultó familiar, aunque no supo decir qué. No le dio importancia. Cortó un trozo de su sándwich y se lo ofreció al gato. Este se acercó despacio y empezó a comer. La chica lo pudo acariciar sin problema.
—Es muy lindo.
—Sí, lo es— dijo Tayler. Acercó su mano despacio y lo acarició. Se dejó. Tayler sonrió un poco—. Los gatos negros son mis favoritos.
—Los míos también, aunque la gente diga que dan mala suerte— dijo la chica.
—Supersticiones de mierda. Aunque por su culpa, a muchos les hacen daño— dijo Tayler.
—Sí, lo sé. Es triste— dijo la chica. Tomó la otra mitad de su sándwich. Volvió a darle un trozo al gato y el otro me lo ofreció a mí—. Toma, te ves con mala cara.
Tayler se sorprendió por su repentino gesto. Iba a rechazarlo, pero que sus tripas sonaran no ayudó. La chica echó una pequeña risa. Algo avergonzado lo tomó y empezó a comer.
—Gracias— dijo Tayler. Si tuviera lagrimas para llorar, ahora mismo lo estaría haciendo. Ese sándwich era su primera comida en muchas horas, y estaba delicioso—. Eres muy amable, ¿cómo te llamas?
—Soy Atenea... ¿Y tú?— preguntó.
—Tayler, un placer.
—Lo mismo digo— dijo Atenea. Miró la hora en su celular—. Debería irme antes de que se me haga tarde.
—Tienes razón, yo también debería regresar ya— dijo Tayler. Suspiró pesadamente, no tenía ganas de regresar.
—Ánimo con tus clases. No creo que te queden muchas— dijo Atenea. Tayler negó con la cabeza.
—Pero cuando llevas un día duro solo quieres acabar y descansar— dijo Tayler.
—Te entiendo— dijo Atenea y desvío un poco su mirada hacia el suelo. Pareció que su tono de voz se volvió más serio y triste al decir eso. La chica se levantó—. Que te vaya bien Tayler.
—Gracias Atenea. Espero que a ti también— dijo Tayler.