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Miércoles. 4 de octubre
El reloj de la sala marcaba las siete de la tarde, pero la luz anaranjada que entraba por los ventanales parecía la de un ocaso que no quería terminar. Tayler observaba la ciudad desde lo alto del edificio de Cumandra, los rascacielos reflejando el sol como cuchillas doradas. La voz grave de Marco rompió el silencio.
—No va a funcionar, Tayler— Sus dedos tamborileaban sobre la mesa de madera oscura—. Los Dragón no entienden de acuerdos, entienden de sometimiento.
—Entonces haré que entiendan de otra cosa— respondió sin apartar la mirada de la ventana.
—¿Y qué vas a enseñarles tú?— intervino Derek, jefe de seguridad—. Joseph supo mantener la paz porque ellos le temían. A ti... aún te están probando.
El nombre de su padrino llenó la sala como un eco viejo. Joseph. El hombre que lo sacó de la nada. El líder que sostuvo Cumandra cuando los demás imperios se derrumbaban.
El mismo que había muerto frente a sus ojos años atrás, dejando un vacío que ni la lealtad ni la costumbre lograban llenar. Tayler apretó el borde de la mesa. No respondió. Max, que estaba a su lado, se adelantó con una calma que solo los años daban.
—Joseph confiaba en él. Y nosotros también deberíamos hacerlo— dijo Max.
—Max— interrumpió Marco—, con todo el respeto, tú le viste crecer. Pero esto no es sentimentalismo, esto es negocio. Si el chico no demuestra que puede mantener el orden, los Dragón nos van a devorar.
Tayler levantó la mirada, clavándola en él.
—Si crees que no puedo, eres libre de marcharte. Nadie os obliga a quedaros— dijo Tayler.
El silencio que siguió fue denso. Ninguno se movió. Nadie se atrevía. El respeto hacia Joseph era lo que los mantenía sentados ahí, no la fe en su sucesor. Y Tayler lo sabía. Max puso una mano sobre su hombro.
—Seguiremos intentando reunirnos para cerrar el acuerdo. Si
no resulta exitoso, buscaremos más alternativas— dijo Max—. Una guerra no conviene a nadie ahora mismo.
Tayler asintió. Aunque en el fondo sabía que, tarde o temprano, el diálogo se volvería pólvora.
***
Esa noche, la sede de Cumandra estaba en silencio. Tayler revisaba informes. Los papeles mostraban algunas rutas perdidas y un par de contactos desaparecidos. Todo era más frágil de lo que Joseph le había hecho creer. Se preguntó si realmente estaba hecho para eso. Si podría sostener algo que ni siquiera entendía del todo. Max entró al despacho sin tocar.
—¿No piensas dormir?— preguntó Max.
—No puedo— respondió Tayler.
—Te pareces mucho tu padrino. Él tampoco dormía— dijo el
hombre, sirviéndose un trago—. Pero no por lo que crees.
Tayler levantó la vista.
—¿Entonces por qué?— preguntó.
—Porque sabía que en este negocio, la noche es el único momento en que puedes escuchar tus propios pensamientos... y eso a veces da más miedo que las balas— dijo Max. Tayler sonrió apenas.
—Max, ¿alguna vez dudaste de Joseph?— cuestionó Tayler.
—Más de las que crees. Pero las dudas no son malas. Solo tienes que aprender a usarlas como arma— dijo Max.
Esa frase lo acompañó toda la noche. Y cuando el sol comenzó a levantarse, Tayler pensó que tal vez esa era la diferencia entre sobrevivir y caer.
***
En medio del tira y afloja que mantenía durante las negociaciones, un hecho sacudió el avispero. Una de las bodegas de Cumandra, en el puerto sur, fue incendiada. Seis hombres muertos. La reunión de aquel día fue de urgencia. Los presentes eran los mismos, pero en su mirada había algo que no vieron en mucho tiempo, miedo.
—¡Te lo dije! Esto no iba a funcionar— gritó Marco nada más entrar—. Ya empezaron a atacar.
—¡Oye! Esas no son formas de entrar, ni de hablarle a nuestro líder— le regañó Marie, la contable. Una mujer de mirada afilada. Todos eran conscientes de lo que había ocurrido, pero eso no implicaba que debieran entrar en pánico.
—¡Cállate! ¡¿Acaso no comprendes la gravedad del asunto?!— gritó Marco. Marie arqueó una ceja, incrédula—. Los Dragón vienen a por nosotros.
—No sabemos si fueron ellos. Cumandra tiene más de un enemigo— dijo Tayler.
—Pues claro que lo fueron. Wei nunca olvidará lo que Joseph le hizo a su familia y ahora que están oliendo la debilidad de su sucesor, están actuando— dijo Marco. Suspiró mientras se pasaba una mano por el cabello—. Yo, lo siento Tayler, no pienso seguir en esto. Apreciaba a Joseph, pero no pienso hundirme contigo. Cumandra no está a salvo en tus manos.
Sin decir nada más, salió de la sala.
—Débil— escupió con desprecio Derek—. Cómo si necesitáramos a gente así en nuestras filas... Escúchame Tayler, sean ellos o no, nos conviene estar preparados. Me ocuparé personalmente de entrenar a mis hombres.
—De acuerdo Derek— dijo Tayler—. Lucio.
—¿Si?— preguntó el joven pelirrojo.
—Revisa todas las cámaras y trata de averiguar a los culpables— ordenó Tayler—. Marie.
—Lo sé, lo sé. Recuento de pérdidas y formas de recuperarlo— dijo Marie.
—Tan perspicaz como siempre— dijo Tayler—. Esto solo es un golpe más. No es motivo para sentir miedo y rendirnos. Sé que podemos salir de esta.
Las investigaciones de los días posteriores revelaron a un traidor interno. Max cerró la puerta del despacho con un golpe seco, que retumbó en las paredes. Tayler seguía de pie frente al traidor, un chico joven, apenas unos años mayor que él, que temblaba tanto que el sudor le empapaba el cuello de la camisa.
—Vete— ordenó Tayler, con una voz que intentaba sonar firme, pero que ocultaba un rastro de cansancio—. Fuera de Jorvik. Si vuelvo a ver tu cara en esta ciudad, no habrá una segunda oportunidad.
El chico no esperó. Salió tropezando con sus propios pies, huyendo como si el mismo diablo le pisara los talones. El silencio que quedó fue aún más pesado. Max caminó lentamente hacia la mesa, apoyando las manos sobre la madera, frente a Tayler.