Las citas del señor B, mejor conocido como Eliot Bruke o como mi jefe comienzan hasta las cinco de la tarde, mientras tanto está revisando las propuestas de la nueva campaña que se hará con una empresa de marca deportiva, Nike; yo estoy corriendo en el pasillo directo a la sala de juntas, muriendo por ver la cara del famoso magnate de la publicidad al enterarse de la llamada de su ex amante.
Samantha Jones, supermodelo con la que mi jefe salió durante veintidós días y que no deja de llamarlo.
Lo sé, ¿Qué especifica, no?
Desde que conozco a este hombre, se ha encargado de mantener relaciones abiertas con una mujer distinta durante veintidós días. Lo sé porque yo misma he contado los días en el calendario, he comprado sus joyas, su lencería, he reservado las cenas, los hoteles, los viajes. Pero al acabar los veintidós días, soy la misma que les envía un gigante ramo de rosas rojas en forma de disculpa.
Ese el trabajo de una asistente personal.
Entro a la sala de juntas y mis compañeros del departamento de publicidad se preparan para la presentación de la nueva propuesta para la campaña. Mi jefe se encuentra sentado en la ultima silla giratoria de la mesa moviéndola de un lado para el otro, aburrido por la tardanza; sus ojos azules zafiro taladran el lugar con enojo.
Y yo me detengo en la puerta, suspirando.
El enorme ventanal que hay detrás solo ocasiona que la luz del sol se refleje en su hermoso cabello negro, él sí luce como un Dios, con esa camisa blanca que remarca sus brazos trabajados.
Solo veo que mueve los labios pero realmente no lo escucho.
Si... Así luces mejor.
Mamá siempre decía que un hombre guapo arruina su imagen en cuanto abre la boca.
—Agradecería que comenzaran antes de que anochezca, ancianos. —Interrumpe mis fantasías, exasperado por la torpeza de los practicantes de computación.
Mamá tenía razón.
Agito mi cabeza para concentrarme y cierro los ojos por un momento, al abrirlos, me doy cuenta de que sus brillantes ojos azules se dirigen hacia mí, como una bala a su objetivo; a una simple mortal que está apunto de ser acribillada por la tardanza.
—Elizabeth, ¿Planeas entrar o quieres que te envíe un taxi hacia la puerta? —Su tono sarcástico cala en lo más profundo de mi ser y la risa burlona de mis compañeros es el remate a esta ofensa hacia mi persona.
Idiota.
Mis simplones ojos café lo observan avergonzada, sintiendo como mis mejillas se calientan y estoy segura de ver una sonrisita divertida en sus labios antes de que Susan, la jefa del departamento de publicidad interrumpa nuestro juego de miradas.
—Hay un problema con la computadora, Eliot. —Le habla desde el frente de la sala de juntas, vestida con su falda de tubo color rojo que detalla su buen cuerpo. Susan es una mujer con carácter fuerte, diría que es el alma que sostiene la empresa con sus excelentes presentaciones y propuestas que llegan a otro nivel.
—¿Y me ves cara de técnico?
Y mi jefe es todo un patán.
Esa es la actitud de un millonario que se levanta a las 5:00 am a entrenar en el gimnasio que tiene en casa, que pide que todos sus trajes deben ser meticulosamente ordenados y planchados para dejarlos a las 6:00 am en su armario hecho con madera tailandesa y que por las mañanas toma un expreso para despertarse después de una alocada y nocturna rutina de sexo con alguna supermodelo.
Con él nunca se debe esperar nada bueno.
Camino hacia mi asiento que desgraciadamente se encuentra junto a él, pasando por detrás de Susan, quien me observa con ganas de matarme, le sonrío apenada, a lo cual ella voltea el rostro, ignorándome.
¿Soy yo o todos me odian?
Minutos después, el problema logra resolverse y en la pantalla de proyecciones se aprecia la presentación; me siento en mi silla, ignorando al hombre a mi lado, quien solo observa a su alrededor con insignificancia y saco mi agenda para comenzar hacer anotaciones sobre la nueva propuesta publicitaria.
Susan comienza con su exposición, agitando su corto cabello oscuro y sonriendo como toda una profesional.
—Lamento la demora señores, pero bien dicen que lo bueno siempre tarda en llegar. —Esta mujer sabe envolver a su público, sobre todo a los hombres, utiliza su sensualidad y su físico para atraer nuevos clientes. —Como se habrán imaginado, en este año hay una nueva campaña deportiva que trae consigo un mensaje de fortaleza: atravesar cualquier barrera física...
Me concentro en mi pequeña agenda y comienzo a escribir algunas de las fechas importantes que se mencionan, hasta que siento la cercanía masculina junto a mí.
—¿Dónde estabas? Me muero de hambre. —Me susurra mi jefe mientras se recarga en su asiento y mensajea por teléfono, ignorando a la jefa de publicidad, quien busca su atención. —¿Trajiste los dulces de cereza? Sabes que no me concentro sin ellos.
Blanqueo los ojos y saco la bolsa de golosinas, se la paso y ni un gracias me dice mientras se lleva uno a la boca, mensajeando en su teléfono con indiferencia.
Ahora que está distraído es el momento.
Decido aprovechar para comentarle sobre la llamada de cierta rubia.
—Señor B, hay una llamada importante en la línea. —Le susurro lentamente al ver que Susan me silencia con el dedo a lo lejos y le sonrío inocente a lo que ella contesta con un gesto de fastidio.
—¿Es una llamada personal? Porque no atiendo llamadas personales en el trabajo, lo sabes. —Contesta aburrido con sus ojos puestos en el teléfono, pasan unos segundos, no respondo y me voltea ver inquisitivo. —Responde.
Me ordena de una manera letal y yo no puedo hacer más que morderme la uña con nervios.
Samantha Jones no es mala mujer, de hecho, creo que de todas sus amantes, ella es la que más lo ha amado y estoy casi un 80% segura de que él también siente algo por ella, solo que no lo quiere aceptar.
Hombres.