CUPIDO
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Sabía que las cosas estaban mal cuando nos mandaron a llamar a la oficina principal del jefe.
Y sabía que todo se había ido a la basura cuando vi quienes estábamos en la oficina. En cuanto el último entró y tomó su lugar alrededor de la mesa, la puerta se cerró de golpe al igual que las ventanas, todos saltamos en nuestro lugar y el jefe apareció de quién sabe dónde.
—¡Esto es una completa burla! —gritó, golpeando las manos sobre la mesa y viéndonos con enojo puro— ¡¿Es que nadie puede hacer un trabajo decente aquí?!
Me encogí en mi lugar, intentando pasar desapercibido entre la docena de Cupidos que estaban reunidos en esta oficina. No podía hacer mucho para esconderme y aunque el regaño era para todos, sabía que, para mi desgracia, yo era el líder no oficial de este club.
Eros hizo aparecer unas cuantas hojas que lanzó sobre la mesa, esparciéndolas por toda la superficie.
—¡Miren esto! ¡El peor índice de éxito en siglos! Un noventa por ciento de fallos. ¡Un noventa por ciento de fracasos en el amor! ¡Y la culpa es de ustedes!
Todos los demás Cupidos se veían igual de aterrorizados que yo, pero Eros enfocó los ojos en mí y sabía lo que venía. Carajo, debí haber dicho que estaba enfermo o algo para evitar esto.
—¡Y de ti en particular, Cupido 307! En el último caso, una bibliotecaria... ¿Sabes que ha terminado obsesionada con un busto de mármol? —alza las manos, como si quisiera pedirle a Zeus paciencia o que me lanzará uno de sus rayos— ¡Un busto de mármol! ¡Dime cómo demonios pasó eso!
—Yo... bueno, yo me resbalé —tartamudeé en un intento fallido de buscar una buena respuesta, pero no la había. Solo me encogí de hombros y sonreí de lado—. La flecha rebotó en la estatua... y... ya sabe, cosas del destino.
Eros resopló.
—¡No me vengas con 'cosas del destino'! ¡El destino lo controlo yo! ¿Y adivina que dice tu destino? —alzo una ceja y él se vuelve a inclinar sobre el escritorio sin apartar la mirada de mi— ¡Que estás despedido!
Mi expresión se congela con las cejas en alto. La oficina queda en silencio y siento que todos me miran. Mi boca se abre y me pongo de pie.
—¡¿Qué?! ¡No! ¡Señor, no puede...! ¡Por favor! ¡Una oportunidad!
—Ya te di tres oportunidades más, y ni siquiera quiero hablar de las otras dos antes de la bibliotecaria.
—Una más, se lo suplico —aparto la silla y quiero acercarme a él, pero la silla del que está a mi lado se cruza en mi camino, y aunque mis alas aletean para mantenerme en equilibrio, termino en el suelo, robándome un gemido de dolor, pero me pongo de pie rápido, viendo como Eros se pellizcar el puente de la nariz—. Solo una, señor, y si fallo, yo mismo presento mi renuncia.
Se me queda viendo como si no supiera que hizo mal para que saliera así, o como si estuviera considerando darme esa oportunidad o mejor entregarme como juguete a Cerbero.
—¿Quieres una última oportunidad? —pregunta y yo asiento rápido con la cabeza— Bien, aquí tienes tu último humano si es que quieres recuperar tu trabajo.
Vuelve hacer aparecer un folder y me lo da, yo lo abro con entusiasmo y lo primero que veo es la foto de la chica. Mi sonrisa se tambalea al verla.
Piel pálida, pero no como enferma, cabello negro, flequillo, maquillaje negro en los ojos y labios, una perforación en la nariz y vestida totalmente de negro en encaje. Pero lo más impresionante, esa mirada de no interesarle para nada la vida misma.
—Bueno, al menos esta es más... exótica —comento al aire y sin apartar la vista de la foto—. Tal vez cambié el busto de mármol por una gárgola de piedra.
La mayoría de mis hermanos intentan esconder sus risas aunque algunos fallan. Leo rápido la información: Vienna Klyce. 17 años. Es joven, así que tendría que ser más fácil.
Cuando por fin levanto la mirada para ver al jefe, este está de brazos cruzados y el ceño y la boca fruncidos en clara irritación.
Me sorprende que él sea el Dios del amor.
—Si no haces que ella vuelva a creer en el amor, te juro por Gaia que te quedas en su territorio con los humanos como uno más.
El pánico se apoderó de mí. ¡Estar en la Tierra para siempre! ¡Sin mis flechas, sin mis alas, sin mi magia! Ser un simple mortal. No podía dejar que eso pasara.
—¡Lo haré, señor! —exclamé, con la espalda completamente derecha y haciendo un saludo militar, como lo llaman los mortales— Le prometo que esta vez lo haré bien. ¡Vienna será mi obra maestra! Encontraré el amor para ella... y será el amor más grande en la historia de la humanidad. ¡Lo juro!
Eros suelta un suspiro y deja caer los brazos a sus lados.
—Más te vale, 307. Porque esta es tu última oportunidad. Y hablo en serio.
Su mirada me dice que si habla en serio, así que siento con la cabeza, tomo los papeles donde viene toda la información de esta nueva humana que debo ayudar, y me despido de mis hermanos, deseándole suerte y algunos me la desean a mi.
—Espera —me detiene el jefe y me giro para verlo—. Pero como ya estás temporalmente despedido, no puedes conservar tus alas ni toda tu magia.
Editado: 31.08.2026