VIENNA
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Detesto a mis compañeros.
Detesto a la mayoría de la escuela.
Son tan inmaduros, tan ruidosos, tan exasperantes, sin ninguna pizca de amabilidad, que la idea de irme a vivir en lo alto de una montaña o en medio del bosque o en el polo norte solo crece cada día más.
Ya no podía aguantar más, así que le pedí permiso al profesor para salir antes, y agradezco haber cruzado los pasillos de la escuela en silencio, y salir al patio en el mismo estado. Como quisiera que así fueran los días cada fin de semana.
No me detengo, sigo caminando, apretando uno de mis juguetes sensoriales, y tomo el camino de la derecha, e incluso a esta distancia ya puedo ver la biblioteca pública.
El edificio antiguo se alza entre árboles y el silencio que lo rodea es casi místico, como si perteneciera a otro mundo.
Y por eso es mi lugar seguro.
Quizás antes sí era más visitada, pero hoy en día, con la tecnología, los únicos que la visitan son las personas mayores que, al igual que yo, solo buscan un momento de desconexión con la vida. Los de la escuela no suelen poner un pie ahí por su propia voluntad.
Afuera el aire está fresco y de alguna manera, me ayuda a calmar un poco mi mal humor. Cierro los ojos por un momento y respiro profundo.
¿Debí haberme quedado en la casa? Si lo hubiera hecho, hubiera tenido que soportar a mi madre con su intentos de entender mi condición y a su marido que a veces me desespera sus comentarios acerca de que debería de sonreírle más a la vida, que debería de darle color a mi vida, a mí persona para tener una mejor vida.
Se lo he dicho por tres meses, que eso no lo voy a hacer, no voy a cambiar mi forma de ser.
Pero al cruzar las puertas de la biblioteca, el silencio me recibe y, aunque algunos me voltean a ver como siempre, yo solo camino hasta el fondo, a mi lugar de siempre, aquel donde casi nadie entra al menos que tengan alguna tarea sobre historia, pero por lo regular, siempre está solo y es por eso que es mi lugar.
Saludo de lejos a la bibliotecaria con un movimiento de mano y me adentro en los pasillos llenos de libros y libros viejos, amarillentos y con algo de polvo, pero llenos de tantas historias, de tantos sucesos que marcaron al mundo, y que de alguna manera, me ayudan a escapar de esta aburrida y tediosa realidad y tiempo en la que me tocó vivir.
Avanzo leyendo los títulos, la punta de mis dedos roza los lomos algo desgastados, disfrutando de la sensación que deja en mi piel, acomodando algunos que están más salidos o más metidos, y me detengo frente al que estaba leyendo recientemente: sobre mitología griega.
Es un libro grueso y pesado y he visto a muchos quejarse cuando tienen que investigar del tema, al profesor Avery como le gusta joderles la existencia obligándolos a investigar a la antigua, nada de internet. Y a mi me gusta verlos estresarse por no saber dónde o cómo buscar.
Me siento en una de las mesas del fondo, me acomodo los audífonos, porque aunque el lugar está en silencio, los necesito, no pongo música, los audífonos son de cancelación de ruido.
Con cada minuto que pasa, me adentro más a las leyendas de la antigua Grecia, no le presto atención a nadie que llega a pasar, tampoco al mensaje que me llega, que lo más seguro es que es de mi madre preguntando si voy a llegar para comer con ellos, no le contesto y si lo hiciera, sería un rotundo no.
Pero entonces, lo escucho, un golpe duro y un quejido no muy lejos de donde estoy y eso me hace sobresaltarme por el repentino sonido.
Miro a ambos lados del pasillo, pero no hay nada. Mi ceño se frunce, pero decido ignorarlo, no falta el despistado que tire algún libro por accidente y se golpee el pie.
Pero entonces escucho que dicen mi nombre, me quito los audífonos y me quedo quieta para escuchar bien.
—¿Vienna?
Bien, si me están llamando, pero ¿Quién?
—¿Vienna, estás por aquí?
Me pongo de pie y avanzo por el pasillo, para saber de qué se trata, porque juro que si es alguno de los idiotas de mis compañeros, le voy a arrojar el primer libro que vea y ojalá sea uno grande. Miro por encima de mi hombro porque siento que me están viendo, pero no hay nadie.
—No... esto no asusta —murmuro aunque todo se siente raro y por primera vez creo que si concuerdo con Ana, a quien he escuchado decir que este lugar da miedo...
—No veo porque debería de asustar.
Dice alguien detrás de mí, tan repentinamente, que suelto un pequeño grito, salto en mi lugar y cuando giro, lo hago con un libro que estaba en el carrito de libros y se lo arrojo a esa persona, que le da en la cabeza y cae al suelo soltando un quejido.
Quiero aclarar que todo fue puro reflejo, el corazón lo siento acelerado, pero me quedo ahí parada viendo al desconocido que está en el suelo... ¿Inconsciente? Ni que lo hubiera golpeado muy fuerte con el libro ¿O sí?
Me acerco un poco y le doy una ligera patada en la pierna.
—Yo... Ah... Todo esto es tu culpa —comienzo a decir sin querer levantar la voz, mi grito ya debió de haber alertado a los que estaban aquí—, por qué apareces tan de repente y... y me espantas...
Editado: 31.08.2026