Cupido Otra Vez

Capítulo 41

Detenerme en mi casa se sentía como si estuviera tomándome una licencia dentro de mí ajetreada agenda, una pérdida de tiempo que no me podía permitir, pero a veces los altos eran necesarios, sobretodo cuando era la última noche de mamá con nosotras, a la mañana  regresaría al campo.

Nuestro siempre fiel Henry se había ofrecido de chófer, para que su "tía" favorita no tuviera que tomar el autobús con sus maletas a cuestas.  Cenamos todos juntos, él estaba feliz de dejar su pequeño departamento y unirse a nuestra mesa, a pesar que acá el espacio aquí seguramente era mucho más reducido que en el piso que compartía con otro estudiante.

Lo reconozco, amaba a mi familia, pero no podía conciliar mi tiempo de fraternidad con mis responsabilidades.

—No me imagino la vida sin su tarta de frutas —comentó Peter, saboreando el dulce que mi mamá había preparado.

—No tienes que hacerlo, cariño —sonrió ella.

Fue en ese momento de paz, que no supe apreciar, que nuevamente la vida quiso demostrarme cuan efímero podía ser el ahora.  Y la interrupción fue tan educada, que incluso tocó el timbre.

—¿Quién será? —preguntó mamá, dirigiéndose a la puerta. Ignoré el sucinto intercambio de palabras.  Quién eres. A quién busca.  Puedo hablar con Pedro. ¿Quién diablos era Pedro?—. Peter, te busca una señora.

Inmediatamente mi cerebro hizo click.  Tanto tiempo llamándolo por su nombre de pila me había hecho olvidar el real.  Inmediatamente giré la cabeza, en dirección a la puerta, para apreciar mejor lo que sucedía.

El requerido se levantó de su asiento y se encaminó a la entrada, mamá se quedó unos pasos detrás de él, sin tener la cortesía de invitar a pasar a la recién llegada.  Intercambié una mirada cómplice con mi hermana, que con suerte llegaba a ver un poco más que yo desde su posición en la mesa.

Jane estiró su cuello y buscó un mejor ángulo, yo hice lo mismo, torciendo mi cabeza tanto como me fue posible.

Hablaban tan bajo que no podía escuchar lo que decían, y la figura de mi mamá con suerte me permitía distinguir los cabellos verdes de Peter ante la puerta abierta.   Me fui volteando cada vez más hasta que al final mi silla quedó totalmente invertida, sin embargo el primero en sucumbir ante la curiosidad fue Henry, quien se puso de pie y se posicionó junto a mí padre, intentando parecer un respaldo, un apoyo, aunque en el fondo lo conocía lo suficiente como para saber que su actitud protectora no era más que un número elaborado para satisfacer su curiosidad.

En todo caso, no tardé en imitarlo. Me levanté lentamente y me paré junto a ellos.  Jane se nos unió al segundo después, justo para escuchar la parte más acalorada de la discusión.

—Hijo, ya está, deja de jugar a ser independiente, no molestes más a estas personas y vuelve a casa —urgió la inesperada visita.

Quería intervenir y decir que él en absoluto incomodaba, más bien se había acoplado a nosotros, a nuestras vidas, tanto que ya casi había olvidado los motivos que lo habían traído a mi casa, sin embargo comprendía que no era mi momento, cualquier palabra que saliera de mi boca iba a estar demás, pues solo él y nadie más podía hablar y defenderse.  Ya sabía yo de esos momentos, cuando te toca tomar las riendas de tu vida para proteger lo que has construido, y eso fue exactamente lo que Peter hizo.

—No —dijo, su voz al principio sonó apagada, ahogada por la ola de emociones que debía estar sintiendo, pero en menos de un segundo se recompuso y le dio a sus sentimientos un nuevo rumbo, uno que lo mantendría en pie, y que provocó que en su segundo intento, aquella sílaba sonara firme y decidida—: No.

—Hijo, ya es suficiente.

—No, mamá.  Ni papá ni tú quisieron aceptarme, intentaron cambiarme, no pudieron conformarse con el hijo que fui, sino que buscaron ajustarme a sus parámetros, a sus gustos.  ¡Como si eso fuera posible! Y yo... estoy bien, no quiero cambiar, quiero aprender de mí, descubrirme, apuntar mis flechas y ver hasta donde pueden llegar.

—Solo quiero lo mejor para ti —dijo su madre, avanzando hasta él—.  Te quiero, hijo.

Peter permitió que se acercara, que tocara su mejilla y que lo acariciara.

—Mamá, te quiero —balbuceó con la voz quebrada.

—Somos tu familia, sabemos lo que es bueno para ti.

Entonces la magia de lo que pudo haber sido una tierna reconciliación se quebró por completo.  Peter retrocedió, alejándose de la desconocida que golpeaba nuestra puerta y acercándose a nosotros, los extraños que lo habíamos acogido.

—Familia es la que te quiere y te acepta como eres, que te levanta y te apoya para que sigas adelante, lo demás son solo lazos de sangre —dijo—.  No volveré, es suficiente.

—Mi niño...

—Queremos terminar de cenar.  Esta es mi casa ahora.

La puerta se cerró.  Peter se dio la vuelta y nos observó con los ojos húmedos, nadie reaccionó por unos instantes, hasta que finalmente, mi mamá dio un paso hacia adelante y lo abrazó con una ternura que sólo una madre podría dar. Al principio me costó digerir esa escena, verla protegiendo a alguien más cuando no fue capaz de hacerlo conmigo me provocó un nudo en la garganta que no podía deshacer.  Sentí envidia, rabia, y luego, al escuchar los sollozos de mi compañero de trabajo, todo se esfumó.  Y quizás me conmovió, mi corazón se derritió al ver a Amaya Sagarra siendo la madre que no pudo ser conmigo, con otro, con alguien que necesitaba ese calor maternal que solo ella podía entregarle en ese momento.

—¡Henry! —chilló Jane.

Me giré y encontré al aludido comiéndose el último gran trozo de tarta con las manos.

—Había que aprovechar —contestó el culpable, con la boca llena de fruta.

—Anda, déjame —dije, acercándome para quitarle el pedazo mordido que todavía tenía entre sus dedos.

—No, es mi favorita —reclamó Peter, corriendo a arrebatarme los restos.



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En el texto hay: mitologia, amor, cupido

Editado: 30.05.2019

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